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La Facultad de Teología de la UESD celebró el pasado 11 de marzo la jornada de estudio “Comunidad cristiana y vida de fe”, organizada conjuntamente por el Departamento de Evangelización y Catequesis y el Bienio de Liturgia. El encuentro reunió a profesores, alumnos y asistentes en torno a una reflexión teológica y pastoral sobre la relación entre Bautismo, Iglesia, liturgia e iniciación cristiana, poniendo de relieve que la fe se recibe, se celebra y se madura siempre en el seno de una comunidad concreta.

La sesión comenzó con una oración inicial y con las palabras de bienvenida del decano de la Facultad de Teología, Ignacio Carbajosa, quien subrayó la importancia de profundizar en la relación entre la vida de fe y la comunidad cristiana. Evocando una conocida intuición de san Agustín, recordó cómo la Escritura y la vida de la Iglesia se iluminan mutuamente: la Palabra de Dios alimenta la fe, pero esta solo puede comprenderse plenamente a la luz de los acontecimientos que se viven en la comunidad creyente. El decano felicitó además a los organizadores por promover una jornada de estudio conjunta entre distintas áreas académicas de la Facultad, destacando el valor de este trabajo interdisciplinar para penetrar más profundamente en la unidad de la teología.

A continuación, Juan Carlos Carvajal, profesor de la Facultad de Teología, introdujo el tema de la jornada, explicando la estrecha relación entre Bautismo, comunidad cristiana y vida de fe. Comentando la imagen elegida para anunciar el encuentro —una representación del Bautismo—, destacó que este sacramento no constituye solo un rito inicial, sino el acontecimiento por el que el creyente recibe una vida nueva, es incorporado a la comunión eclesial y es introducido en una forma concreta de vivir la fe. En este sentido, recordó, a la luz de Lumen fidei, que nadie se bautiza a sí mismo y que la fe se recibe siempre en el seno de un pueblo que la transmite, la custodia y la celebra.

La ponencia marco corrió a cargo de Rafael Luciani Rivero, director del Centro Teológico Pastoral para América Latina y el Caribe (CEBITEPAL), bajo el título “El bautismo generador del nosotros eclesial. Los cristianos en una Iglesia pueblo de Dios, sujeto histórico y comunitario”. En su intervención, Luciani situó la reflexión en el horizonte del Concilio Vaticano II y en la experiencia reciente del Sínodo sobre la sinodalidad, subrayando que uno de los grandes redescubrimientos del Concilio fue la centralidad de la común dignidad bautismal de todos los fieles como clave para comprender el ser y el actuar de la Iglesia. El ponente explicó que la categoría cristi fideles permite expresar la condición bautismal común de laicos, sacerdotes, religiosos y obispos, ayudando a comprender la Iglesia como Pueblo de Dios, sujeto histórico y comunitario. Desde esta perspectiva, insistió en que la pluralidad de ministerios, funciones y vocaciones no rompe la unidad, sino que la enriquece desde una lógica de corresponsabilidad, complementariedad y recíproca necesidad. La fe, afirmó, no puede entenderse como una experiencia individual o aislada, sino como un don recibido y vivido en la comunión eclesial.

Luciani subrayó asimismo que la relación entre los distintos sujetos eclesiales no es meramente funcional o cooperativa, sino constitutiva. Cada uno se comprende mejor en relación con los demás y dentro del único pueblo de Dios. En este contexto, insistió en que también el ministerio ordenado debe entenderse dentro de esta lógica de comunión y servicio: no como una realidad separada o superior al Bautismo, sino como una vocación específica al servicio de la comunidad. Del mismo modo, defendió una comprensión del laicado como vocación propia, no delegada ni subsidiaria, llamada a participar activamente y de manera diferenciada en la misión de la Iglesia.

Otro de los ejes de la conferencia fue la profundización en la sinodalidad como maduración de la recepción del Vaticano II. Luciani destacó que el proceso sinodal ha permitido pasar de una consideración más abstracta de los sujetos eclesiales a una atención concreta a las subjetividades: rostros, historias, culturas, condiciones sociales y experiencias desde las que los fieles escuchan, disciernen y participan en la vida de la Iglesia. En este sentido, llamó a escuchar más hondamente la aportación de laicos, mujeres y jóvenes, así como de quienes enriquecen la vida eclesial desde ámbitos como la familia, el trabajo, la educación, la cultura o el entorno digital.

