El profesor de Filosofía de la UESD, David Torrijos, ha publicado hoy en Alfa y Omega un artículo en el que analiza el trasfondo cultural de Halloween y lo contrasta con el sentido cristiano de las fiestas de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos. Su reflexión propone una mirada crítica al individualismo contemporáneo y una invitación a recuperar la memoria, el arraigo y la esperanza.
En su texto, Torrijos parte de una observación social que considera evidente: el avance imparable del individualismo. “A nadie se le oculta que el individualismo ha avanzado entre nosotros a pasos agigantados”, afirma. Cada vez vivimos más aislados, concentrados en grandes ciudades donde “ya ni siquiera conocemos los nombres de nuestros vecinos”. A su juicio, la vida moderna nos despoja de las raíces y de la corresponsabilidad: “Desposeídos de la tierra y de las empresas en que estamos empleados como meros asalariados, no se nos invita a ser corresponsables; a lo más se nos empuja a competir para destacar más que otros”.
En este contexto —señala el profesor—, Halloween encaja perfectamente. Es una manifestación cultural que “entronca bien con la dinámica frívola y retozona de nuestra época”. Quien no tiene nada que celebrar, dice Torrijos, “acoge bien cualquier disipación”. De este modo, la fiesta se convierte en un “pretexto más para organizar juergas y obtener alguna satisfacción”, una oportunidad para alimentar el consumismo y reforzar el encerramiento en uno mismo. “Si lo que se persigue en una fiesta es tan sólo distraerse, ahuyentar el tedio cotidiano, entonces esa fiesta sólo contribuye a consolidar la soledad del individuo”, escribe.
Frente a esta tendencia, el autor propone recuperar el sentido tradicional de las fiestas de Todos los Santos y de los Fieles Difuntos, que nos invitan a mirar la muerte de frente, sin frivolidad ni evasión. “En el momento de hacer memoria de la muerte, organizamos, en cambio, un baile de disfraces”, lamenta. Y añade con ironía y tristeza: “Nos engañamos creyendo que cabe reírse de la muerte sin que la vida quede malparada”.
Para Torrijos, la tradición cristiana ofrece una respuesta radicalmente distinta: visitar los cementerios, rezar por los difuntos, recordar a los antepasados. “Nuestra manera tradicional de celebrar el comienzo de noviembre nos encamina hasta la tierra donde descansan nuestros antepasados”, explica. Es un gesto que “nos obliga a reconocernos parte de una comunidad, no individuos aislados”. En el cementerio —afirma— el creyente se enfrenta a la verdad de su origen y de su destino: “El universo no ha comenzado con nosotros, sino que procedemos de una familia, de un pueblo”.
Esa memoria nos sitúa ante la responsabilidad de continuar una historia que no empezó con nosotros y que tampoco terminará con nuestra vida. “Llegamos a este mundo en deuda con nuestros antecesores”, escribe Torrijos. “Han sido personas que, en lugar de pensar exclusivamente en ellos mismos, se han desgastado para que estemos donde nos encontramos”. Por eso, visitar los cementerios “no nos distrae, nos centra. Nos pone frente a nuestra responsabilidad ante el pasado y ante el futuro”.
El artículo concluye con una reflexión de esperanza cristiana. Para quien cree, la muerte no es un motivo de miedo o resignación, sino de confianza. “Es comprensible que busque distraerse quien no conoce la esperanza”, reconoce. Pero el cristiano contempla la muerte a la luz de la cruz: “Nos llenamos de esperanza ante el signo triunfador de la Cruz, que corona los sepulcros, de los cuales la vida brotará a raudales”.
Con esta mirada, David Torrijos invita a transformar estas fiestas en una oportunidad para reencontrar el sentido profundo de la vida, la gratitud hacia quienes nos precedieron y la esperanza en la resurrección.
