Carolina Blázquez: «¿Qué hay de bueno en lo que estamos viviendo con motivo de la crisis del COVID-19?»

El despertar a la vida resucitada

La pregunta que me formularon desde la Universidad San Dámaso para afrontar esta reflexión personal, a propósito de la crisis sanitaria que nos golpea, fue la siguiente: ¿Qué hay de bueno en todo lo que estamos viviendo con motivo de la crisis del covid-19? El planteamiento era ya de por sí estupendo porque me obligaba a mirar más allá del mal, y esta mirada “más allá” de lo inmediato, hacia un horizonte de sentido es la propiamente humana y cristiana.

Mi gran crisis personal en la fe la sufrí al despertar mi conciencia al misterio del sufrimiento. No tanto desde un plano personal, es decir, no porque yo hubiera padecido un gran dolor sino ante la conciencia cotidiana de que el mal azota y golpea a los hombres. Me horrorizaba y paralizaba ese mal que no tiene explicación, que viene dado con el paquete de la existencia. A veces es injusto, y otras muchas es natural, propio de nuestra condición, pero siempre incómodo y cruel: el hambre, la pobreza, la discapacidad, el desamor, la injusticia, las catástrofes, la enfermedad, la ignorancia, el sinsentido, la pérdida, la muerte… Este peso puede llegar a ser una losa insoportable y convertirse en un verdadero tormento que impida afrontar la vida cotidiana, su sencillez y belleza… juzgado todo esto como un alivio o despreocupación, que algunos podemos permitirnos, en la distancia inmerecida respecto al ahogo recurrente de los oprimidos. Solo una gracia de resurrección ensancha la estrechez de este camino de purificación en la fe. Hay que recorrer un largo camino de Emaús para despertar a la resurrección que abre un horizonte de esperanza en el vacío de la vida. El Amor vivo de Cristo es más profundo, más fuerte, más consistente que todos los mordiscos que hacen mella a la existencia, hasta el punto de transfigurar cada herida de este mundo haciéndola rendija misteriosa desde donde se cuela la Luz de Dios. Jesucristo sostiene el universo y sostiene cada pequeña historia, con sus desgarros, haciéndose verdadera respuesta a todo dolor por su condescendencia, por su compasión, por su Amor más fuerte que la muerte. Sus llagas resucitadas —las que lleva aún consigo y para siempre— son la memoria viva del dolor de cada hombre y también son el signo de Su compañía salvadora que ha cargado sobre sí todo lo humano, lo ha hecho suyo, lo ha amado, para que ya nada nos pudiera separar del Amor de Dios.

En el encuentro con Cristo Resucitado se amplían las dimensiones de lo real, introduciendo toda vida y toda historia, con su peso y su sufrimiento, con su alegría y posibilidad, en el Río de la Vida, donde nada queda perdido, nada es absurdo, nada es banal. La eterna pregunta que conduce al hombre hacia la desesperanza —¿por qué el mal?— se puede transformar, porque más resistente que la muerte es la Vida del Resucitado y la fuerza que rige este mundo no es el dolor, sino la fuerza del amor.

Tanto bien

Poco a poco, se presenta más consistente la pregunta por el bien que la pregunta por el mal. ¿Por qué tanto bien? ¿Por qué esta profusión de variedad, de formas, de orden, de sentido en el cosmos? ¿Por qué esta red de relaciones e interacciones entre los seres que permite la aparición de la vida y su complejidad? ¿Por qué el misterio del rostro único, sacramento del tú inviolable que es cada ser humano? ¿Por qué hemos sido llamados a la vida, esta humilde pero dichosa participación en el torrente del Ser y la Presencia que es estar, ahora, aquí, ¡poder existir!? Y más aún, ¿por Quién, de Quién, a Quién apunta esta maravilla del ser, invitada a la fiesta de la existencia que recibo, de la que he sido agraciada, sin mérito ni motivo alguno? La vida es milagro, vivir es bendición y bien abundante. Vivir es gracia.

Y porque la vida nos antecede y es el don primero, ella tendrá también la última palabra de sentido último sobre nuestro frágil, pero más aún, sagrado paso por este mundo. La vida es precedente y resistente, su permanencia se manifiesta en el amor que se defiende de la muerte y sus anticipos, de esto hemos sido testigos estos días con gran vehemencia. El amor verdadero, que es siempre más fuerte que la muerte, es anticipo, en esta vida, de la victoria del Resucitado.

