Covid, ciencia y Dios

Cuando el coronavirus rebasó las fronteras de Wuhan no nos planteamos que pudiera poner en cuestión las barreras de la ciencia médica altamente tecnificada que tantos logros nos ha merecido en nuestro mundo occidental.

Sin embargo, la realidad ha puesto claramente de manifiesto que la ciencia es solo un modo de aproximación a la comprensión de la misma, que la desborda al tiempo que la desafía. Podemos atrevernos a decir que el nuevo patógeno era desconocido en la literatura científica. Del SARS-Cov-2 solo se sabía su pertenencia al grupo de coronavirus y lo primero que hacen los científicos, en una conducta racionalmente lógica y al tiempo teológica, es ponerle nombre, como a todo lo que rodea al hombre en el mundo de lo creado.

Confiamos en que la ciencia dará respuesta a tantos interrogantes… ¿A todos?

La extravagancia de los casos del lejano oriente se convirtieron veloz e inusitadamente en pandemia haciendo saltar todas las alarmas mundiales que se resisten a comprobar el alcance del fenómeno. ¿Cómo hacer frente a tanto contagio cuya transmisión aún es incierta y su letalidad afecta a tantos? Quién no trae a su mente, como si de un mantra se tratara, “hasta que llegue la vacuna”, confiando en que la ciencia dará respuesta a tantos interrogantes. ¿A todos?

Trataremos de enfocar el propósito del caso desde el abordaje científico de la enfermedad a partir del concepto de medicina basada en la evidencia (MBE), forjado en los años 90. Éste “procura el uso consciente, explícito y juicioso de la mejor evidencia científica disponible para tomar decisiones sobre los pacientes”. Esta evidencia científica se aplica a partir del razonamiento que utiliza el método empírico en su vertiente deductiva. Pero, en nuestro caso de estudio es tal el desconocimiento que se pone en marcha el proceso inductivo: se infieren hipótesis que experimentalmente pretenden mostrar la efectividad de un tratamiento o dilucidar el modo de contagio, p. ej., cumpliendo escrupulosamente la objetividad, que permita concluir que es altamente improbable que el resultado, estadísticamente significativo, se deba al azar.

El progreso de este conocimiento científico, acuciado por la premura del incremento creciente del número de afectados y la imposibilidad de evitar en la investigación los sesgos que ha traído de la mano, ha hecho proliferar una prolija publicación de artículos científicos en no pocas ocasiones de baja calidad. Existe además la dificultad añadida de la alta seguridad en laboratorios y salas de autopsias que se impone en la manipulación de un patógeno para evitar el contagio de los que la llevan a cabo.

Bien es verdad que el avance de la ciencia en pocos meses ha permitido la secuenciación del genoma del SARS-Cov-2: se ha podido conocer a partir de complejos análisis de detección de secuencias de nucleótidos cuáles eran los que componían su armazón genético. Nos hemos acostumbrado ya vulgarmente a saber que solicitando una RT-PCR, se amplifica una parte de esa cadena a través de una polimerasa, y, que esto supone que hay material genético en la muestra del individuo. Prosiguen las investigaciones y más recientemente contamos con los test de antígenos de suficiente sensibilidad y especificidad como para que su utilidad sea científicamente aceptable o los controvertidos test de anticuerpos que muestran la reacción inmune de los individuos que hay que interpretar en el contexto clínico de la enfermedad.

La enfermedad ha de comprenderse de modo científico, pero en un individuo que no puede recluirse en su reductiva comprensión empírica.

Decimos enfermedad, la COVID 19, porque no nos importa tanto el virus como la enfermedad que provoca. Es por ello que, siempre es muy arriesgado utilizar un dato aislado, sea de PCR positiva o no, de una respuesta inmunitaria que ha generado IgG, fuera de un conjunto de sentido. De nuevo la ciencia y la detección de casos, que evidentemente ha de hacerse con los más complejos análisis que estén a nuestro alcance se ven sobrepasados por la inconmensurable grandeza de cada hombre que se enfrenta a la exposición, y no pocos, extrañamente, de forma asintomática. También los datos clínicos que delatan una posible infección no se reducen a una sola afección específicamente pulmonar y atípica, sino que provocan un daño multiorgánico y multifuncional en un organismo que ha de comprenderse de un modo unitario e integral, científico pero en un individuo que no puede recluirse en su reductiva comprensión empírica.

Nos encontramos entonces en un punto, a pesar del loable avance del conocimiento pero no menos preocupante avance de los contagios en lo que parece una nueva oleada, al menos en Europa, con poca evidencia científica que permita aportar una serie de grados y recomendaciones a partir de los que la MBE pueda desarrollar su ejercicio. Si a este cambiante proceder de protocolos, no digo supranacionales, sino interhospitalarios, le sumamos el factor políticamente propio del hombre socializado, la ciencia de la que podemos esperar una respuesta razonable, no siempre ha tenido a su disposición todos los elementos con los que podía contar. Por no hablar de la desigual distribución de los recursos científicos a nivel mundial que, si han de ponerse al servicio de la humanidad, han de ser globalmente compartidos para no perpetuar en el tiempo el riesgo de contagio en un espacio en el que el rasero de un virus no sabe de fronteras.

¡Un virus ha puesto en jaque la medicina científica!

Un virus ha puesto en jaque la medicina científica, sin olvidar que también ha cuestionado el ejercicio que funda su ars en la relación médico paciente bajo unas premisas que, fuera parte del juramento hipocrático, habían hecho, en el principialismo, de la autonomía su bandera. La COVID-19, en su premura y gravedad clínica en algunos casos, ha vapuleado este ejercicio libertario cuando el abnegado médico ha tenido que actuar terapéuticamente buscando el bien del paciente y no solo lo técnicamente posible, cuando los recursos eran limitados o cuando se ha impuesto la irreversibilidad del cuadro. En este sentido, la ciencia médica también ha recordado la aceptación de su propio límite mortal cuando la vida finita claudica en el límite de lo clínicamente soportable.

Desborda el virus la ciencia y nos lleva a trascenderla para comprender al hombre. Hombre capax Dei, partícipe de su logos y sufriente paciente de la amenaza de la enfermedad COVID 19.

Cristina Jiménez Domínguez
Médico
Facultad de Teología UESD

Un comentario en «Covid, ciencia y Dios»

  1. Gracias, Cristina por tu testimonio. Yo también soy médico en un hospital en urgencias y en estos tiempos, me he preguntado a menudo si estaremos a la altura de una respuesta que, desde lo racional y científico, sea capaz de trascender y llegar a lo que Dios nos está queriendo decir en medio de este caos para la Humanidad, que no puede llegar a vapulear nuestra esperanza en Alguien que todo lo puede.

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