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Con ocasión del 60.º aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, Gabriel Richi, profesor de Teología en nuestra universidad, ha publicado en Alfa y Omega el artículo «Los ojos fijos en Cristo«, una reflexión que invita a releer el Concilio desde su núcleo más hondo. Sesenta años después de aquel 8 de diciembre de 1965, cuando san Pablo VI cerraba solemnemente la gran asamblea conciliar, el profesor Richi propone entender la efeméride no como un simple recuerdo histórico, sino como una oportunidad para recuperar la espiritualidad y la orientación fundamental del Vaticano II.

El artículo subraya que esta conmemoración coincide “felizmente” con otro aniversario decisivo para la fe cristiana: los 1700 años del Concilio de Nicea, el primero de los grandes concilios cristológicos. Richi destaca que esta coincidencia ayuda a situar el Vaticano II dentro de una misma historia guiada por el Espíritu, pues cada concilio es un regalo para la Iglesia que la acompaña en su peregrinación misionera, permitiendo que el Evangelio sea anunciado a todos los hombres de todos los tiempos. Así, puede considerarse unitariamente el conjunto de los concilios ecuménicos de la Iglesia, sin perder la especificidad de cada uno.

Nicea, recuerda el autor, fue un momento clave para reafirmar que el Dios único no es lejano ni inaccesible, sino que ha salido a nuestro encuentro en Jesucristo. Esta referencia cristológica permite, según Richi, volver a mirar el Vaticano II desde su luz original.

Uno de los ejes del texto es la crítica a una lectura reducida del Vaticano II como mero concilio eclesiológico. Es cierto —reconoce Richi— que muchos documentos conciliares versan sobre la Iglesia, su naturaleza y su misión, y que la expresión “Iglesia, ¿qué dices de ti misma?” marcó una etapa esencial de su trabajo. Pero esto no basta para encerrar el Concilio en esa etiqueta.

La coincidencia con Nicea, precisamente por su centralidad cristológica, permite recuperar un aspecto del Vaticano II que a menudo ha quedado oscurecido: su horizonte cristológico. En otras palabras: el Vaticano II habla de la Iglesia, sí, pero lo hace porque quiere hablar de Cristo, fuente y sentido de la Iglesia. Para fundamentar esta tesis, Richi remite al discurso de san Pablo VI a los padres conciliares al iniciar el segundo período conciliar. Antes incluso de definir objetivos prácticos, el Papa planteó tres preguntas esenciales sobre el punto de partida, el recorrido y la meta del Concilio, y afirmó que todas tenían una sola respuesta: Cristo. Así, el Vaticano II se entiende desde esa proclamación: Cristo como principio; Cristo como vida y guía; Cristo como esperanza y término.

La fuerza de ese programa, señala el profesor Richi, revela que el Concilio no nace de una preocupación meramente organizativa o disciplinar, sino de un deseo profundo: recentrar la vida de la Iglesia en el Señor.

Richi insiste en que recuperar este horizonte no significa una simple fórmula devocional, sino una clave teológica capaz de dar unidad a los diversos contenidos del Vaticano II. Por eso precisa que sería aún más exacto hablar de cristocentrismo trinitario: mirar a Cristo insertándolo en el misterio de la Trinidad y de la Encarnación redentora. Desde esa perspectiva, el legado conciliar aparece con una trayectoria nítida: parte de la revelación —del misterio trinitario y cristológico— y se abre al mundo. El punto de convergencia es Jesucristo, presente en el misterio de la Iglesia, donde el hombre es transformado por la gracia. Así, el Concilio no solo explica qué es la Iglesia, sino para qué existe: para transparentar a Cristo al mundo contemporáneo.

El artículo concluye con una invitación directa: celebrar Nicea y releer el Vaticano II desde su profundidad cristológica, volviendo a poner “los ojos fijos en Cristo”. En este aniversario, la reflexión de Gabriel Richi anima a la Iglesia de hoy —y también al ámbito académico— a acoger el Concilio como un don vivo, que no se reduce a interpretaciones parciales, sino que sigue ofreciendo una orientación luminosa para la fe, la vida eclesial y la misión evangelizadora.