Andrés García Serrano: «Empiezo una vida nueva, en la que quiero ser más del Señor y de su Iglesia»

Como muchos sabéis, el pasado jueves 12 de Marzo falleció mi madre, debido al coronavirus, y una semana más tarde me ingresaban con una severa neumonía bilateral. Entre unas cosas y otras he pasado más de un mes totalmente aislado, en el hospital y en casa. Sin embargo, el primer sentimiento que me brota, cuando la Universidad me pide escribir estas líneas, es el de un profundo agradecimiento al Señor, que estos días ha estado muy presente en todo momento. A veces, especialmente en las dificultades, el Señor se hace accesible, sin mediación alguna, como Dios y Señor, y toca directamente el alma en su dimensión más honda. Lo único que pretendo con este escrito es dar testimonio de lo que el Señor ha hecho en mí en estas circunstancias.

Como imaginaréis, ha sido un tiempo duro, pero he vuelto a experimentar la fidelidad de Dios y cómo es capaz de extraer un bien de la situación más adversa. Nuestra madre nos ha llevado en sus entrañas y, de alguna manera, también nosotros la llevamos en las nuestras. Ahora bien, el dolor de la ausencia de la que te ha engendrado a la vida, y a la vida de fe, se atenúa con la esperanza del abrazo eterno. El Señor purifica mis afectos, incluso los familiares, para ayudarme a poner mi afecto totalmente en Él. Me sorprende cómo el Señor ha empleado este tiempo para que sea más suyo, para que confíe, dependa más de Él, y me vincule aún más a Él; en el fondo, para que viva más re-ligado a Él y sea más “re-ligioso”.

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Por otro lado, la gravedad de la enfermedad, especialmente por la asfixia, me ha enfrentado, virulentamente, a la realidad de la muerte, presagiada en la incapacidad de respirar. Mi propia fragilidad era patente, pero era aún mayor la certeza de que la mano del Señor acompañaba mi debilidad. Esos momentos te permiten contemplar la vida de un modo radicalmente nuevo, con una sencillez y veracidad mayor. El Señor nos va preparando, poco a poco, para lo único verdaderamente importante, nuestro encuentro definitivo con Él. Y esa perspectiva te lanza a vivir la vida como un camino hacia Él, donde sólo es importante lo que te lleva a Él. ¡Qué sabio es el “principio y fundamento” propuesto por san Ignacio de Loyola en sus ejercicios espirituales! “El hombre ha sido creado para alabar y bendecir a Dios y mediante esto salvar su alma”. El horizonte de la muerte es una escuela segura de la verdadera vida; es como si fuera un “despertador”, que nos despierta de una vida acomodada a una vida más plena y auténtica.

El Señor me ha devuelto la salud y se lo agradezco, con una alegría inmensa, siendo aún más consciente de que soy un pobre mendigo que recibe todo de Él. Pero también quisiera agradecer vuestras oraciones y las de los feligreses de mi parroquia. El Señor se hace presente, nos acompaña en la Iglesia y en momentos como éste se siente de un modo especial la compañía de la Iglesia. Sé que he estado sostenido por vosotros y por vuestras oraciones. Gracias a Dios, al buen hacer de los médicos y a vuestras oraciones, empiezo una vida nueva, en la que quiero ser más del Señor y de su Iglesia. En el regazo de la Iglesia, mi Madre, lo he aprendido todo. Así fue también mi madre de la tierra, que tanto me enseñó, y así es mi Madre, la Iglesia. La ausencia de la primera me afianza, aún más, en la segunda.

Andrés García Serrano
Profesor de la Facultad de Teología de San Dámaso