El Instituto Teológico San Fulgencio acogió el pasado 23-24 de marzo la X Sesión Fulgentina, dentro de una serie dedicada este año al Concilio de Nicea con motivo del 1700 aniversario de la celebración del primer concilio ecuménico.
La jornada comenzó con un gesto de fuerte carga eclesial y simbólica: la proclamación del Símbolo de Nicea por parte de los asistentes puestos en pie. De este modo, la conmemoración del aniversario quedaba situada desde el inicio en el terreno propio de la fe profesada y celebrada. La sesión fue presentada como un momento singular dentro del recorrido académico y formativo del centro, en continuidad con otras iniciativas que a lo largo del curso han querido subrayar la trascendencia de esta efeméride para la vida de la Iglesia.
El conferenciante invitado fue Andrés Sáez Gutiérrez, profesor de la UESD y Vicerrector de investigación. Su intervención, estructurada en dos grandes partes y seguida de un extenso coloquio, abordó tanto la recepción histórica del Concilio de Nicea como el alcance teológico de su formulación dogmática, con especial atención a la relación entre el homoousios y el conjunto del misterio de Cristo.
Un aniversario celebrado desde la fe y no solo desde la historia
Desde el comienzo de su exposición, Sáez señaló que tomaba como punto de partida el documento de la Comisión Teológica Internacional publicado con ocasión del 1700 aniversario del concilio. A su juicio, una de las principales riquezas de este texto es que no se limita a una consideración técnica o aislada del homoousios, sino que sitúa el acontecimiento de Nicea en una perspectiva amplia, relacionándolo con la totalidad de la vida cristiana: la liturgia, la catequesis, la predicación, la espiritualidad, la interpretación de la Escritura, la vida de la Iglesia y la comprensión misma del destino del hombre.
En este sentido, el profesor subrayó que el Concilio de Nicea debe ser comprendido como un verdadero hito en la historia de la Iglesia, no solo por lo que significó en el siglo IV, sino también por la luz que sigue proyectando sobre la confesión actual de la fe. La conmemoración del 1700 aniversario, explicó, no invita simplemente a recordar un episodio pasado, sino a redescubrir el tesoro de la fe expresada en el símbolo y a contemplar, con mirada doxológica, la obra salvadora de Dios manifestada en Jesucristo.
La lenta y compleja recepción del símbolo niceno
Uno de los núcleos fundamentales de la conferencia fue el análisis del proceso de recepción del símbolo niceno. Sáez insistió en que no se puede pensar que la formulación de Nicea adquiriera automáticamente, al día siguiente de su promulgación, la autoridad universal y la normatividad plena que hoy se le reconoce. Por el contrario, explicó que las resoluciones del concilio atravesaron un proceso largo, complejo y conflictivo, que exigió decenios de debate, discernimiento y clarificación eclesial. En términos generales, situó entre 325 y 381 el período en el que el símbolo fue adquiriendo una autoridad universalmente reconocida, aunque señaló también que la recepción del concilio alcanza una forma especialmente significativa en Calcedonia, ya en 451.
Para explicar por qué fue tan trabajosa esta recepción, el ponente identificó varios factores. En primer lugar, la inmadurez del debate teológico y de la terminología disponible en aquel momento, especialmente en torno al problemático término homoousios. En segundo lugar, la situación eclesial previa, marcada por la existencia de diversos símbolos bautismales en las distintas Iglesias y por una práctica sinodal todavía no del todo articulada ni jurídicamente fijada. A ello se sumaban, además, las injerencias del poder político, con emperadores que intervinieron de distinto modo en la controversia, así como las inevitables tensiones ligadas al ejercicio de la autoridad eclesial y a las distintas sensibilidades personales.
Un concilio decisivo, pero no recibido de forma inmediata
En este marco, Sáez recordó que el concilio de Nicea fue, en buena medida, un acuerdo logrado contra la doctrina de Arrio, pero no una solución inmediata y pacífica sobre la interpretación positiva de todas sus fórmulas. En el momento mismo de la firma del símbolo coexistían diversas posiciones teológicas entre los padres conciliares, algunas muy preocupadas por preservar la distinción entre Padre e Hijo y otras inclinadas a proteger la unidad divina frente a cualquier lectura que pudiera parecer dualista o subordinacionista. Esto explica que, en las décadas posteriores, la controversia siguiera abierta y que el propio símbolo niceno fuera leído, discutido y recibido en contextos muy distintos.
