La Iglesia en tiempos de pandemia

Siempre me ha llamado la atención esa página del Evangelio de Mateo en la que Jesús dirigiéndose a los discípulos les dice: “En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos” (Mt 24, 38-39). Nos parapetamos en la rutina cotidiana, que nos ayuda a creer que los días se sucederán sin grandes sobresaltos. Hasta que ocurre lo imprevisible. Los medios de comunicación nos alertaron, ya en diciembre de 2019, de un brote epidémico en la ciudad china de Wuhan, cuyo agente causante fue identificado como un nuevo coronavirus denominado SARS CoV-2. Su rápida propagación generó la pandemia de COVID-19. Escuchábamos las noticias, veíamos las imágenes, pero vivíamos confiados de que ese suceso estaba lo suficientemente lejos como para no afectarnos. Por eso, como ha escrito el Papa Francisco, la crisis del coronavirus nos ha sorprendido a todos, como una tormenta que descarga de repente, cambiando súbitamente a nivel mundial nuestra vida personal, familiar, laboral y pública. Vivimos en un mundo interconectado y globalizado en el que los hechos, aunque acontezcan muy lejos, acaban afectándonos irremediablemente. La pandemia nos ha hecho caer en la cuenta de la fragilidad de nuestra vida, al tiempo que nos cuestiona muchas de las certezas en las que se sustentaba nuestra existencia, lo que nos insta a replantearnos las cuestiones básicas sobre el sentido de nuestra vida y el mundo que estamos construyendo.

El largo confinamiento nos obligaba como Iglesia a promover, de forma creativa, nuevas formas de presencia que fortalecieran la fe, afianzaran la esperanza e intensificaran la caridad con los más desprotegidos.

El largo confinamiento al que fuimos sometidos por la autoridad competente, como en tantos otros países, para frenar la propagación del coronavirus, no solo trastocaba nuestras rutinas cotidianas, sino que nos obligaba como Iglesia a promover, de forma creativa, nuevas formas de presencia que fortalecieran la fe, afianzaran la esperanza e intensificaran la caridad con los más desprotegidos. No es cierto, como alguien dijo, que la Iglesia estaba desaparecida. Sí asustada y perdida, necesitada de una palabra evangélica que nos ayudara a situarnos ante lo que nos estaba pasando. El Papa Francisco, en una bella y profunda lectio sobre la tempestad calmada, nos ayudó a comprender que con la pandemia se nos cayeron las máscaras con las que disfrazábamos nuestros pretenciosos “egos”, dejando al descubierto la pertenencia común de la que no podemos ni queremos huir: la pertenencia de hermanos. Al igual que los discípulos, miedosos ante la tormenta imprevista, solo recuperaremos la calma cuando invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida, pues con Él a bordo no se naufraga y nos ayuda a vencer nuestros temores. El Señor se despierta para despertarnos y avivar nuestra fe capaz de activar la solidaridad y la esperanza en estos tiempos revueltos.

el papa Francisco nos puso en guardia frente a un virus más difícil de combatir, el del egoísmo indiferente

A medida que la pandemia se iba extendiendo, Francisco nos puso en guardia frente a un virus más difícil de combatir, el del egoísmo indiferente, que se transmite en la medida que creemos que la vida mejora si me va mejor a mí, sin importarme el que otros se queden atrás, víctimas inmoladas en el altar del progreso. Dirigiéndose a la Asamblea General de las Naciones Unidas, el Papa Francisco afirmaba que este tiempo de prueba hay que vivirlo como un tiempo de elección entre lo verdaderamente importante y lo meramente accidental y, por tanto, hay que elegir entre una solidaridad fundamentada en la justicia, en el cumplimiento de la paz y la unidad de la familia humana, como proyecto de Dios sobre el mundo, y aquellas actitudes de autosuficiencia, nacionalismo, proteccionismo, individualismo y aislamiento, que dejan fuera a los más pobres y vulnerables.

