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15 de junio de 2026

La UESD celebró el Acto de Graduación de la Promoción 2026, en el que recibieron la beca de graduación alumnos de la Facultad de Teología, la Facultad de Derecho Canónico, la Facultad de Filosofía y el Instituto Superior de Ciencias Religiosas. Los graduados estuvieron acompañados por sus familias, superiores, formadores, profesores, compañeros y miembros de la comunidad universitaria.

El acto comenzó con la proyección de un vídeo en el que varios alumnos compartieron su experiencia en San Dámaso. Sus testimonios pusieron de relieve la profundidad de los años vividos en la universidad: el descubrimiento de una fe “más grande” de lo que imaginaban, el deseo de seguir profundizando en la verdad de Dios y del hombre, el crecimiento en el amor a Cristo y a la Iglesia, y la riqueza de una formación que no se limita al estudio académico, sino que toca la vida entera. Los alumnos destacaron también la calidad humana y académica de los profesores, a quienes describieron no solo como docentes, sino como maestros y acompañantes. En varios testimonios apareció la gratitud por una enseñanza vivida con rigor, cercanía y calidez, así como por una comunidad universitaria en la que se ha hecho posible compartir la fe, la amistad, el estudio y la diversidad de carismas, vocaciones, países y realidades eclesiales.

Tras el vídeo, el rector, Nicolás Álvarez de las Asturias, dio la bienvenida a todos los presentes y recordó que “ningún camino universitario se recorre en soledad”. En sus palabras, subrayó que detrás de cada graduado hay una historia de apoyo, confianza, paciencia y oración, y agradeció la presencia de familias, amigos, superiores, formadores, profesores y miembros de la comunidad universitaria. El rector señaló que una graduación no es solo “el final administrativo de una etapa”, ni la simple obtención de un título, sino la celebración de algo más profundo: años de estudio, búsqueda, esfuerzo, amistad, preguntas nuevas, encuentros y también dificultades que, vividas con verdad, han podido ensanchar la inteligencia y el corazón. Recordó además que la universidad, cuando es fiel a sí misma, no se limita a transmitir información, sino que enseña a pensar con hondura, a escuchar con paciencia, a distinguir lo verdadero de lo aparente y a no conformarse con respuestas fáciles.

En el contexto propio de una universidad eclesiástica, el rector afirmó que la búsqueda de la verdad tiene una forma particular, porque la verdad no es “una idea fría”, sino Cristo, “Verbo de la verdad”, que ilumina la historia y sigue hablando a su Iglesia. Desde esta perspectiva explicó también el significado de la beca de graduación: sus colores recuerdan los estudios realizados y las disciplinas en las que los alumnos se han formado; se coloca sobre los hombros como signo de responsabilidad y cae cerca del corazón porque lo aprendido no debe quedarse solo en la memoria o en la inteligencia, sino descender al centro de la persona y transformar la vida.

Mirando al futuro, el rector insistió en que la formación recibida no es únicamente para los propios graduados, sino que está llamada a ser compartida. La inteligencia formada, la fe pensada, la palabra afinada y la sensibilidad eclesial, señaló, deben dar fruto allí donde la Iglesia y la sociedad necesitan personas capaces de unir competencia y humanidad, rigor y caridad, convicción y escucha. También animó a los nuevos graduados a seguir vinculados a San Dámaso, no por nostalgia, sino porque una casa en la que se ha buscado la verdad de Dios y del hombre sigue siendo, de algún modo, casa.

A continuación tuvo lugar la imposición de becas a los alumnos graduados de los distintos centros académicos de la Universidad. Este momento constituyó el gesto central de la celebración y expresó visiblemente tanto la culminación de una etapa como el inicio de una nueva misión para quienes han concluido sus estudios.

En nombre de los alumnos graduados intervino Carlos Tejedor, quien articuló su discurso en torno a la idea de la grandeza. Partiendo de una referencia a Plinio y a la expansión del cristianismo en los primeros siglos, recordó que la fe cristiana no puede ser detenida, porque se comunica como vida recibida y compartida. Desde esa perspectiva, agradeció el papel de San Dámaso en la formación de los alumnos y en el descubrimiento de la grandeza de la fe, de la Iglesia y de Cristo. El representante de los alumnos afirmó que estos años de estudio les han permitido comprobar que la fe de la Iglesia es más grande de lo que imaginaban, que les antecede y que están llamados a servirla con fidelidad.

Con tono agradecido y cercano, recordó las horas de estudio, los exámenes, las clases, los idiomas, las dificultades y los descubrimientos intelectuales y espirituales que han formado parte del camino universitario. Carlos Tejedor subrayó además la grandeza de la Iglesia, manifestada en la variedad de vocaciones, institutos, edades, idiomas, países, carismas y sensibilidades presentes en San Dámaso. Esa diversidad, señaló, no ha impedido la comunión, sino que ha permitido descubrir que, al terminar las clases o al concluir los años de estudio, queda algo más que compañeros, profesores y alumnos: quedan hermanos.

En su intervención, el representante de la promoción expresó también la gratitud hacia los profesores, los compañeros y todo el personal que hace posible la vida cotidiana de la Universidad. Afirmó que San Dámaso, con sus luces y sus sombras, ha ayudado a los alumnos a conocer mejor “al amor de nuestras vidas”, Jesucristo, y por eso dio gracias a Dios y a la Universidad.

Después tomó la palabra el padrino de la promoción, el profesor Ángel Castaño. En su discurso agradeció la posibilidad de acompañar a los graduados en un momento que definió como una noble alegría compartida entre amigos y hermanos. A partir de una cita de san Pablo, invitó a los graduados a mirar este día como el paso de un umbral: no como una ruptura con lo vivido, sino como una incorporación de todo lo recibido a la memoria viva, a los afectos y a la propia historia.

El padrino presentó San Dámaso como un hogar y como una verdadera alma mater: una universidad que engendra, alimenta, sostiene y hace crecer. Recordó que toda universidad no solo transmite conocimientos, sino que forma personas, ensancha la inteligencia, educa la libertad, cultiva la búsqueda de la verdad y crea vínculos que siguen alimentando la vida mucho después de haber terminado los estudios.

Ángel Castaño destacó asimismo que en San Dámaso los alumnos han sido introducidos en una tradición viva: la fe pensada, la razón abierta al misterio, la amistad intelectual y espiritual, y el servicio a la Iglesia y al mundo. Señaló que, pese a la diversidad de procedencias y realidades, la Universidad permite hablar una misma lengua: la de la amistad y la caridad. En esa amistad espiritual, afirmó, se hace posible el amor a la verdad y el estudio fecundo de las ciencias sagradas.

El padrino invitó a los graduados a hacer memoria de lo vivido y recibido, a reconocer las raíces que han sostenido su camino —familias, diócesis, seminarios, institutos de vida consagrada, parroquias y comunidades— y a no dejar de estudiar. Insistió en que el testimonio de la fe se dirige al hombre entero: a su razón, su libertad, sus afectos y su corazón. Por ello, animó a los nuevos graduados a permanecer arraigados en la verdad, a seguir creciendo en profundidad y a entregar lo recibido, porque todo se les ha dado para que el mundo se salve y llegue al conocimiento de la verdad.

El acto concluyó con unas palabras finales del rector, la oración del Gloria y la fotografía de grupo de los alumnos becados. Posteriormente, los asistentes compartieron un vino español en el Aula Pablo Domínguez y sus alrededores, cerrando una jornada de gratitud, alegría y comunión universitaria.