Dimensión mistagógica de la vida cristiana
Este miércoles 2 de abril, se celebró en la UESD la jornada conjunta “Dimensión mistagógica de la vida cristiana” organizada por el Departamento de Teología de la Evangelización y la Catequesis y el Bienio de Teología litúrgica.
Conocer y participar de su misterio divino

La apertura de la jornada corrió a cargo de Ignacio Carbajosa, Decano de la Facultad de Teología, que comenzó refiriéndose a Moisés, quien fue llamado amigo de Dios porque hablaba con Él como un hombre habla con su amigo. Si algo desea un amigo, recalcó, es contemplar el rostro del amigo, pero el Señor rebaja las expectativas transmitiéndole que no podía ver su rostro. Aún así, no desespera: “Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro” (Salmo 27).
En palabras del profesor Carbajosa,
“el Antiguo Testamento se convierte en un largo camino mistagógico, dominado por la palabra que debe ser escuchada y no por el rostro que es contemplado. Este camino mistagógico culmina con la entrega de la imagen, Cristo”.
En este sentido, recalcó que toda imagen, al tiempo que desvela, vela:
“el camino que Jesús propuso a sus discípulos puede ser demominado mistagógico, porque tenía como finalidad conducirlos hasta el mysterium de su naturaleza divina, conocer y participar de su misterio divino”.
Redescubrir el sentido de aquello que estamos celebrando

Posteriormente, continuó con la presentación del acto el profesor Daniel Escobar, que se refirió al regalo que el domingo supone para el pueblo de Dios, que ofrece a la comunidad cristiana la oportunidad de formarse por medio de la Eucaristía.
“Si no tenemos Eucaristía, si no tenemos celebración, la vida de la Iglesia se convierte en una especie de organización”, recalcó.
Apeló a la necesidad de hacer comprender que la liturgia nos posibilita el encuentro con el Señor: se trata de redescubrir el sentido de aquello que estamos celebrando, comprendiendo los signos que tenemos. Eso se realiza a través de una formación vivencial, algo que nosotros experimentamos y podemos comprender y asimilar porque la misma celebración contiene en sí elementos que muchas veces permanecen ocultos y que debemos desvelar.
“Cuando en los primeros siglos los obispos explicaban a los cristianos qué es lo que había sucedido, qué suponía eso, qué era lo que ellos iban a vivir, tenía el sentido profundo de una comprensión vivencial a través de la celebración de los misterios”, apuntó.
Unas celebraciones litúrgicas con espíritu mistagógico
La conferencia marco corrió a cargo de Juan Javier Flores Arcas, del Pontificio del Instituto Litúrgico-San Anselmo en Roma, con el título “Unas celebraciones litúrgicas con espíritu mistagógico”. Aunque no pudo estar presente en el acto, fue leída su ponencia, que comenzó con un comentario sobre la Carta apostólica Mane Nobiscum Domine, en la que Juan Pablo II se centraba en la Eucaristía como misterio de luz, “sobre el que la investigación teológica está lejos de ser completa”, en palabras del ponente. La reflexión sobre la liturgia eucarística está llamada a ocupar un lugar destacado:
“los pastores deben dedicarse a esa catequesis mistagógica, tan querida por los padres de la Iglesia, que ayuda a descubrir los valores de los gestos y las palabras de la liturgia, ayudando a los fieles a pasar de los signos al misterio y a implicar en él toda su existencia”.
Juan Javier Flores Arcas explicó que
“la emoción y el asombro nos conducen al encuentro con Cristo presente en la liturgia. Lo que falta hoy en nuestras celebraciones no es tanto un rito adecuado para expresar los sentimientos del hombre moderno ni un simbolismo religioso litúrgico claro y elocuente, ni mucho menos un lenguaje adecuado a la evolución de las costumbres. Lo que falta es un encuentro con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, un encuentro personal que llene la vida de los fieles, un encuentro que debe tener lugar en lo más profundo del corazón antes de realizarse en la comunidad unida en la celebración litúrgica. Lo que falta hoy es el redescubrimiento de la celebración con sus connotaciones irrenunciables de intervención del misterio de Dios y como hecho comunitario humano, de fiesta, de participación activa, de gestos y expresión vocal polifacética, que ha afectado mucho a la liturgia y la ha animado en el plano externo”.