Desde el 5 de agosto han sido nueve las catequesis que Francisco, en la Audiencia General de los miércoles, ha dedicado a lo que el ha denominado “Curar el mundo”. A lo largo de las mismas ha ido anticipando lo que de forma más extensa aparece en la encíclica Fratelli tutti. Sobre la fraternidad y la amistad social. Con dichas catequesis nos ha invitado a afrontar juntos, con ayuda de la Doctrina Social de la Iglesia, las cuestiones apremiantes que la pandemia ha puesto de relieve, sobre todo las enfermedades sociales. Con la mirada fija en Jesús, que nos invita a asumir un espíritu creativo y renovado, trata de sanar en profundidad las estructuras injustas y sus prácticas destructivas que están en la raíz de nuestras dolencias físicas, espirituales y sociales. De esta crisis, afirma Francisco, podemos salir mejores si juntos buscamos el bien común; de lo contrario, saldremos peores. La respuesta cristiana a la pandemia no puede ser otra que la de Jesús, que está fundamentada en el amor, ante todo el amor de Dios, que siempre nos precede, un amor que se abre incluso a los enemigos, y que incluye las relaciones cívicas y políticas y la relación con la naturaleza. Solo así es posible la “civilización del amor”, que se construye como alternativa a la cultura del descarte y la indiferencia. El cuidado de la casa común y de los que la habitamos exige una actitud contemplativa que nos libere de nuestro ensimismamiento soberbio, por el que pretendemos ocupar el lugar de Dios, y nos disponga para custodiar el patrimonio que Dios nos ha confiado y que nosotros hemos de dejar en herencia a las futuras generaciones. Esta gran tarea requiere de la solidaridad, que nos une y nos permite encontrar propuestas sólidas para un mundo más sano, y de la subsidiariedad, por la que cada uno ha de asumir su propia tarea para el cuidado y desarrollo de la sociedad. Solo así, afirma Francisco, será posible regenerar nuestra sociedad, dejando atrás la “normalidad” anterior a la pandemia, enferma de injusticias, desigualdades y degradación ambiental. Francisco apuesta por la “normalidad” del Reino de Dios, donde el pan llegue a todos y la organización social se fundamente en el contribuir, compartir y distribuir. “Si alguien cree que solo se trataba de hacer funcionar mejor lo que ya hacíamos, o que el único mensaje es que debemos mejorar los sistemas y las reglas ya existentes, está negando la realidad. Anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial de hermandad” (Fratelli tutti, 7-8).

debemos regenerar nuestra sociedad, dejando atrás la “normalidad” anterior a la pandemia, enferma de injusticias, desigualdades y degradación ambiental

Pero no solo el Papa ha estado acompañando al pueblo de Dios con su palabra y sus gestos. También cada obispo en su diócesis ha procurado estar cerca de su feligresía, animando y agradeciendo a sacerdotes, religiosos y laicos por su entrega generosa a los más desprotegidos. La Conferencia Episcopal Española, a través de su Comité Ejecutivo, emitió una nota el 13 de marzo en la que junto a la razonable preocupación por la gravedad de la situación creada en los diversos lugares y actividades, como consecuencia de la pandemia, mostraba su fraterna solidaridad con todas las personas afectadas, pidiendo la colaboración de todos ante las consecuencias económicas y sociales que se avecinaban. Al mismo tiempo, hacía un llamamiento a seguir las indicaciones de las autoridades sanitarias para frenar el avance acelerado de la enfermedad con la ayuda de las medidas higiénicas y guardando las debidas distancias para evitar los contactos que favorecieran el contagio. Pero también invitaban a la creatividad pastoral, para ayudarnos a vivir el tiempo de Cuaresma y Pascua, y a cultivar la cercanía de la oración, tanto de petición como de intercesión, para lo cual los templos debían quedar abiertos para la oración personal y para pedir al Señor sabiduría y fortaleza para vivir esta dura prueba. Nuevamente, el 29 de abril, la Comisión Ejecutiva emitía una nota ante el inicio de la salida del confinamiento. Dirigiéndose al Pueblo de Dios y a toda la sociedad española, daba gracias a Dios porque la enfermedad se iba controlando y permitía retomar con precauciones las actividades habituales de la vida cotidiana. Al tiempo que compartía el dolor de miles de familias por los fallecimientos causados por la pandemia, agradecía el trabajo realizado, con generosa entrega, por tantos ciudadanos y ofrecía el trabajo de Cáritas y de otras instituciones eclesiales para paliar las consecuencias de la pandemia. Por último, instaban al conjunto de la ciudadanía, con sus diversas instituciones, al acuerdo y colaboración a favor del bien común.

«la caridad no cierra«, ha sido el lema de nuestra Iglesia en madrid

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Descendiendo a nuestra archidiócesis, el Cardenal Osoro ha ido acompañando al pueblo de Dios que camina en Madrid con una serie de cartas y reflexiones con las que ha pretendido ayudarnos a vivir de la fuerza que nos da el fijarnos en lo esencial y animarnos a potenciar la necesidad de construir una sociedad más humana en este momento de nuestra historia; lo cual requiere acrecentar y contagiar la esperanza a todas las personas. Muchos de nuestros templos, nos ha recordado el Cardenal en su carta pastoral para este curso, Quiero entrar en tu casa, han estado abiertos durante el confinamiento a los sacramentos, a la escucha, a la acogida y a atender cuantas necesidades se presentaban. La caridad no cierra, ha sido el lema de nuestra Iglesia, y desde ese convencimiento se nos ha instado a ser el apoyo de los necesitados y a ejercer de samaritanos de aquellos que se encuentran tirados al borde del camino. Y todo ello para despertar la adhesión a Jesucristo, el Camino, la Verdad y la Vida, haciéndolo desde la cercanía, el amor y el testimonio.

Avelino Revilla Cuñado
Vicario General de Madrid
Facultad de Teología / ISCCRR de la UESD

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