En carne y hueso

Las relaciones virtuales

Cuando entro en algún sitio me encuentro con cosas que ahí estaban presentes e inmediatamente se me hacen a mí presentes, a mi inteligencia. Estaban presentes respecto de las otras cosas y lo estaban por lo que ellas son por sí mismas, de suyo. Cuando entro en ese lugar, las cosas cobran un nuevo tipo de presencia, una que no les añade nada a lo que son, salvo el hecho de que me están presentes intelectivamente.

Este tipo de presencia, si bien requiere alguien que intelija, sin embargo, no ha lugar al margen de lo que algo es de suyo. Ciertamente es una presencia que está seriamente limitada por mis órganos sensoriales, pero, pese a esa barrera, la cosa, aunque desnuda de mucho de lo que ella es, porque se lo hurta la pobreza de mis capacidades, se me presenta. Su presencia en mi intelección se da no solamente por lo que yo puedo, sino también por lo que esa cosa es; en la presencia intelectiva hay un encuentro.

Ciertamente es un encuentro limitado, no simplemente porque quien intelige lo sea, sino también por el modo en que las cosas son capaces de estarnos presentes. Lo mismo que un trozo de madera no puede no estar presente en la respectividad de las otras cosas en que se encuentra, así tampoco puede eludir el estarme presente intelectivamente. En cambio, algo muy distinto ha lugar cuando se trata de un hombre, más si lo son dos.

No cabe duda de que yo, en ese sitio donde estaba ya el trozo de madera, estoy también presente como lo estaba él. Pero además yo he querido hacerme presente en esa respectividad de realidades; podría no haberlo estado. Incluso un animal, que goza de una movilidad de que carece la madera, que puede entrar y salir, sin embargo, no puede hacerse presente, porque, encadenado a sus instintos y estimulidad, no puede decidir si entra o sale, no puede hacer de sí nada, en este caso, hacerse presente.

Así pues, mi estar presente en ese lugar o en otro cualquiera, teniendo un aspecto que concuerda con el de otras realidades, también tiene otro que me distancia de ellas. Incluso si hubiese sido llevado a la fuerza a ese lugar, lo único a que me hubieran podido forzar mis captores es a estar presente como un trozo de madera. Desde mí podría haber decidido estar ausente. Materialmente presente podría haber estado espiritualmente ajeno a ello y aherrojado en mi prisión seguir sintiéndome libre, seguir siendo libre… de una presencia forzada.

En virtud de aquellas propiedades que nos constituyen y pertenecen de suyo estamos presentes siempre en algún lugar, pero por lo que espiritualmente somos podemos estar presentes o ausentes.

Y, lo mismo que la modesta madera o la inquieta mosca que entra y sale, también podemos estar intelectivamente presentes en alguien. Es más, estamos presentes en intelección también a nosotros mismos. Presentes inmediatamente a unos y a otros, también a mí mismo.

Foto AGN

De la misma manera que la madera o la mosca no pueden no estar presentes a mi intelección, así tampoco yo. Cuando estoy ante ti, me hueles, me oyes, me tocas, me ves,… y me hueles, oyes tocas, ves,… realmente. Hay un encuentro real, lo mismo que lo hay con la madera y la mosca. Un encuentro de una extraordinaria riqueza en medio de su pobreza. Toda la riqueza de una realidad a mí inmediatamente presente y toda la pobreza que aporta mi limitación, que criba con el rústico cedazo de sus sentidos las realidades. A mí presente, diríamos, en carne y hueso.

En carne y hueso me puedo hacer presente al otro con intensidad varia.

Pero en carne y hueso me puedo hacer presente al otro con intensidad varia. Puedo estar nada más que en cuerpo presente y en espíritu totalmente ausente a quien me mira, me toca, me escucha, me huele. O puedo, con creciente entrega, hacerme más y más presente hasta poner en sus manos mi corazón. La inmediatez de mi presencia intelectiva puede ser la carne de mi total presencia o de mi más completa ausencia. El encuentro puede serlo con alguien o quedarse en uno completamente despersonalizado, casi como el encuentro con la madera o la mosca.

Y la querencia de hacerse presente a alguien puede ser tan grande que la ausencia de no estar en el mismo lugar, de que no se nos pueda oler, oír, tocar, ver,… de que no podamos estar inmediatamente presentes a alguien nos lleve a intentar estarlo de algún modo. Ya no presentación de mí, sino solamente representación.

Por ello, mandábamos recuerdos o algún objeto simbólico, escribíamos cartas y empezamos a llamar, no ha mucho, por teléfono. Ahora tanto la técnica ha avanzado que telemáticamente decimos que nos hacemos presentes virtualmente. Ciertamente no se me huele ni se me toca por estos medios, pero, en realidad, tampoco se me ve ni se me oye. Se ve una imagen que representa más o menos perfectamente la mía, se oye una voz que se parece a la mía, una mera representación de ella.

No se me huele ni se me toca por estos medios, pero, en realidad, tampoco se me ve ni se me oye. Se ve una imagen que representa más o menos perfectamente la mía, se oye una voz que se parece a la mía, una mera representación de ella.

Mi deseo de hacerme presente puede ser grande, a ese ser tan querido que en la distancia no puedo abrazar. Pero no puedo darle la inmediatez de mi carne, no puedo estarle presente en carne y hueso, solamente puedo enviar un embajador con un cierto parecido a mí que me represente o, si se quiere, que me dé una presencia virtual. Quizás hasta pueda engañarme y creer que con eso basta… pero siempre faltará la inmediatez de mi carne, de la suya.

Bien podríamos terminar con un cuento como Platón hizo al final de su Fedro.

Un genio maligno, lleno de júbilo, con otro se encontró. Y, al preguntarle éste de dónde venía su alegría, le contestó: «He conseguido que los hombres crean que sus inventos telemáticos sirven para acercarlos más de lo que estaban, pero es todo lo contrario. Cuanto más crean que así están más cerca, tanto más se irán alejando. Quieren ser como ángeles y fácilmente se les hace olvidar su propia carne».

Alfonso García Nuño
Facultad de Filosofía UESD

Un comentario en «En carne y hueso»

  1. La capacidad de «poder estar junto a…» de nuestro espíritu es verdad que se tiene que complementar con la realidad corpórea que poseemos mientras vivimos en la tierra, pero si dadas las circunstancias (que pueden ser muchas y no solo de este momentos histórico) no puedo besar, abrazar, mirar,…no pasa nada. El poder del espíritu inventa muchas formas para expresar el amor. Seamos creativos sin caer ni en la vanagloria ni en la desesperanza.
    Alfonso gracias por tu artículo, siempre te recuerdo de los buenos momentos del curso de logoterapia.

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