En este sentido, el ponente advirtió que
“si a la celebración en sí no se le añade el asombro, la emoción y, por tanto, la experiencia personal, solo puede ser un vacío, una fiesta, un acontecimiento. La experiencia implica el acontecimiento litúrgico como epifanía de Dios, que revelándose irrumpe en la vida del hombre y lo convierte a sí mismo, asiéndolo en lo más profundo de la existencia. Esta experiencia nos hace entrar y penetrar en el misterio, hace que el misterio penetre en nosotros”.
La iniciación mistagógica, configuradora de toda la pastoral eclesial

La mesa redonda fue presentada por D. Juan Carlos Carvajal Blanco, vicerrector de la UESD y director del departamento de Teología de la Evangelización y la Catequesis. Recordó, en primer lugar, que junto al anuncio del kerigma, el Papa Francisco habla de que la catequesis debe empeñarse en una iniciación mistagógica, que se convierte en una dimensión configuradora de toda la pastoral eclesial. El profesor Carvajal habló de una cadena mistagógica, que se extiende a toda la pastoral de las comunidades cristianas, precisando que existen tres eslabones:
Primer eslabón: la acogida y apropiación de los sacramentos de la iniciación cristiana y la participación en la vida litúrgico-sacramental. Esto exige una catequesis mistagógica, que a semejanza de la catequesis de los padres de la Iglesia, ponga en relación los acontecimientos fundamentales de la historia de la salvación, vistos de la Pascua de Cristo, con los signos, ritos litúrgicos que los actualizan en la vida de la iglesia y de los cristianos.
Segundo eslabón: vida de la comunidad cristiana. Al ministerio de la Pascua no solo se accede por la participación en las celebraciones litúrgicas, especialmente en la Eucaristía, sino también por la participación en otras dimensiones de la vida eclesial: meditación del Evangelio o ejercicio de la caridad. Se evoca el triple ministerio: liturgia, Palabra, caridad, por los que la iglesia actualiza y media la presencia salvífica de Jesucristo. Reclama que toda la pastoral de nuestras comunidades se desarrolle desde una perspectiva mistagógica. La cuestión no es lo que se hace cuanto el significado de lo que realizan y el acceso que procuran al misterio. Es imprescindible poner en contacto con el misterio de Cristo.
Tercer eslabón: que cada bautizado reconozca que por gracia divina el misterio es Cristo en él, en la propia persona. Se trata de adquirir una percepción más profunda del misterio pascual.
Mesa redonda
La Iglesia es la permanencia activa de Cristo resucitado en el mundo por el Espíritu

Posteriormente se desarrolló una mesa redonda. La primera ponencia correspondió a Carolina Blázquez Casado, de la Facultad de Teología, con el siguiente tema: “La comprensión mistagógica de la vida de la Iglesia”. Durante su intervención, comenzó refiriéndose a la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén y apuntó que la Iglesia es la permanencia activa de Cristo resucitado en el mundo por el Espíritu. Se cumple la naturaleza sacramental, es decir, prolongación del misterio.
Puntualizó algunos rasgos de la comunidad de Jerusalén:
– El anuncio y la enseñanza de la fe están profundamente vinculados. Los apóstoles dan testimonio de la Resurrección. Por otro lado, la doctrina que enseñan es la explicación detenida del anuncio. Citó el capítulo 2 de los Hechos de los Apóstoles como ejemplo: acontecimiento de Pentecostés, proclamación de las maravillas de Dios, discurso de Pedro, enseñanza más detenida de los que abrazan la fe y transformación de estos, que se convierten en testigos y evangelizadores para otros. Cuando se habla de la enseñanza, no se trata de un método educativo sino que consiste en entrar en contacto con el acontecimiento que es Cristo mismo.
– Junto a la recepción del Bautismo y la acogida del don del Espíritu la Eucaristía es el sacramento cotidiano para los creyentes (fracción del pan). Los gestos y las palabras de los ritos litúrgicos encuentran su sentido en total conexión con la historia de la salvación. Son la actualización en el presente del obrar salvífico de Dios en Cristo. La comunidad primitiva nos habla de una auténtica comprensión de la liturgia: memoria actuante de las maravillas de Dios. También hay una insistencia en la oración, bien en el templo o en las casas. Es una oración viva, sostenida en la fe en un Dios que actúa. A través de ella se realiza continuamente en la comunidad la experiencia de Pentecostés. Después de estos tiempos orantes el Espíritu desciende y se derrama en la comunidad reunida en oración.
