La UESD acogió un encuentro dedicado a la vocación misionera en el que tres historias —una religiosa china, una joven laica española y un sacerdote diocesano— iluminaron, desde ángulos muy distintos, la misma convicción: la misión es ante todo dejar que Dios llene el corazón y permitir que ese amor se desborde. El acto fue moderado por José María Calderón, director de la Cátedra Extraordinaria de Misionología de la Facultad de Teología, quien recordó al inicio que “la misión no es solo un destino geográfico, sino una manera de vivir la fe, una apertura permanente a la llamada de Dios”.
La primera en intervenir fue la Hna. Xiaoli Zhao, que presentó su propia vida como una historia de gratitud. Nacida durante la política del hijo único, confesó que “mi vida propia es ya la primera gracia, porque mis padres lucharon y pagaron mi existencia”. A ello se sumó la herencia de una fe transmitida de generación en generación, que pasó paulatinamente de ser “el Dios de mis padres” a convertirse en “mi Dios”. Para esta religiosa, su vocación misionera brota precisamente de haber crecido en un entorno donde casi nadie cree: “En mi tierra la mayoría son ateos. Allí Dios me llamó, y estoy muy agradecida por mi vida y por mi vocación misionera”.
El testimonio de Mónica Marín García, joven laica, se tejió de manera natural con estas palabras. También ella habló de un camino marcado por la fe familiar, aunque el proceso de discernimiento la llevó por sendas muy distintas. Recordó cómo ciertas preguntas comenzaron a resonar con fuerza: “¿Qué quiere Dios para mí?” o “¿Qué quieres Tú que yo haga con lo que soy?”. Con un estilo sencillo y directo, explicó que sus experiencias misioneras de verano le enseñaron que “la fe se fortalece cuando se comparte” y que la vocación laical no es una llamada menor, sino una misión vivida desde la vida cotidiana: “Mi vocación es servir a Dios desde lo ordinario, con toda mi vida. Y eso también es misión”.
A estas dos perspectivas se unió la del sacerdote diocesano Pablo Fernández Martos, cuyo relato aportó un matiz de humor y de misterio vocacional. “Yo siempre dije: yo no me voy. Lo que pasa es que la misión me persiguió toda la vida”, confesó. Explicó que creció en una familia numerosa que rezaba cada noche el rosario, donde todos los hijos se plantearon alguna vez la vocación. Aunque descubrió su llamada sacerdotal con apenas doce años —“Aquel cura habló y yo dije: yo quiero vivir como él”—, la dimensión misionera llegó mucho después y de forma inesperada: a través de encuentros providenciales, invitaciones insistentes y señales que él mismo había olvidado, como una estampa de San Francisco Javier que apareció el día exacto en que hacía las maletas para Chile: “Cuidado con lo que pedís a Dios, porque no sabéis cuándo lo concede”, recordó sonriendo. Allí permaneció diez años como sacerdote misionero: “Me enamoré de Chile; de hecho, ya soy chileno también de nacionalidad”.

El coloquio final recogió y unió los hilos de estas tres historias, subrayando ideas ya apuntadas por los ponentes: la misión no depende de la edad ni de los planes personales, sino del ardor del corazón. Se citó a San Alberto Hurtado, quien animaba a no achicar la obra por miedo al fracaso. En un momento del diálogo se utilizó la imagen de la luna: los cristianos —se dijo— reflejan la luz de Cristo, y a veces toca ser luna llena que ilumina, y otras luna nueva que deja brillar las estrellas. También se destacó que los enfermos, ofreciendo su sufrimiento, participan plenamente de la misión: “No va con la edad; va con el ardor del corazón”.
José María Calderón clausuró el encuentro agradeciendo la autenticidad de los tres testimonios, que —en sus palabras— “brillan como la luna para que veamos mejor la luz del Sol, que es Cristo”. Un encuentro sencillo y profundo que mostró, desde recorridos vitales muy distintos, que la misión no es un proyecto reservado a unos pocos, sino una llamada capaz de transformar toda la vida.