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La profesora de la UESD, Carolina Blázquez Casado, ha publicado en L’Osservatore Romano un artículo con motivo del Miércoles de Ceniza, en el que propone una meditación sobre el misterio de la muerte, la fragilidad humana y la promesa de vida eterna que inaugura el tiempo de Cuaresma.

En su reflexión, la profesora parte de un episodio histórico de gran fuerza simbólica. En 1539, el entonces duque de Gandía, Francisco de Borja —quien llegaría a ser el tercer Prepósito General de la Compañía de Jesús y sería canonizado como san Francisco de Borja— abrió el féretro de la emperatriz Isabel de Portugal, cuyo cuerpo había acompañado desde Toledo hasta Granada. El impacto de contemplar cómo la muerte había borrado la belleza y el esplendor de la corte fue tan profundo que, según la tradición, tomó la decisión de no servir jamás a señores que pudieran morir. La experiencia de la caducidad de la vida se convirtió así en punto de inflexión y llamada a una entrega más radical.

A partir de este episodio, Blázquez enlaza con la intuición literaria y existencial de Francisco de Quevedo en su célebre soneto Amor constante, más allá de la muerte. El poeta barroco, marcado por dificultades físicas y personales, fue capaz de expresar con extraordinaria hondura la convicción de que el amor verdadero trasciende incluso la muerte. “Polvo serán, mas polvo enamorado”, escribe Quevedo, sintetizando en un verso la paradoja cristiana: el ser humano está destinado a la descomposición, pero el amor —cuando es auténtico— participa ya de la eternidad. Para la autora, este verso encierra una anticipación poética de la esperanza cristiana en la resurrección.

El artículo aborda también el significado litúrgico de la imposición de la ceniza, gesto que abre el camino cuaresmal. Aunque en los últimos años se haya sustituido en muchos lugares la tradicional fórmula del memento mori (“Polvo eres y en polvo te convertirás”) por la exhortación evangélica “Conviértete y cree en el Evangelio”, el símbolo permanece inalterado en su profundidad. La ceniza recuerda el límite constitutivo de la condición humana, la fragilidad que atraviesa toda existencia y la evidencia de que la vida no se sostiene por sí misma. Sin embargo, lejos de ser un gesto destinado a infundir temor, la imposición de la ceniza es presentada como un acto de pertenencia: al trazar la cruz sobre la frente del fiel, Dios mismo lo reclama para sí.

En una cultura que a menudo oculta la muerte o la reduce a un hecho meramente biológico, la imagen contemporánea de una pequeña urna de cenizas puede suscitar una pregunta inquietante: ¿es posible que todo quede reducido a tan poco? Frente a esta experiencia de desproporción entre el amor vivido y la aparente insignificancia del final, la fe cristiana responde con una esperanza que no niega el realismo del polvo, pero lo atraviesa con la promesa de sentido. Somos polvo —recuerda la autora—, pero “polvo de estrellas”; criaturas finitas en las que habita, sin embargo, una semilla de eternidad.

La ceniza que procede del fuego pascual, signo de la noche bautismal y de la victoria de Cristo sobre la muerte, no es una amenaza, sino anuncio. Remite al Dios creador que modeló al hombre con el polvo del paraíso y le insufló su aliento de vida. Así, la marca de la cruz no señala un destino de aniquilación, sino una vocación de comunión. Incluso atravesando la muerte, el amor derramado por Dios en el corazón humano permanece más profundo que cualquier límite.

Con esta reflexión, la profesora Carolina Blázquez ofrece una lectura del Miércoles de Ceniza que conjuga realismo y esperanza, memoria de la fragilidad y promesa de resurrección. En palabras que evocan la tradición literaria y espiritual de Occidente, la certeza última no es la disolución, sino el sentido: “Serán ceniza, pero tendrá sentido; serán polvo, pero polvo enamorado”.