– Koinonía, comunión de vida en Cristo entre los cristianos. Pertenencia a la comunidad eclesial. Cuerpo vivificado por el Espíritu en diversidad de miembros. En Pentecostés todos reciben el mismo anuncio pero atendiendo a su diversidad de culturas. Equilibro entre los diversos que están unidos. Encontramos noticias sobre las disensiones entre ellos. La gracia del don de Dios crea en los creyentes una nueva capacidad de vivir, de relacionarse, la comunión en Cristo. Este don es recibido en la humildad de una condición herida, lo que nos recuerda que esta comunidad vive en el timepo de la conversión, capacitándose más y más para recibir en plenitud el don que ya han recibido. Surge también compartir los bienes y la compasión hacia los más necesitados.
– La nueva vida de los creyentes es signo para aquellos que les rodean. La belleza de su testimonio despierta un atractivo a su alrededor. No se trata de una estrategia pastoral sino de la irradiación de la gloria del Señor que actúa en los corazones de los creyentes, lo que ocasionaba que se fueran añadiendo muchedumbres de hombres y mujeres.
La profesora dio, a su vez, algunas pistas para el día de hoy:
– La mistagogía eclesial es connatural. La Iglesia es hija, fruto, presencia del misterio de Dios en el mundo. Ella misma es mistagógica porque es portadora del misterio. Es una nueva existencia comunión, arraigada en el misterio de Dios Trinidad. La efusión del Espíritu genera la Iglesia ininterrumpidamente. Ella es el cauce por el que corre y llega a nosotros el río de la vida. Ella es el acontecimiento de gracia y el misterio presente. Se resumiría en la llamada: “Iglesia, sé tú misma”.
– La Iglesia nos introduce en el misterio. Esta acción del Espíritu se realiza en cada uno de nosotros, creando en el interior del creyente el ser eclesial, lo cual requiere cuidar los procesos personales de despertar en la fe y de acompañamiento, para que la experiencia de la fe sea viva. Somos portadores del misterio. Por ello, es necesaria la experiencia contemplativa, la personalización de la fe, la interiorización de la realidad de Cristo, el cultivo de la experiencia del encuentro con Dios, la escucha de la Palabra, la espera paciente del Espíritu. Las puertas del misterio se abren siempre desde dentro.
– La Iglesia como plenitud de lo humano, de ahí la importancia de la dinámica encarnatoria. Los sacramentos no son ritos, sino que son la presencia de Cristo Resucitado entre nosotros, al que podemos reconocer en sus gestos y palabras. Esta parte de la Carne afecta a todas las dimensiones de nuestra persona, que quedan transidas de la presencia de Dios. Entramos en la plenitud de la existencia humana al hacernos don, porque el pan partido que recibimos en la Eucaristía nos impulsa a darnos a los demás, unidos por el mismo amor de Dios.
– La Iglesia y las heridas de Cristo. La mistagogía eclesial supone acoger el don de Dios en la humanidad herida y no escandalizarse. La imperfección, la indignidad o la incoherencia no son contrarias al misterio sino que son ocasión de humildad. La comunidad cristiana es rica en dones y gracias pero no está exenta de límites y debilidades. También ahí tenemos ocasión de entrar en el misterio de Cristo, porque nos ejercitamos en la acogida y el perdón.
– La mistagogía eclesial es generativa por contagio. No son nuestras cualidades sino la fuerza del testimonio de Cristo. Aceptar ser grano de trigo y desgastarse es testimonio martirial. Necesitamos este testimonio en nuestras comunidades, manteniendo vivo el amor y la esperanza en todo momento, también cuando la vida pesa, ofreciendo un amor vivo a todos, desgastándose hasta perder la vida por los más cercanos y por todos.
