El decano de la Facultad de Filosofía, José Antúnez, ha reflexionado en una reciente entrevista concedida a Alfa y Omega sobre el caso de Noelia Castillo, cuya eutanasia está prevista para este jueves y que ha suscitado un intenso debate social. Aunque el caso cumple los requisitos legales y ha sido avalado por los tribunales, Antúnez invita a ir más allá del plano jurídico para interrogarse sobre el trasfondo cultural y humano que hace posible una decisión de este tipo. “Sin juzgar la postura de Noelia —nadie puede hacerlo—, lo que me llama la atención es cómo no nos damos cuenta de que ella es un tesoro infinito que podría haber aportado un montón a la sociedad con su vida”, afirma. Desde esta perspectiva, el decano advierte de una deriva preocupante: una sociedad que, ante el sufrimiento, ofrece como respuesta una “salida de descarte”. “Es una respuesta cómoda, superficialmente piadosa, pero con una piedad que quita esperanza”, señala, subrayando la ausencia de un horizonte que permita reconocer el valor irrepetible de cada existencia, incluso en las circunstancias más difíciles.
En su análisis, Antúnez sitúa el problema en una comprensión reducida de la dignidad humana. Frente a una visión que la identifica con el éxito, la autonomía o la eficacia, recuerda —en línea con la declaración Dignitas infinita (2024)— que toda persona posee una dignidad intrínseca que no depende de sus condiciones vitales. Cuando esta visión se pierde, advierte, “lo que viene es la claudicación del descarte”. La entrevista aborda también la dimensión filosófica de la libertad. Antúnez reconoce que el ser humano es responsable de su vida, pero advierte del riesgo de entender esta responsabilidad de forma aislada. “Nuestra vida está entretejida con la de los demás”, explica, recordando que, como subrayó Hannah Arendt, cada persona aporta algo único al mundo simplemente por existir. “Tu mera existencia enriquece el mundo”, resume.
El caso de Noelia, marcado por una historia personal de sufrimiento, pone también de relieve —según el decano— las heridas profundas que pueden afectar a la libertad de la persona. Sin embargo, lejos de centrar la crítica en ella, Antúnez dirige la mirada hacia el conjunto de la sociedad: “Todo lo que me lleva a disculparla a ella, pensando en la sociedad me abofetea y me hace pensar que tenemos que cambiarla”. En este sentido, señala las contradicciones de un sistema que, por un lado, busca prevenir el suicidio y, por otro, termina facilitando la muerte asistida en determinadas circunstancias. “Visto desde fuera, nos dirían: cuánta hipocresía”, apunta, denunciando una lógica que prioriza soluciones rápidas frente al acompañamiento real de las personas.
Frente a esta situación, Antúnez recupera la tradición filosófica de la esperanza, evocando figuras como Viktor Frankl o Gabriel Marcel, quienes mostraron que incluso en las condiciones más adversas es posible encontrar sentido. “El ser humano es capaz de lo mejor en las situaciones más horribles. Pero nuestra sociedad, en vez de suscitar lo mejor, se rinde”, afirma. Con todo, el decano mantiene una mirada abierta al futuro. A pesar del diagnóstico crítico, percibe en las nuevas generaciones signos de reacción ante una cultura que no logra responder a sus inquietudes más profundas. “Hay una búsqueda real, un deseo de sentido que está emergiendo, aunque todavía no sepamos interpretarlo del todo”, explica. La historia de Noelia, concluye, interpela de manera directa a toda la sociedad: no solo sobre el marco legal de la eutanasia, sino sobre el tipo de humanidad que se está construyendo. “Cuando vemos casos tan dolorosos nos damos cuenta de que algo está caducando y de que necesitamos generar un horizonte nuevo que merezca la pena humanamente”.