La crisis del Covid 19 ha sido un mazazo de muerte en medio de la seguridad cotidiana del bienestar en la que estamos apoltronados. De repente la presencia de la muerte ha tomado una centralidad inesperada en nuestro escenario, las dentelladas de sinsentido han sido profundas, hasta arrancar la carne, y nos han despertado de la modorra del aburguesamiento que había adormecido la pasión por vivir. Pero, en estos días de tanto dolor y pérdida, las ascuas de la Resurrección han hecho sobreabundar la gracia y el bien, el sentido de vivir gracias al amor. Me ha admirado y sorprendido hasta las lágrimas la catarata de gestos de vida y amor que todo esto ha despertado en el mundo, entre nosotros. Tendremos que contarnos cuando termine el confinamiento las mil historias de cariño, de generosidad, de amor fiel, de cuidado, de solidaridad, de responsabilidad, de maternidad, de compañerismo, de interés por los otros, de genialidad creativa, de altruismo, de custodia, de superación, de amistad, de protección, de entrega, de disponibilidad, de ternura, de compromiso, de fraternidad… que han mantenido vivo el Fuego de la esperanza.

Esta es la grandeza de lo humano, que hay en nosotros un principio de vida que se transforma en una fortaleza para afrontar cada tragedia y dolor dándole un sentido por el amor.

Signos de esperanza

Hay un escrito de André Maurois que ilustra esta potencia de esperanza que identifica al ser humano. Dos extraterrestres, un viejo astrónomo y su discípulo, miran detenidamente con su telescopio, desde otro planeta muy lejano, nuestro mundo, la tierra y están admirados, son las vísperas de Navidad:

EL DISCÍPULO
¡Qué espectáculo, maestro! Veo un vasto hormiguero. Le cubre una niebla gris, y bajo esta niebla veo hombres y mujeres andando alegremente. Todos llevan paquetes sujetos con cintas de colores. Algunos estrechan entre sus brazos un árbol salpicado de luces. Las madres alzan en brazos a sus hijos y les enseñan los juegos que se encuentran en interior de unas especies de jaulas de cristal. ¡Qué agitación! ¡Cuánta esperanza y, al parecer, cuánto amor!

EL VIEJO ASTRÓNOMO
Me es muy simpática esa raza. Es valiente. La observo desde hace quince mil años. Trata de establecer una felicidad estable. Cada vez que el edificio parece acabado, se derrumba y entierra a millones de seres. Pero siempre, sin perder valor —es de efímeros—, recomienzan sus minúsculos esfuerzos.
(…)

EL DISCÍPULO
Pero, ¿cómo pueden mezclar de ese modo las felicitaciones con las quejas?

EL VIEJO ASTRÓNOMO
¿No tienen razón? ¿No sabes tú mismo que este hemisferio, oculto en este momento por las brumas y las nieves, dentro de tres o cuatro meses se cubrirá de flores primaverales? Entonces el árbol negro y retorcido será como un macizo rosa y blanco, verdes céspedes surgirán de la tierra desnuda y el orden del desorden. Así va el mundo…

EL DISCÍPULO
Mundo extraño y duro.

EL VIEJO ASTRÓNOMO
Pero no exento de Belleza…

La singularidad de lo humano está en este ponerse en pie. El hombre es el animal que se ha alzado, se ha levantado sobre sí y sobre la realidad, y esta es su condición e identidad singular: una capacidad de trascendencia que está vinculada al principio esperanza, es decir, la posibilidad de afrontar el reto del presente, atraído por un horizonte de futuro.

Percibo algunos afrontamientos que hemos tenido que hacer ante el presente de la crisis sanitaria del covid 19 que perfilan una esperanza para el mañana, unos objetivos hacia los que encaminarnos en esta “nueva normalidad” que se plantea como perspectiva de futuro y si la denominamos “nueva normalidad” implica comprometernos en asumir alguna novedad, algún cambio —más allá de llevar mascarillas en las ciudades— alguna verdadera transformación a nivel social, político, educativo, cultural, antropológico, teológico… Voy a apuntar algunas propuestas o pistas concretas.

Creatividad. Todo sobrevino de forma inesperada y esto ha provocado un dinamismo de creatividad, innovación y apertura a nuevas formas de comunicación y relación entre nosotros asombrosas. El recurso a los medios de comunicación digital para acompañarnos y arropar la dureza de la soledad y superar, de algún modo, el aislamiento a nivel social, educativo, sanitario, eclesial, familiar… así como el derroche de iniciativas vecinales, populares, incluso universales —como el aplauso diario de gratitud— muestran una preocupación y cuidado de unos por otros en una creatividad del amor y la custodia que tendremos que prolongar en el tiempo. Es un rasgo de la globalidad en la que nos encontramos, pues todos estos medios de interacción vía digital ya existían, pero han sido realmente asumidos de forma masiva ahora para superar esta crisis, que ha puesto en evidencia, por otro lado, lagunas sociales, educativas, familiares que existían ya antes.
El esfuerzo de todos, también de nuestra Universidad San Dámaso por responder al presente, creando nuevas vías de relación y formación, abre una perspectiva para el futuro que necesitará discernimiento. Discernimiento para servirnos de estas vías de apoyo virtual en lo que puedan mejorar la calidad educativa, pero también creatividad inteligente y profesional para recuperar la enseñanza presencial mostrando la belleza del encuentro, lo insuperable de la interacción y el diálogo, rostro a rostro, en la búsqueda de la verdad, la necesidad de una presencia física para una enseñanza integral…