A lo largo de su intervención, el profesor describió cómo durante el siglo IV surgieron numerosos símbolos y fórmulas de fe que, en determinados casos, pretendían sustituir, matizar o reinterpretar el de Nicea. Lejos de identificar sin más estas formulaciones como heréticas, explicó que muchas de ellas expresaban la fe de manera aceptable, pero dejaban mayor margen para lecturas ambiguas o interpretaciones filoarrianas. Por eso, uno de los problemas más delicados del período fue precisamente el de las zonas grises doctrinales: expresiones que no negaban abiertamente la fe de Nicea, pero que tampoco la protegían con la claridad suficiente frente a una comprensión subordinacionista del Hijo.
De Sárdica a Constantinopla: el camino hacia una recepción madura
Sáez se detuvo especialmente en algunos hitos de este itinerario, como el sínodo de Sárdica de 343, donde quedó patente que también en Occidente el símbolo de Nicea era ya reconocido como normativo, aunque pudiera ir acompañado de textos suplementarios que lo comentaran sin pretender sustituirlo. Del mismo modo, evocó las tensiones suscitadas por formulaciones posteriores, entre ellas la célebre fórmula de Sirmio de 357, que radicalizó la crisis hasta el punto de favorecer una clarificación más nítida entre las posiciones verdaderamente incompatibles.
En ese contexto, cobró especial relieve el papel de figuras como Atanasio, Hilario y Basilio, que contribuyeron decisivamente a la maduración doctrinal posterior. Según explicó el profesor Sáez, uno de los pasos más importantes de ese proceso fue el descubrimiento progresivo de que determinadas corrientes que inicialmente parecían enfrentadas estaban, en realidad, intentando confesar la misma fe con terminologías distintas. De ese modo fue posible la convergencia entre quienes afirmaban desde el principio el carácter imprescindible del homoousios y quienes, por prevención frente al monarquianismo, habían preferido otros modos de expresión. Esa confluencia teológica y eclesial preparó el camino hacia la recepción madura que cristalizaría en Constantinopla y sería después confirmada y asumida en la tradición posterior.
En esta misma línea, el ponente explicó también por qué el Credo niceno-constantinopolitano que hoy se reza en la liturgia recibe ese nombre. El texto actualmente presente en el Misal Romano, recordó, corresponde sustancialmente a la forma vinculada a Constantinopla, pero se denomina “niceno” porque es entendido como interpretación fiel y desarrollo autorizado de lo iniciado en Nicea. No hay ruptura entre ambos, sino continuidad y recepción viva: Nicea conserva la primacía, pero Constantinopla forma parte de la misma tradición normativa de la fe.
El homoousios no agota todo el misterio de Cristo
Si la primera parte de la conferencia tuvo un carácter más histórico-teológico, la segunda se orientó hacia una cuestión más directamente dogmática: la relación entre el homoousios y el conjunto de la cristología. En este punto, Sáez formuló una de las ideas centrales de toda la jornada: sería un error reducir la cristología a Nicea, del mismo modo que también lo sería reducirla a Calcedonia o a cualquier otra formulación dogmática. Los dogmas, recordó, no pretenden expresarlo todo, sino responder a problemas concretos surgidos en la historia para custodiar la verdad de la fe.
Por eso, aunque la afirmación de que el Hijo es consustancial al Padre resulta absolutamente imprescindible, no basta por sí sola para agotar la riqueza del misterio de Cristo. A juicio del ponente, una recepción reduccionista de Nicea sería aquella que se centrara exclusivamente en la divinidad eterna del Hijo, dejando en segundo plano otras dimensiones igualmente necesarias para la salvación: la encarnación real, la verdadera humanidad de Cristo, su obediencia histórica, su unción en el Espíritu, su pasión, su muerte, su resurrección y su glorificación.
Cristo encarnado, ungido y glorificado
Con notable insistencia, Sáez defendió que la fe cristiana exige contemplar a Jesucristo en toda la amplitud de su misterio: como Hijo eterno del Padre, como Verbo hecho carne y como Verbo encarnado, ungido y glorificado. Solo en esta articulación completa se comprende verdaderamente la salvación cristiana. El hombre, afirmó, no puede ser salvado de manera abstracta por el Hijo eterno considerado al margen de la economía de la salvación; necesita ser salvado por el Hijo de Dios encarnado y glorificado, cuya humanidad real y transfigurada comunica la vida divina “de carne a carne” y por el don del Espíritu que mana de Cristo glorioso.
