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La celebración del IV concilio de Letrán (1215) supuso uno de los momentos culminantes de la Iglesia medieval al impulsar un amplio programa de reforma en la práctica totalidad de los aspectos de la vida cristiana. Volver ochocientos años después a lo que fueron sus líneas maestras y a los principales desafíos que tuvo que afrontar, ha resultado un camino de gran fecundidad a la hora de interrogarse teológicamente sobre el presente. De este modo, se han puesto de manifiesto tanto el carácter fundante de algunos aspectos de la constitución de la Iglesia como los modos genuinamente eclesiales de desarrollar las reformas siempre necesarias en el camino de la fidelidad al evangelio.