En la parte final de su intervención, el teólogo venezolano puso el acento en la dimensión neumatológica del Bautismo, es decir, en la acción del Espíritu Santo en todo el pueblo creyente. A partir de la doctrina del sensus fidei, explicó que la Iglesia está llamada no solo a enseñar, sino también a escuchar, discernir y aprender desde la acción del Espíritu en todos los bautizados. La sinodalidad, señaló, no debe reducirse a una mera reorganización de estructuras, sino que exige una verdadera conversión relacional, una forma eclesial de proceder basada en el diálogo, el discernimiento compartido y el entrelazamiento de vocaciones, carismas y ministerios.

El coloquio posterior permitió trasladar estas reflexiones al plano pastoral concreto. Entre las intervenciones surgieron cuestiones relativas a la aplicación del documento final del Sínodo en la vida parroquial, la importancia de los consejos pastorales como espacios reales de discernimiento y participación, la integración de la vida consagrada en la comunión eclesial y la necesidad de un estilo episcopal verdaderamente pastoral y cercano. También se abordó la relevancia de la dimensión cultural y relacional para que la sinodalidad no quede reducida a un mero método, sino que arraigue en la experiencia viva de las comunidades.

Tras el descanso, la jornada continuó con una mesa redonda, presentada por Daniel A. Escobar Portillo, profesor de la Facultad de Teología, quien destacó que toda experiencia de fe está mediada por la Iglesia y que nadie llega a ser cristiano por sí mismo. En un contexto cultural marcado por el individualismo y el subjetivismo, subrayó la necesidad de pensar tanto la celebración de la fe como los procesos de iniciación desde una perspectiva objetiva, eclesial y comunitaria.

La primera intervención de esta segunda parte estuvo a cargo de Rubén Carrasco Rivera, delegado diocesano de Liturgia de Toledo, con la ponencia “El carácter comunitario de las celebraciones litúrgicas”. A partir de un amplio recorrido bíblico, patrístico y teológico, mostró cómo la liturgia manifiesta de modo privilegiado la identidad de la Iglesia como pueblo convocado por Dios y unido a Cristo, su cabeza. Presentó la liturgia como el corazón palpitante de la Iglesia, lugar en el que no solo se expresa la fe, sino que se realiza sacramentalmente la comunión entre Dios y su pueblo. Carrasco explicó que toda celebración litúrgica posee un fuerte carácter comunitario, ya presente en el culto de Israel, en las grandes fiestas del Antiguo Testamento, en la Última Cena y en la vida de las primeras comunidades cristianas. La Eucaristía apareció en su exposición como el vértice de esta realidad: el momento en que la comunidad es edificada como cuerpo de Cristo y adquiere un rostro visible como Iglesia. Recordó asimismo el testimonio de los Padres de la Iglesia y de las primeras fuentes litúrgicas, en las que la iniciación cristiana, la penitencia y la celebración dominical aparecen íntimamente ligadas a la comunidad y al obispo. Conectando esta tradición con el Concilio Vaticano II, insistió en que las acciones litúrgicas no son acciones privadas, sino celebraciones de la Iglesia, sacramento de unidad. En este sentido, defendió una participación de los fieles que sea plena, consciente y fructuosa, no solo exterior sino también interior, y reclamó una formación litúrgica seria y profunda que ayude a superar el individualismo, el subjetivismo y la pérdida del sentido simbólico. Solo desde esta formación, afirmó, las celebraciones podrán engendrar comunidades cristianas vivas, apostólicas, cercanas, corresponsables y abiertas a los pobres, a los enfermos y a los alejados.

En el coloquio posterior se abordaron cuestiones como la relación entre la comunidad cristiana y la ausencia de presbítero en determinados contextos, especialmente en comunidades alejadas, la realidad de los grupos digitales de oración y discernimiento, y la necesidad de una auténtica mistagogía litúrgica que ayude a comprender la actio Christi presente en la celebración. En sus respuestas, Carrasco insistió en la centralidad de la Eucaristía como epicentro de la vida eclesial y en la importancia de educar en el sentido profundo de los signos litúrgicos, evitando banalizaciones o reducciones que empobrezcan la riqueza del misterio celebrado.

La última intervención estuvo a cargo de Raúl Pereda Sancho, profesor de la Facultad de Teología del Norte de España, en Burgos, con la ponencia “Procesos iniciáticos, claves para introducir en la vida de la comunidad cristiana”. Su exposición abordó una cuestión de gran importancia pastoral: la dificultad que tienen hoy muchos procesos de iniciación cristiana para generar verdadera pertenencia eclesial. Partiendo de esta constatación, defendió que la catequesis y la iniciación no pueden reducirse a una simple preparación para recibir unos sacramentos, sino que han de introducir realmente en la experiencia viva de la comunidad cristiana.