Compasión. La belleza de la compasión ha brillado en estos días como un signo de esperanza. La heroicidad de los que han puesto su vida en riesgo para cuidar de los otros ha sido admirable. Algunos lo han hecho por vocación, con un sentido fuerte de la responsabilidad adquirida en su decisión vital de médicos, militares, farmacéuticos, trabajadores sociales, cuidadores… Otros lo han hecho en lo inesperado de una situación donde han elegido el bien del otro por encima del propio bien, me refiero sobre todo a aquellos que han cedido sus propios respiradores en favor de otra persona más joven, a los médicos o estudiantes aún de medicina que se han ofrecido voluntariamente para cuidar a los enfermos de covid 19, a los cuidadores de residencias que han preferido quedarse confinados con los ancianos antes que dejarles solos para darles seguridad y protección, a las familias que han asumido a un “abuelo” enfermo en casa para que, si llegara el caso, muriera con ellos, a las casas religiosas que han acogido a algún indigente durante el confinamiento para que no quedara a la intemperie… ¡cuántos gestos de compasión, que son signos de resurrección! El amor vence a la muerte ya de algún modo como signo de esperanza de que la vida tendrá la última palabra en este mundo. Vivir desde la compasión implica ponerse al lado de los desfavorecidos, cuidar al débil, aceptar que la misión de los fuertes de este mundo es custodiar la fragilidad, hacerla crecer, darle una posibilidad. Esto es un revulsivo frente a los planteamientos de poder y autosuficiencia en los que nos movemos generalmente, pero la crisis del covid 19 nos ha impulsado hacia un cambio de paradigma que puede iluminar una nueva posición ante lo humano desde una óptica de compasión, de maternidad, en definitiva, que esclarezca desafíos de nuestra sociedad actual, tan deshumanizada.

El valor de la ancianidad. Los ancianos han sido los más vulnerables y esta crisis nos ha mostrado la cruda realidad de sus existencias silenciosas y olvidadas. Los ancianos han dejado de ser personas anónimas, con muchos años, torpes, que hacen poco y esperan la muerte… Los ancianos han pasado a tener nombres y algunos de sus rostros han ocupado diariamente la portada de los periódicos. Estos días eran mi padre y mi madre, mi abuelo y mi abuela, mi tío y mi tía, mi vecino, mi antiguo médico o profesor… Los ancianos han sido rescatados de su vulnerabilidad por el amor, porque otros han levantado la voz por ellos. De nuevo, el amor es lo que resiste a las fuerzas letales y lo que defiende la vida, sea al precio que sea. Los ancianos tienen derechos, son importantes, son valiosos para nuestras estructuras familiares, sociales, culturales… En ellos está el espesor de lo humano, ellos son la tercera belleza, aquella pacificada, cuando el pecado y el dolor han sido colmados de misericordia, la belleza inocente de los niños, cuya luminosidad transfigurada se deja ver por las cicatrices que ha dejado en ellos toda una vida. ¿Qué pasará ahora con la ley a favor de la eutanasia? Lo que hemos vivido, ¿podrá despertar en las conciencias el valor y la dignidad de la ancianidad, de los enfermos, de la vida de todo ser humano?

El cielo. El hecho de estar amenazados y el pensamiento de que se podía poner fin a nuestros días de forma repentina nos ha visitado a todos. Esto ha supuesto en la vida de muchos enfermos, también aquellos que han logrado finalmente recuperarse y nos lo cuentan, un momento clave de fe y confianza en Dios. La certeza de que la vida de los renacidos en Cristo no termina aquí, sino que se inicia para alcanzar una plenitud, más allá de la muerte, en el Paraíso debe ser anunciada entre nosotros, debemos recordárnoslo, para poder desear la Vida abundante y eterna que Jesucristo nos promete y que nos permite vivir la muerte sin desesperanza. Me ha conmovido profundamente leer el testimonio de cómo algunos sacerdotes italianos se despedían del personal sanitario, cuando ya intuían la muerte, con serenidad y gratitud por sus cuidados y les decían a todos: “¡Hasta el cielo!”. Cuando el confinamiento termine tendremos que acompañar muchos procesos de duelo y de pérdida y será una oportunidad para anunciar de nuevo la esperanza del cielo y ahondar en la dimensión escatológica de nuestra fe.

Veo estos símbolos de esperanza ante nosotros como gracia y tarea a propósito de la crisis del covid 19. Son retos también para nuestra universidad que, a través, de la experiencia creyente de los que participamos de la vida de la universidad, la reflexión teológica y filosófica, la fraternidad cristiana y el acompañamiento entre nosotros, profesorado, personal administrativo y alumnos, podremos cultivar para hacer de este momento un kairos, un tiempo verdaderamente pascual, en el que Dios pasa dejando signos de su Vida Resucitada, prendas de la vida del cielo, esperanza para los hombres de nuestro mundo.

Carolina Blázquez Casado
Profesora de la Facultad de Teología de la UESD