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El Papa León XIV se ha dirigido en el marco del año jubilar a educadores de todo el mundo para agradecer su labor y proponer, inspirado en san Agustín, cuatro pilares esenciales para la educación cristiana: la interioridad, la unidad, el amor y la alegría. Han acudido a este encuentro en Roma nuestro rector, Nicolás Álvarez de las Asturias; los vicerrectores, Juan Carlos Caravajal y Andrés Sáez; y el secretario general, Raúl Orozco.

El Santo Padre ha expresado su alegría por poder encontrarse con “educadores provenientes de todo el mundo y comprometidos en todos los niveles, desde la escuela primaria hasta la universidad”, recordando que la Iglesia es “Madre y Maestra” y que los docentes encarnan ese rostro materno al acompañar el crecimiento de tantos alumnos. Agradeció especialmente la “constelación de carismas, metodologías y experiencias” que enriquecen la misión educativa de la Iglesia

El Santo Padre, que recordó su propia experiencia como docente, estructuró su mensaje en torno a cuatro principios tomados de san Agustín —la interioridad, la unidad, el amor y la alegría—, proponiéndolos como “los pilares de un camino a recorrer juntos”.

Sobre la interioridad, destacó que “el verdadero Maestro está dentro”, citando al santo de Hipona: «A los que no enseña interiormente el Espíritu Santo, regresan con la misma ignorancia». Subrayó que la educación no se reduce a “palabras bonitas o aulas bien equipadas”, sino que exige “el encuentro profundo entre las personas”, donde “el corazón habla al corazón”. En un contexto dominado por las pantallas, animó a redescubrir el valor del silencio y del diálogo interior: “En el hombre interior reside la verdad”.

En cuanto a la unidad, evocó su lema episcopal In Illo uno unum —“en el Uno, uno”— y recordó que “sólo en Cristo encontramos verdaderamente la unidad”. Explicó que educar es siempre un proceso comunitario: “Nuestro ser no nos pertenece; tu alma —dice san Agustín— no es tuya propia, sino de todos tus hermanos”. En esta línea, anunció su deseo de retomar y actualizar el Pacto Educativo Global, impulsado por el Papa Francisco, para promover la cooperación entre instituciones y personas al servicio del bien común.

El tercer pilar fue el amor, que consideró esencial en toda relación educativa: “Compartir el conocimiento no basta para enseñar, se necesita amor”. Recordó la enseñanza agustiniana según la cual “el amor a Dios es primero en el orden de lo preceptuado; el amor al prójimo, en el orden de la acción”. Invitó a los educadores a construir “puentes de diálogo y de paz”, a superar prejuicios y a cuidar especialmente de “los más frágiles, pobres y excluidos”. Advirtió también que “dañar el papel social y cultural de los formadores es hipotecar el propio futuro”.

Finalmente, habló de la alegría, signo distintivo del verdadero maestro: “Los verdaderos maestros educan con una sonrisa, y su apuesta es lograr despertar sonrisas en el fondo del alma de sus discípulos”. Alertó sobre los riesgos de una “fragilidad interior generalizada” y de un uso deshumanizado de la inteligencia artificial, que puede aislar a los jóvenes. Frente a ello, recordó que la educación es “un compromiso profundamente humano, una llama que funde las almas y de muchas hace una sola”.

Concluyó animando a los presentes a hacer de estos cuatro valores —interioridad, unidad, amor y alegría— “los puntos cardinales” de su misión educativa, recordando las palabras de Jesús: «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).