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La Cátedra de Misionología de la Facultad de Teología, en colaboración con Obras Misionales Pontificias (OMP), organiza un nuevo seminario que invita a profundizar en la experiencia viva de la misión y en la acción concreta de Dios en la vida de quienes han sido llamados a evangelizar. Bajo el título «Dios pasa por la vida del misionero», este encuentro quiere ofrecer un espacio de escucha y reflexión en torno a la vocación misionera entendida no solo como actividad o tarea, sino como una forma de vida marcada por la fe, la entrega y la disponibilidad. El seminario tendrá lugar el miércoles 4 de febrero, a las 18:15 h, en el Aula Pablo Domínguez, y la asistencia está abierta a todos los interesados en la teología, la misión y la vida eclesial, de un modo especial a quienes sienten inquietud misionera o desean redescubrir el dinamismo evangelizador de la Iglesia en el mundo actual.

La sesión estará a cargo de Rosa María Ortega, misionera y miembro de la Fraternidad Misionera Verbum Dei, cuya trayectoria aporta un testimonio cercano y profundamente enraizado en la experiencia. Al mirar su propia historia, Ortega reconoce que el paso de Dios por la vida del misionero se manifiesta de distintas maneras, y lo explica con sencillez y hondura: “hay dos formas en las que Dios pasa por nuestra vida: una forma que es el trabajo interior que Dios hace en nosotros y otra forma es eso que Dios hace a través de nosotros en los demás”. Esta convicción atraviesa su manera de comprender la misión y sitúa en el centro la acción de Dios, que transforma al misionero por dentro y, al mismo tiempo, se sirve de su vida para tocar el corazón de otros. En ese camino, afirma, el carisma concreto que cada uno recibe también marca el modo en que esa llamada se despliega, y en su caso lo hace desde la espiritualidad y misión de Verbum Dei, una fraternidad dedicada a la evangelización directa, la formación de discípulos misioneros y el despertar de comunidades con un auténtico espíritu misionero, capaces de sostener la vida cristiana con oración, fraternidad y testimonio.

Desde esa experiencia, Rosa María Ortega subraya que la misión se sostiene en pilares esenciales: “lo hacemos a través de la oración, el ministerio de la palabra y el testimonio de vida”. La oración, en particular, aparece como el lugar donde Dios trabaja de manera silenciosa y real: “para mí hay ese paso de Dios por mi vida, lo experimento sobre todo en la oración”, incluso cuando se trata de una oración que atraviesa la oscuridad o la aparente ausencia: “a veces es silencio de Dios, pero en el que Dios trabaja”. Junto a esa vivencia, destaca también la escucha de la Palabra como fuente de luz y llamada concreta a la conversión: en ella, Dios “ilumina nuestra mente y nos llama a una conversión concreta, a vivir de una manera muy concreta”. Para Ortega, la misión no nace de una voluntad personal de hacer cosas, sino de un encuentro real que va configurando la vida y empujando a anunciar, con palabras y con obras, lo que Dios va realizando en el interior del corazón.

En este sentido, la predicación y el ministerio de la palabra no son solo un servicio, sino un lugar privilegiado donde la misionera se asombra una y otra vez de la fecundidad de Dios. Al compartir la fe en ejercicios espirituales, acompañamientos, formaciones o testimonios, confiesa que experimenta algo que la sobrepasa: “me asombro de que Dios pase a través de mi pobreza y que pueda tocar el corazón de las personas”. Esa fecundidad, explica, no brota de un talento propio ni de una capacidad individual, sino de la obra previa de Dios en ella: “lo que previamente Él ha hecho en mí, lo que previamente ha trabajado en mí, ha purificado en mí”, y de la luz recibida “desde la palabra y desde el encuentro con Él en la oración”. Por eso, la misión no se vive como una exhibición, sino como una entrega humilde que deja espacio a la acción del Espíritu. Además, insiste en que el anuncio se vuelve creíble cuando está sostenido por una vida coherente, porque “las personas interpretan… lo que decimos, lo que predicamos, la vida que llevamos”, y es precisamente esa búsqueda de verdad en lo cotidiano la que “facilita que el espíritu toque el corazón de las personas”.

El seminario también permitirá profundizar en lo que significa ser misionero en la Iglesia hoy, en un contexto sociocultural marcado por cambios profundos: secularización en países de tradición cristiana, multiculturalidad creciente y nuevas realidades derivadas de las migraciones. En medio de todo ello, Rosa María Ortega recuerda que, aunque las circunstancias históricas cambien, el núcleo de la misión permanece: “dar testimonio de Jesús con nuestra vida, con nuestra palabra”. A su juicio, durante años se ha transmitido a veces una visión reducida del misionero, vinculada casi exclusivamente a la ayuda social o al desarrollo, y reconoce que incluso los propios misioneros han contribuido a ello cuando regresaban a sus lugares de origen buscando recursos para sostener proyectos. Sin embargo, subraya con claridad una idea central del magisterio reciente: “la Iglesia no es una ONG”, porque su razón de ser es anunciar a Cristo, la Buena Noticia del amor de Dios y el sentido pleno de la vida humana. En esa línea, recoge una expresión muy significativa: “tu vida es misión”, lo que conduce a comprender que la misión no es un “trabajo” que se hace en un lugar concreto, sino una identidad que acompaña al cristiano allí donde esté.