Pereda explicó que la iniciación cristiana debe entenderse como un proceso integral y progresivo, en el que se articulan el anuncio de la Palabra, la acogida del Evangelio, la conversión, la profesión de fe y la celebración sacramental del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. En esta línea, subrayó que la finalidad de la catequesis no es solo transmitir contenidos doctrinales, sino ayudar a que la persona llegue gradualmente a sentir, pensar y actuar como Cristo, integrando la fe en su propia vida, en su historia concreta y en su pertenencia eclesial. El profesor burgalés insistió en que la comunidad cristiana constituye el ámbito propio de la vida de fe y que la incorporación a la Iglesia solo se realiza plenamente cuando el catequizando se compromete con la vida y la misión de una comunidad concreta. En este sentido, destacó la necesidad de cuidar especialmente tres elementos en los itinerarios de iniciación: la experiencia de fe, el lenguaje de la fe y la vida de comunidad. Solo desde esta articulación, afirmó, será posible que los procesos de iniciación ayuden de verdad a generar vínculos, arraigo eclesial y maduración creyente. Asimismo, subrayó que la fe personal está llamada a integrarse en la fe de la Iglesia, y que la comunidad no solo acompaña el proceso del catequizando, sino que también se renueva con él. Padres, padrinos, ministros y la propia comunidad aparecen así como sujetos activos del proceso iniciático, llamados a hacer visible que la fe cristiana no se vive en soledad, sino en comunión. En esta línea, destacó también la importancia de la mistagogía y de la vida sacramental continuada para fortalecer la experiencia de comunidad y consolidar la pertenencia eclesial.

En el turno final de preguntas se abordaron cuestiones vinculadas a las nuevas comunidades eclesiales, a los retos de la llamada “sociedad líquida”, a la realidad de la cultura digital y a los modos actuales de generar pertenencia. En sus respuestas, los ponentes insistieron en la necesidad de reconocer los desafíos y oportunidades del tiempo presente, aprovechar los lenguajes y sensibilidades contemporáneos para la evangelización y, al mismo tiempo, no perder de vista que la comunidad cristiana exige encuentro real, formación, acompañamiento y arraigo en una vida compartida que no puede ser sustituida plenamente por lo digital.

La jornada concluyó con unas palabras de agradecimiento y con el anuncio de que tanto la ponencia marco como las otras dos intervenciones serán publicadas más adelante en la revista Teología y Catequesis, como es habitual tras estas jornadas. Con esta sesión de estudio, la UESD volvió a ofrecer un espacio de reflexión académica y pastoral sobre una cuestión central para la vida de la Iglesia: la convicción de que la fe cristiana, desde el Bautismo hasta la liturgia y los procesos de iniciación, se recibe, se celebra y se madura siempre en una comunidad concreta, llamada a ser signo vivo de la presencia de Cristo en medio del mundo.

Luciani participó también por la tarde en una sesión sobre misión, comunión e Iglesia local

La presencia de Rafael Luciani en la UESD continuó por la tarde en una sesión académica organizada conjuntamente por las Obras Misionales Pontificias y el Instituto Superior de Ciencias Religiosas, dedicada a profundizar en la relación entre misión, comunión, Iglesia local e Iglesia entera. La jornada fue presentada por Juan Carlos Carvajal, coordinador de la cátedra de Misionología de la Facultad de Teología, quien situó la reflexión en el marco de la eclesiología del Concilio Vaticano II. En su introducción subrayó que la misión cristiana solo puede comprenderse adecuadamente desde la categoría de comunión, recordando que la Iglesia no es ante todo una organización o una mera estructura jurídica, sino el misterio de la comunión de Dios con la humanidad y de los hombres entre sí.

La conferencia de Luciani llevó por título “Ser pueblo de Dios en la polifonía viva de una Iglesia de Iglesias en el marco de una ulterior recepción del Concilio”. En ella, el teólogo venezolano profundizó en una de las cuestiones centrales del actual proceso sinodal: la comprensión de la Iglesia local como lugar teológico y como punto de partida para pensar el ser y el hacer Iglesia hoy. Luciani explicó que el camino sinodal ha impulsado una nueva maduración de la recepción del Vaticano II, superando lo que definió como “universalismo abstracto” y recuperando la intuición conciliar según la cual “en las Iglesias locales y a partir de ellas existe la Iglesia católica una y única”. En este contexto, subrayó que el Sínodo ha dado un paso decisivo al afirmar que el pueblo de Dios es el sujeto, no una suma de sujetos aislados, sino un “único sujeto comunitario e histórico”. A partir de esta perspectiva, destacó que la experiencia sinodal ha contribuido a perfilar una conciencia más clara de la Iglesia como “pueblo santo de Dios, articulado en la comunión de las Iglesias”, haciendo visible una catolicidad concreta, relacional e intercultural. Esa experiencia, señaló, ha permitido descubrir con mayor nitidez un auténtico “poliedro eclesial”, en el que confluyen culturas, lenguas, sensibilidades y realidades eclesiales diversas, no para diluir la unidad, sino para enriquecerla.

