23 de octubre de 2025
La parroquia de San Juan de la Cruz acogió ayer la sesión inaugural del X Ciclo de Conferencias para Evangelizadores, una iniciativa organizada por varias delegaciones episcopales de la Archidiócesis de Madrid. La primera ponencia, titulada “La Iglesia, misterio de comunión”, corrió a cargo de Gabriel Richi Alberti, catedrático de Teología Sistemática (Eclesiología) y coordinador del Bienio de Teología Dogmática en la UESD.
En su intervención, el profesor Richi invitó a redescubrir la profundidad teológica del término “comunión”, una palabra —advirtió— que puede vaciarse de contenido cuando se usa con frecuencia sin ahondar en su verdadero sentido. Para ello, propuso un recorrido por tres documentos clave del magisterio reciente: la carta de la Congregación para la Doctrina de la Fe La noción de la comunión (1992), la relación final del Sínodo de los Obispos de 1985 y la exhortación apostólica Christifideles Laici (1988) de san Juan Pablo II.
Apoyándose en esos textos, Richi recordó que el concepto de comunión “expresa el núcleo profundo del misterio de la Iglesia” y puede servir como “clave de lectura para una renovada eclesiología católica”. Subrayó también la importancia de integrar esta categoría con otras como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y sacramento, evitando así visiones fragmentarias o parciales.
El ponente explicó que la eclesiología de comunión, propuesta por el Concilio Vaticano II y reafirmada por el Sínodo de 1985, muestra a la Iglesia como un misterio que brota del don de la vida trinitaria y se manifiesta en la historia como sacramento universal de salvación. “No somos cristianos por seguir unas doctrinas o normas morales —afirmó—, sino por el encuentro con una Persona, con Jesucristo. Eso es lo que significa que la Iglesia sea sacramento: el lugar histórico del encuentro con Él.”
El profesor articuló su exposición en torno a tres preguntas esenciales: quién es la Iglesia, para qué existe y cómo acontece. A la primera respondió que la Iglesia “no es ante todo una institución, sino un sujeto formado por los fieles cristianos”; a la segunda, que su misión es “ser signo e instrumento del encuentro de todos los hombres con Cristo”; y a la tercera, que la Iglesia acontece precisamente “como comunión”, un don que no se fabrica, sino que se recibe y se custodia. “La comunión —añadió— tiene su fuente en la vida trinitaria y se nos comunica por la Palabra y los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, fuente y culmen de la vida cristiana. Custodiar la comunión es cuidar un don que nos precede y que nunca desaparece del todo, aunque pueda ser herido.”
En la parte final de su ponencia, Richi destacó que la comunión se hace visible en la vida concreta de la Iglesia como una red de relaciones entre los fieles, marcada por la participación y la corresponsabilidad. No se trata, precisó, de cuestiones organizativas, sino de cómo la gracia recibida en los sacramentos se traduce en comunión real entre los creyentes.
Para cuidar esa vida de comunión, propuso dos actitudes fundamentales: una estima a priori por el otro y una permanente disposición a la conversión, que permita ofrecer “el testimonio más verdadero de Cristo que vive entre nosotros”.
