La profesora Carolina Blázquez Casado, profesora de la UESD, ha publicado recientemente en L’Osservatore Romano el artículo titulado La maravilla de la unidad, en el que ofrece una reflexión teológica y espiritual sobre el camino ecuménico de los cristianos a la luz de los primeros gestos del pontificado del papa León XIV.
El artículo se articula en torno a dos imágenes de gran fuerza simbólica. La primera es el encuentro del Papa con el rey Carlos de Inglaterra en la Capilla Sixtina, unidos en oración. La autora lo describe como “un acontecimiento histórico de enorme profundidad religiosa y humana”, subrayando la paradoja de que tenga lugar en un espacio marcado por frescos realizados en un contexto de fuerte conflicto eclesial, cuando la Reforma comenzaba a abrir una profunda herida en la cristiandad occidental.
La elección del tema de la Creación y la oración común del Salmo 8 conducen, según la autora, a una confesión compartida de fe y humildad: “por más alto que sea el cargo o la responsabilidad que se ejerza en este mundo, el corazón tiembla de asombro ante la desproporción entre el Creador y la criatura”. Una desproporción que, afirma, queda colmada por la fe de quien se sabe “amado, cuidado y elegido por su Creador”. De este modo, tras siglos de división, el Papa de Roma y el primado de la Iglesia de Inglaterra reconocen juntos una verdad fundamental: “ante Dios, todos somos pequeños”.
La segunda imagen evocada en el artículo es la visita del Papa a las ruinas de la basílica de Nicea, durante su primer viaje apostólico a Turquía. En ese lugar cargado de memoria para todos los cristianos, la profesora Blázquez percibe en el Pontífice la actitud confiada de quien se acerca a un mundo distinto reconociéndolo como propio, pues “todos procedemos de Nicea”. A pesar de la novedad que este contexto pudiera suponer para un Papa norteamericano, con experiencia misionera en Perú, sus gestos y palabras expresaron una profunda conciencia de las raíces comunes de la fe cristiana.
A partir de estos acontecimientos, la autora invita a reflexionar sobre el largo camino ecuménico recorrido desde el Concilio Vaticano II hasta nuestros días. Advierte del riesgo de habituarse a estos gestos y de perder la capacidad de asombro ante su significado: “nos hemos acostumbrado a este tipo de encuentros y hemos dejado de sorprendernos”. Esta “normalización”, señala, empobrece la experiencia cristiana, banaliza la gracia recibida y debilita la fuerza profética de los signos de esperanza que transforman la sociedad.
Uno de los ejes centrales del texto es la afirmación de que lo que une a los cristianos es más fuerte que lo que los separa. La autora recuerda que todos comparten el mismo bautismo en Cristo y que, por él, han sido incorporados a su Cuerpo. Por ello, más allá de las diferencias históricas, dogmáticas o disciplinarias, “los cristianos de distintas confesiones son realmente miembros los unos de los otros, unidos como hermanos y hermanas”.
Desde su experiencia como profesora de ecumenismo en una facultad de teología en España, Carolina Blázquez constata cómo los estudiantes se abren con entusiasmo al diálogo y a la búsqueda de la unidad cuando toman conciencia de la larga historia de división que precede a los actuales encuentros, una historia que no es tan lejana como a veces se piensa.
En este contexto, la autora propone cultivar en la Iglesia una auténtica «mistagogía ecuménica», es decir, una educación espiritual que ayude a los fieles a reconocer el misterio de comunión en el que ya viven. Esta comunión se expresa en el intercambio de dones entre las distintas tradiciones cristianas: la presencia de las iglesias ortodoxas en nuestras ciudades, el valor espiritual de los iconos, la música pentecostal en la oración o los métodos de evangelización aprendidos de las comunidades surgidas de la Reforma.
El artículo concluye con una invitación a vivir con mayor profundidad la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, el principal acontecimiento ecuménico anual promovido por la Iglesia católica desde finales del siglo XIX. Frente a la tentación del desánimo o la indiferencia, la profesora Blázquez anima a orar intensamente, participar activamente y dejarse implicar por “la alegría de la amistad con aquellos que un día fueron considerados enemigos”, entrando así en el deseo del propio Cristo, que oró por la unidad de sus discípulos la víspera de su Pasión.