En este punto, el profesor recurrió a san Ireneo de Lyon para condensar esta visión con una formulación particularmente expresiva: Jesucristo es “Salvador, salvación y salud”. Esa expresión, explicó, permite reconocer que Cristo salva precisamente porque es personalmente el Hijo y el Verbo de Dios; que es salvación porque ha asumido la carne humana; y que es salud porque esa carne, ungida y glorificada, se convierte en fuente del Espíritu y en principio de vida nueva para el hombre. Desde aquí se ilumina no solo la cristología, sino también la eucaristía, la sacramentalidad de la Iglesia, la mariología, la eclesiología y la escatología.
Una lectura apoyada en los textos apostólicos
El profesor Sáez insistió asimismo en que esta comprensión no constituye una elaboración tardía o una sofisticación posterior, sino que está ya presente en los textos apostólicos. Al comentar pasajes de la carta a los Hebreos y de san Pablo, mostró cómo la Escritura articula de múltiples modos la condición divina del Hijo, su nacimiento en la carne y su exaltación gloriosa. De hecho, subrayó que muchos de estos textos parten de la experiencia originaria de la Iglesia: el reconocimiento de que el Crucificado ha resucitado, y de que precisamente en el Resucitado se revela la identidad plena del Hijo eterno de Dios.
En este sentido, explicó que la llamada “cristología ascendente” no debe ser identificada sin más con el adopcionismo herético. Lo decisivo es mantener articuladas todas las dimensiones del misterio. El mismo Nuevo Testamento, afirmó, contiene expresiones que insisten en la preexistencia del Hijo y otras que subrayan su obediencia, su misión, su glorificación y su entronización. Quitar cualquiera de estos elementos empobrece la fe y oscurece la comprensión de la salvación.
La relación con la teología prenicena
En el coloquio final, surgieron también preguntas de gran interés sobre la relación entre Nicea y la cristología prenicena, especialmente en autores como Justino e Ireneo. Sáez explicó que ciertas expresiones de subordinación presentes en estos escritores deben entenderse dentro de una subordinación económica o de orden salvífico, no como subordinación ontológica. La Escritura misma, recordó, habla del Padre que envía y del Hijo que es enviado, del Padre como mayor en el marco de la historia de la salvación y de la obediencia filial de Cristo. Lo decisivo es que, en los autores prenicenos eclesiásticos, no se rompe la unidad y distinción en Dios ni se sitúa al Hijo fuera del ámbito divino. Ahí radica precisamente la diferencia decisiva con Arrio.
Consecuencias para la antropología, la Iglesia y la vida cristiana
También en la parte final del encuentro apareció con fuerza la dimensión antropológica y soteriológica de la reflexión. Si Cristo glorificado ve al Padre con ojos humanos, entonces la vocación del hombre se comprende desde una perspectiva inmensamente más alta: la de la filiación divina y la conformación con Cristo. El ser humano, llamado desde la creación a la comunión con Dios, encuentra su verdad última en la participación en la vida del Hijo. La historia de la salvación, señaló el ponente, comienza con la creación misma, en cuanto llamada a la divinización y a la comunión plena con Dios.
En el tramo conclusivo del coloquio, surgieron además consideraciones sobre la mariología, especialmente en torno a la mediación de María y su relación única con la obra salvadora de Cristo. Sáez propuso situar la clave de esta cuestión en el misterio de la Asunción de la Virgen, contemplada como criatura asociada de modo singular a Cristo glorificado. Desde ahí explicó la peculiaridad de su intercesión y el lugar eminente de María en la vida de la Iglesia, siempre en referencia a la primacía absoluta de Cristo como único mediador.
Una sesión para pensar la fe desde la tradición viva de la Iglesia
La sesión concluyó con un renovado agradecimiento al ponente por una intervención que, según se puso de relieve al término del acto, había sabido conjugar el rigor histórico, la profundidad teológica y la capacidad de mostrar las consecuencias espirituales, litúrgicas y antropológicas de la fe nicena. Con ello, la X Sesión Fulgentina ofreció una aportación especialmente valiosa a la conmemoración del 1700 aniversario del Concilio de Nicea, ayudando a comprender que la memoria de los grandes concilios no pertenece solo al pasado, sino que sigue siendo una fuente viva para la inteligencia de la fe y para la misión presente de la Iglesia.