Raúl Orozco: «Yo solo no podía afrontar y vencer la crisis del COVID19. Necesitaba de Otro»

Las noticias sobre el Coronavirus cada vez eran más claras: había aparecido de repente algo en medio de mi rutina y planificaciones diarias que venía para acabar con ellas. Así fue. De un día para otro todo cambió. Me vi confinado en el Seminario Redemptoris Mater de Madrid con el resto de la comunidad del seminario, en torno a unas 50 personas entre seminaristas, voluntarios y formadores. Pero con el confinamiento se había hecho presente también la incertidumbre frente al futuro y un silencio ante preguntas concretas a las que no podía responder yo solo: ¿Qué pasaría con nosotros y con tantas personas, familiares, amigos, hermanos de fe, alumnos y conocidos, que había dejado fuera? ¿Cómo haría para que la distancia física impuesta por el estado de alarma no me alejara totalmente de ellos, de sus sufrimientos y miedos en estos momentos de tanta tribulación, y poderlos acompañar humana y espiritualmente?

Por otra parte, ¿cómo ofrecer a los alumnos de cristología e introducción a los sacramentos la ayuda adecuada para que durante este tiempo pudieran continuar con sus estudios? Lo único que tenía claro es que yo solo no podía afrontar y vencer la crisis que había traído consigo ese misterioso Covid 19. Necesitaba de otros y, en definitiva, de Otro. En su caridad me veía abocado necesariamente a tener que poner plenamente mi confianza, mi fe y mi esperanza.

Este tiempo ha sido para mí fundamentalmente un tiempo de crecer en la fe en la providencia paterna de Dios y en la comunión fraterna. La pandemia había hecho realidad lo que estábamos escuchando en la liturgia: era tiempo de desierto. Pero en el desierto no estaba solo, sino que pertenecía a un pueblo que caminaba junto, movido por una promesa divina de salvación. Y así ha sido. Cada día, Dios ha provisto de lo necesario por medio de personas concretas para que todas esas preguntas, que al principio no encontraban respuestas, no fracasaran en el silencio del sinsentido.

En el seminario, la precariedad ha hecho florecer los talentos y dones personales de cada uno. ¡Estoy seguro de que algún seminarista podría presentarse a la próxima temporada de MasterChef y ganar! Pero esta generosidad y entrega personal era fruto fundamentalmente de las gracias divinas que hemos vivido durante este tiempo a través de la liturgia, de la oración con la Escritura y de vigilias de oración, en donde hemos podido rezar y unirnos espiritualmente con tantas personas que nos hacían llegar sus sufrimientos y angustias de contagios, muertes y situaciones de gran precariedad provocadas por la nueva pandemia.

Por otro lado, sin ser un hombre especialmente digital, he aprendido, gracias a la ayuda y paciencia de otros, a manejarme con plataformas digitales que hasta el momento eran para mi tan misteriosas como desconocidas, por ejemplo, el famoso zoom. Gracias a ellas he podido, por un lado, mantenerme unido en el camino y en el acompañamiento de fe con tantas y tantas personas a través de oraciones y celebraciones online.

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Ciertamente, este modo digital no será jamás capaz de poder sustituir la cercanía de la carne, la presencia sacramental, pero no se puede negar que ha sido el medio por el que muchos han recibido la ayuda y el consuelo necesario para poder seguir caminando sin desfallecer a través del desierto. Además, me ha permitido poder mantener también el contacto y la docencia con los alumnos. Esta nueva forma de enseñar ha sido realmente un reto para todos, profesores y alumnos, pero con paciencia y humildad, al menos para los que no estábamos especialmente familiarizados con lo digital, se ha mostrado también como un medio más en nuestra universidad para poder continuar con nuestra tarea académica.

Por todo ello, ahora puedo confesar que la fragilidad de mi barro ha conocido nuevamente en este tiempo su fortaleza en el amor de Dios y de los hermanos, y las respuestas a mis preguntas primeras se han resuelto en el amor y la unidad que crea el Espíritu infundiendo en nosotros la fe en Cristo Resucitado.

Raúl Orozco Ruano
Profesor de la Facultad de Teología de la Universidad San Dámaso