Uno de los ejes principales de su intervención fue la insistencia en que la Iglesia local no puede entenderse como una simple subdivisión organizativa, sino como una realidad completa y concreta, históricamente encarnada, en la que la Iglesia se hace presente con un rostro propio. Por ello, defendió que el punto de partida del proceso sinodal es siempre la Iglesia local, porque es ahí donde el pueblo de Dios vive, escucha, discierne y expresa efectivamente el caminar juntos. Luciani subrayó además que cada Iglesia local está marcada por un contexto social, cultural, geográfico, histórico y religioso concreto, y que precisamente por eso la catolicidad no puede identificarse con la uniformidad. Al contrario, afirmó que la pluralidad de tradiciones teológicas, litúrgicas, espirituales y pastorales manifiesta la riqueza de la Iglesia y la hace más bella. En esta línea, explicó que el propio proceso sinodal ha ido afinando el lenguaje eclesiológico, tendiendo a abandonar expresiones como “Iglesia universal” e “Iglesia particular” para hablar más bien de “ecclesia tota” e “Iglesia local”, subrayando así una visión más orgánica y relacional de la vida eclesial.

Otro de los puntos destacados de su ponencia fue la afirmación de que la Iglesia local no es una burbuja cerrada en sí misma, sino que implica por su propia naturaleza la comunión de las Iglesias. Cada Iglesia local, explicó, conserva su propia configuración sociocultural y, al mismo tiempo, se constituye en el intercambio de dones con las demás. De este modo, la unidad de la Iglesia no se identifica con la uniformidad, sino con la integración orgánica de las legítimas diversidades dentro de la unidad de la fe. Luciani presentó también la idea de ecclesia tota como una figura de Iglesia articulada en distintos niveles: el de las Iglesias locales, el de las agrupaciones regionales o continentales de Iglesias y el de la Iglesia entera, expresada en la comunión de las Iglesias locales entre sí y con la Iglesia de Roma. En este marco, destacó la importancia de estructuras intermedias de comunión, como las conferencias episcopales o las asambleas eclesiales continentales, y puso como ejemplo la experiencia latinoamericana y amazónica, donde han surgido formas nuevas de articulación eclesial al servicio de una Iglesia más sinodal, más inculturada y más misionera.

En el coloquio posterior, el ponente respondió a varias cuestiones sobre la relación entre la identidad cultural de la Iglesia local y la misión, la realidad de la cultura digital y la necesidad de escuchar los cambios antropológicos y eclesiales de nuestro tiempo. En sus respuestas insistió en que “la Iglesia es misionera, no tiene misiones”, subrayando que la misión no es una actividad añadida, sino una nota constitutiva de la Iglesia. En esta misma línea, afirmó que también la sinodalidad es constitutiva, de modo que la Iglesia no solo realiza acciones sinodales, sino que está llamada a ser sinodal en su propia naturaleza. Luciani abordó además la cuestión de la cultura como realidad identitaria e histórica, y explicó que la inculturación exige distinguir entre elementos pasajeros y aquellos que configuran verdaderamente una memoria histórica compartida. En este contexto, aludió también al desafío de la cultura digital, señalando que hoy se generan formas nuevas de identidad y de relación que la Iglesia debe saber comprender e integrar si quiere responder de manera real a la misión en el presente, especialmente en relación con los jóvenes.

La sesión fue clausurada por José María Calderón, director de las Obras Misionales Pontificias de España y de la cátedra de Misionología de la Facultad de Teología, quien recogió una de las ideas centrales de la tarde al subrayar que la Iglesia local es hoy sujeto y responsable de la misión. En sus palabras, la tarea misionera no recae solo sobre individuos o instituciones concretas, sino sobre la Iglesia local entera, con su pastor, su presbiterio, la vida consagrada y los laicos, llamada a vivir la evangelización como una responsabilidad constitutiva y compartida.

Asimismo, con ocasión de su visita a la UESD, Rafael Luciani tuvo la oportunidad de visitar al rector y mantener un encuentro con él, en un clima cordial y de diálogo académico. Durante la reunión pudieron intercambiar impresiones sobre la jornada y sobre la importancia de seguir promoviendo espacios de reflexión y encuentro que contribuyan al desarrollo de la vida académica y al servicio de la misión de la Iglesia. La visita puso de manifiesto también el interés común por fortalecer la colaboración entre profesores e instituciones en el ámbito de la investigación y la docencia.