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Si por la misión evangelizadora, la Iglesia sirve a la Revelación que Dios ha hecho de sí mismo en su Hijo Jesucristo (cf. DV 2); por esa misma misión también sirve a la fe en Cristo: la única puerta de acceso que el hombre tiene al Misterio de Dios Amor y la única respuesta que corresponde a la gracia recibida (cf. DV 5). El servicio de la fe nunca es un simple y discrecional añadido a la confesión de fe por parte de los creyentes. “La fe —en palabras del Santo Padre Benedicto XVI—crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo”. Por eso el primer beneficiario de la transmisión de la fe es el propio creyente que acepta el don y la responsabilidad que le ha dado su bautismo y despliega su vida como un servicio a la fe de los demás. Su encuentro personal con Cristo, su entrega confiada a Dios y el asentimiento cordial a todo lo que Él nos ha revelado, su adhesión a la comunidad de los discípulos y su contribución a la misión del Evangelio acontece en la fe y es, al mismo tiempo, en razón del testimonio que supone y en el deseo de compartir la gracia recibida, un servicio de la fe.