Artículo del Rector de la UESD en La Tercera de ABC titulado «¿Por qué esperamos?»

«¿Acaso alguien nos ha prometido algo? Y, entonces, ¿por qué esperamos?». La pregunta de Cesare Pavese resuena en lo más hondo. Mientras disertamos con vecinos y colegas sobre la duración de la pandemia rebrotan las esperanzas, nimias o desmesuradas. Pavese nos vuelve a susurrar al oído: ¿por qué esperas?

Es difícil negarlo: concebimos esperanzas de todo tipo. Nos gustaría abrazar a nuestros familiares y amigos en Navidad. Querríamos trabajar con seguridad. Esperamos que las vacunas se perfeccionen cuanto antes y sean eficaces. Aspiramos a que las medidas políticas faciliten la salida de la crisis económica y social en la que hemos entrado. Confiamos en recuperar lo bueno del contacto “presencial” que echamos en falta, y a la vez conservar lo mejor de la tecnología “virtual” que se ha impuesto de golpe. No queremos que enfermen los seres queridos, ni perder para siempre a los que han fallecido.

Quien más quien menos, no se conforma con estar en casa como en un andén a ninguna parte. Proyectamos una vida futura que sea, de algún modo, mejor. Aunque la situación sanitaria pudiera empeorar todavía más, lo que de verdad esperamos es que en el porvenir algo cambie para bien. Si no es para nosotros, al menos para nuestros mayores o para nuestros hijos, que son «la esperanza de los pueblos» (Francisco, Evangelii gaudium 108). Por ellos espera hasta el más apático.

Al hurgar en lo que esperamos, reaparece la provocación del escritor italiano: «¿es que alguien nos ha prometido algo?». Quizá la vida misma sea esa promesa que permite esperar un bien mayor. Por eso se convierte en bendición. Así lo canta José Mateos: «No insistas, corazón, inútilmente: nunca maldeciré la vida». ¡Qué ganas de vivir florecen cuando nos vemos puestos a prueba! ¿Será cierto que la vida encierra una promesa inquebrantable? Eloy Sánchez Rosillo ilumina la promesa que sostiene cada instante: «… un quebradizo trozo de presente, con tanta eternidad como la vida». Sí; en el presente efímero disfrutamos de un anticipo de eternidad.

Sin embargo, el sufrimiento nos hace tanto daño que ensombrece el presente y nubla la esperanza. El mal parece dar la razón al escepticismo. El séquito de tristeza, desamparo y soledad que acompaña a la muerte ha disuelto muchas esperanzas penúltimas. A veces nos asalta la tentación de abandonarnos a la resignación, o a un aislamiento en nosotros mismos, con tal de dejar de sufrir. Se puede claudicar ante la muerte, como acabamos de ver en el Congreso. Nadie acepta grandes sacrificios en el presente si no aspira a una meta que los valga. No basta cualquier esperanza: «¿de qué género ha de ser la esperanza para justificar la afirmación de que, a partir de ella, y simplemente porque hay esperanza, somos redimidos por ella?» (Benedicto XVI, Spe Salvi 1). El tiempo de pandemia ayuda a comprobar si lo que esperamos está a la altura de nuestras expectativas últimas, si aguanta el embate del mal y sostiene el amor a la vida.

Para esperar a prueba de escepticismo necesitamos un punto de partida y un destino lo suficientemente sólidos. Mateos y Sánchez Rosillo nos educan para escuchar cómo los minutos humildes de la vida diaria entonan lo eterno. Siempre se lo agradeceremos. Etty Hillesum nos acompaña más allá y nos deja en silencio. Incluso camino de Auschwitz esta joven estudiante judía proclamó que la vida en el mundo es un gran don: «Puedo dar testimonio de aquello de lo que hay que dar testimonio, Dios: de que es bueno y bonito vivir en tu mundo, a pesar de lo que el ser humano se hace el uno al otro». ¡Cuánto necesitamos estos testimonios en tiempos de incertidumbre!

La promesa inscrita en la vida es como una profecía del encuentro con la salvación hecha carne, con Aquel que es la Vida en persona. En la relación cercana con los testigos de la Vida el instante frágil recupera su consistencia. Siempre he deseado pronunciar con su mismo convencimiento unas palabras cargadas de esperanza que Luigi Giussani dirigió a cientos de universitarios: «Me gusta existir, quiero ser. Me gusta lo que puedo proyectar con mi ser, lo que puedo crear y generar con mi ser. Me gusta el asombro, la pureza inmediata que nace cuando se mira verdaderamente con amor a otro ser. Por eso, le pido a esa “fuente” de la que estoy manando: ¡hazme existir, hazme existir de un modo mejor, hazme ser!». Del asombro ante la vida nace una petición dirigida a alguien: amo la vida y suplico a la “fuente” de la que brota que me haga vivir del mejor modo posible.

Brilla una afinidad inesperada entre cada momento pasajero de la existencia y el anhelo íntimo de alcanzar aquella hermosura «antigua y nueva» agustiniana. Así empezamos a gozar de la eternidad, por muy misterioso que nos resulte explicarlo. Sería algo como «el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad» (Spe Salvi 12). Cuando descubrimos esa dicha plena, en nosotros o en otros, es posible descansar de veras, encontrar energía para resistir, sostener el sufrimiento propio y ajeno, construir el presente y el futuro dignificando nuestras aspiraciones sociales, económicas y políticas. Nos lo enseña de maravilla Charles Péguy. El poeta de Orleans se había curtido en numerosas batallas durante su ajetreada vida pública. Quizá por eso, acertó de lleno con la clave de la esperanza: «Para esperar hace falta ser feliz de verdad, hace falta haber recibido una gran gracia». Quien acoge la vida como un don inmerecido, tanto que casi parece injusto, puede esperar de tal manera que ya experimenta la redención. Sabe entonces no solo por qué espera, sino que conoce y ama al que espera: «¡Ven, Señor Jesús!» es la palabra definitiva de la Biblia. Al Niño que nace en Belén, al que adoran María y José, le pedimos más que nunca que venga a nuestras vidas.

Javier Mª Prades López
Rector de la Universidad San Dámaso

Texto publicado originalmente en ABC