Por eso, para Rosa María Ortega, ser misionera no es un papel que se interpreta durante un tiempo, sino una forma de estar en el mundo. Ella misma cuenta que, en ocasiones, al hablar en colegios o espacios de pastoral en España, algunos se sorprenden y le preguntan si aquí también “hace de misionera”, y su respuesta es inmediata: “claro, es que soy misionera”. Y lo expresa con una convicción serena: “soy misionera donde estoy”, porque “es mi vida, es mi identidad”, no solo por una llamada particular, sino porque ha conocido a Jesús y desea colaborar en su proyecto de salvación, esperanza y sentido para el ser humano. Desde esa perspectiva, la misión también se convierte en un anuncio de trascendencia, de vida eterna y de transformación cultural, porque el Evangelio —señala— tiene fuerza para renovar las culturas y sacar lo mejor de cada una de ellas.

En su testimonio aparecen también momentos especialmente exigentes, que muestran la misión como camino de libertad y obediencia interior. Uno de los más decisivos fue cuando tuvo que dejar la carrera de medicina para responder a una llamada distinta, y recuerda ese tiempo como un verdadero desconcierto, porque implicaba “dejar la carrera de medicina en la que yo estaba” para entrar en una comunidad en la que no se ejercía la medicina. Aquello supuso “preferir el plan de Dios al mío” y dejarse conducir: “a no ser yo la que proyectaba mi manera de responder, sino que fuera Él el que me conducía”. Fue una experiencia dolorosa, pero con el paso del tiempo reconoce que “fue duro, fue doloroso, pero creo que también fue lo más fecundo”, porque aprendió que “Dios nunca nos quita nada, sino que purifica lo que nos da para que sea más para la misión”, es decir, para dar testimonio de Cristo con la vida allí donde Él quiera colocar a cada uno.

Otro momento de especial dificultad fue cuando, por motivos de salud, tuvo que dejar África y abandonar un proyecto de primera evangelización. Allí vivió una prueba marcada por la impotencia y la confianza: “Señor, estoy segura de que tú sabes lo que haces, pero desde luego que no tienes ninguna lógica cuando actúas”, llegó a decir en su diálogo con Dios, al tener que volver a España mientras en el lugar de misión quedaban comunidades necesitadas y con deseo de conocer el Evangelio. Sin embargo, esa experiencia terminó llevándola a una comprensión más profunda de lo esencial: “soy misionera”, y por tanto la clave no está en elegir el destino, sino en la disponibilidad total. De ahí que lo resuma con una frase que expresa el corazón de su vocación: “esa disponibilidad para lo que Dios quiera, donde Dios quiera y como Dios lo quiera… es la esencia del ser misionero”.

En el fondo, su testimonio insiste en que la misión solo se sostiene desde una fe viva y renovada. Para ella, el día a día misionero se alimenta del encuentro con Cristo en la oración y en la Eucaristía, y de la certeza de saberse enviada: “donde voy, donde estoy, haciendo lo que hago es porque Él me envía”. Pero no solo eso: también experimenta con asombro que “Él viene conmigo y viene en mí”, una realidad que la lleva a ponerse de rodillas ante el misterio y a preguntarse: “¿quién soy yo para esto?”. Ortega reconoce, además, que no se considera una persona aventurera por naturaleza; al contrario, se define como alguien “muy arraigada en mi pueblo, en mi familia, en mi cultura, en mis tradiciones”, y por eso se sorprende al recordar cómo llegó a estar en lugares remotos como el Congo, en medio de la sabana, preguntándose: “¿y qué hace una mujer como yo en un sitio como este?”. La respuesta, una vez más, no fue un razonamiento, sino una certeza espiritual: “Señor, qué fuerza has tenido en mi vida… si no lo veo, no lo creo”.

De cara al encuentro en la UESD, Rosa María Ortega expresa un deseo que resume el sentido del seminario: “me gustaría que Dios pasara por todos nosotros”, y que ese paso se traduzca en una llamada concreta para cada uno, un envío personal donde el Señor quiera: “que a cada uno nos llame y nos envíe donde Él considere más oportuno”. En esta visión, la misión no se entiende como proyecto propio, sino como participación en la iniciativa divina: “es la misión de Dios… el protagonista es el Espíritu, no somos nosotros”. Por eso, el seminario se presenta como una oportunidad para renovar la conciencia de que toda la Iglesia está llamada a colaborar en esa obra, a ser discípulos que escuchan a Jesús para dejarse enviar, porque “nosotros vamos en el nombre del Señor y para darle a conocer con nuestra vida y con nuestra palabra donde Él nos quiera colocar”.