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La profesora Carolina Blázquez Casado ha publicado recientemente en L’Osservatore Romano un artículo con motivo del aniversario de la conversión y bautismo de san Agustín, celebrado litúrgicamente cada 24 de abril. En él propone una mirada profundamente teológica y a la vez existencial sobre uno de los acontecimientos más decisivos de la historia de la Iglesia y del pensamiento cristiano.

Un acontecimiento que cambió una vida… y la historia

El texto sitúa al lector en el contexto histórico concreto: la noche de Pascua del año 387, en Milán, cuando Agustín recibió el bautismo de manos de san Ambrosio, acompañado por su hijo Adeodato y su amigo Alipio, y bajo la mirada creyente de su madre, santa Mónica. Aquel momento no fue solo un rito más, sino el inicio público de una vida nueva, en palabras de san Pablo:
«Fuimos, pues, sepultados con Él por el bautismo en la muerte, para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros caminemos en una vida nueva» (Rom 6,4).

Blázquez subraya que ese instante marcó un antes y un después radical, no solo en la vida personal de Agustín, sino también en la historia de la Iglesia y de Occidente. Su testimonio continúa hoy iluminando el camino de tantos creyentes que, como él, buscan dar un sentido pleno a su existencia.

La conversión: un “sí” que transforma todo

El núcleo del artículo se centra en la experiencia de la conversión, descrita como un momento de gracia profundamente íntimo, en el que el hombre se abre a la acción de Dios. La autora evoca con fuerza el episodio narrado en las Confesiones, cuando Agustín, en el jardín de Milán, lucha interiormente y clama:
«¿Mañana, mañana? ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no poner fin de una vez a mi locura?»

Ese instante, aparentemente pequeño y escondido, tiene sin embargo una fuerza transformadora inmensa. Como señala Blázquez, ese “sí” susurrado a Dios, ese momento en el que la libertad se abre a la gracia, es capaz de cambiar no solo la vida de quien lo pronuncia, sino también la de otros y, en última instancia, el curso de la historia.

Una conversión vivida en compañía

Lejos de ser un proceso aislado, la autora destaca cómo la conversión de Agustín se vive en relación con otros: con Alipio, con Mónica, con la comunidad cristiana. La amistad —que el propio Agustín define como «un alma que habita en dos cuerpos»— se convierte en un lugar privilegiado de encuentro con Dios.

Este aspecto comunitario subraya una dimensión esencial de la vida cristiana: la fe no se vive en soledad, sino en comunión, en una historia compartida donde el testimonio de unos sostiene y despierta el corazón de otros.

El riesgo de aplazar la gracia

Uno de los puntos más incisivos del artículo es la crítica a la actitud tan extendida de posponer la respuesta a Dios. El “mañana, mañana” de Agustín resuena como un eco actual en la vida de tantos hombres y mujeres que dilatan indefinidamente su apertura a la gracia.

Blázquez advierte del peligro de banalizar la propia existencia, despreciando lo pequeño y lo cotidiano, y olvidando que en esos momentos concretos —aparentemente insignificantes— se juega la libertad y el destino último del ser humano.

La gracia que sostiene y sana

El artículo culmina con una afirmación central de la tradición cristiana: la conversión no es obra exclusiva del esfuerzo humano, sino don de Dios. Los santos, recuerda la autora, no pudieron salvarse por sí mismos, sino que se dejaron alcanzar por una gracia que les precedía.

En este sentido, resuena con especial fuerza la invitación que el Señor dirige a Agustín:
«No te apoyes en ti mismo, porque no puedes sostenerte. Arrójate en mí, porque yo no me retiraré para que caigas. Arrójate con confianza, y yo te acogeré y te sanaré».

Esta llamada a confiar plenamente en Dios constituye el corazón de toda conversión cristiana: un abandono confiado que abre el camino a la sanación, a la libertad y a una vida nueva.

Una llamada siempre actual

El artículo de Carolina Blázquez no es solo una evocación histórica, sino una invitación dirigida al lector de hoy. La memoria de los santos —y en particular la de san Agustín— actúa como un estímulo para despertar el deseo de una conversión más profunda, recordando que la gracia sigue actuando en la historia y en el corazón de cada persona.

Así, la experiencia de Agustín se convierte en espejo y llamada: también hoy, en medio de nuestras luchas, dudas y resistencias, es posible escuchar esa voz que invita a dar el paso decisivo y a confiar.