Rasgos de la condición sacramental del cristiano

La segunda intervención la realizó Santiago García Mourelo, de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia Comillas, con el siguiente tema: “Vivir enraizados en el misterio de Cristo”. Durante sus palabras, recordó que san Pablo formuló con claridad la íntima experiencia de Cristo que configuraba su existencia: “vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí”. En ella se vislumbra, según el conferenciante, que el apóstol ha experimentado una reconfiguración tan radical de su ser que resulta ser toda una provocación. San Pablo tiene la convicción de que la autodonación de Cristo transforma la condición humana, de modo que quienes están en Cristo viven la vida nueva y sus vidas son excéntricas porque dependen de la vida de Cristo. El profesor García Mourelo se refirió al pasaje de la vid y los sarmientos y a la necesidad de permanecer en Cristo. La pregunta que se hacía es es si esto es viable o si san Pablo está proponiendo un imposible para el contexto actual. El conferenciante expresó que le agrada más la palabra sacramento que la palabra misterio para referirse a la condición del ser humano. Aludió, a su vez, a varios rasgos de la condición sacramental del cristiano:
-La experiencia, el conocimiento y la oración. Ratzinger decía que la fe cristiana es “ser tocado por Dios”. La presencia sentida de Dios, percibida en la propia vida, es incontestable y es un impulso. Todo cristiano, además, sabe que su experiencia es siempre provocada, no proyectada. La vida cristiana es respuesta a una pregunta.
-Proceso y progreso. Cristo se definió como camino, verdad y vida. La fe no es cosa de un día, ni de una etapa o momento, ni se concluye tras la recepción de los sacramentos. Más que un infinitivo es un gerundio: somos siendo cristianos. Cada uno llega a serlo en la plenitud del tiempo. El comienzo de este camino está bien definido pero los hitos del camino son desconocidos para el que camina. Como toda relación personal y realidad sacramental, la vida cristiana no es algo petrificado, estipulado o predefinido. Es crucial tomar conciencia de la condición peregrinante de la fe. En ella nunca se tiene nada ganado para siempre. Es necesario que sea probada en las circunstancias de la vida, pues estas serán el crisol que la hagan consolidarse. Las crisis son necesarias y abren la oportunidad de la confianza y la fidelidad en Dios.
-La comunidad es el ámbito de crecimiento, el sostén y la confrontación. Es un espacio en el que salir de uno mismo, inoculando toda tentación a absolutizar la propia experiencia y el propio modo de vivir. La experiencia religiosa no puede vivirse de manera individual. El tejido vital de quienes comparten la misma fe es esencial en la vida cristiana como espacio de crecimiento y maduración. El cristiano se sabe miembro de un solo cuerpo. Se reconoce miembro de una tradición que recoge, acoge y transmite. La comunidad es sujeto activo de acompañamiento, que acompaña con su misma vida.
-Apertura y hospitalidad con todos. El cristiano no es una persona extraña, aislada del resto, que mira con temor el contexto cotidiano. Es una persona abierta, que acoge a todos y busca relacionarse con todos. El estilo cristiano se caracteriza por una hospitalidad reveladora en sí misma. El cristiano no debe ser distante, no pasa de largo de los demás. Un cristiano que viva compartimentada su fe no ha descubierto su vocación sacramental en el mundo. Se refirió al ayuno profetizado por Isaías, que relacionaba la tarea del cristiano con el cuidado de los otros: “no te cierres a tu propia carne”, desentendiéndote de los tuyos.
-Lucidez y discernimiento orante. El cristiano es quien tiene lucidez respecto a sí mismo, no se deja llevar por la inmediatez o la celeridad. No se puede alcanzar al margen de Dios. La luz necesaria solo se alcanza en la vida de oración, porque sólo quien es la luz es capaz de iluminarnos.
No se trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino comprenderle a Él

La última intervención correspondió a Félix del Valle Carrasquilla, del Instituto Teológico San Ildefonso de Toledo, con el siguiente tema: “Claves para una catequesis mistagógica”. Comenzó refiriéndose al testimonio de los mártires de Cartago, al inicio del siglo III, destacando algunos elementos característicos.
Cuando santa Perpetua, Felicidad y sus compañeros fueron arrestados no habían recibido el Bautismo pero estaban recibiendo una catequesis que estaba siendo plenamente eficaz, haciendo de ellos cristianos de verdad. Su catequista, Sáturo, era un hombre de fe viva, un testigo, no sólo un transmisor de enseñanzas. Cuando sus catecúmenos fueron apresados, él no estaba presente, pero cuando se enteró fue a presentarse a los magistrados romanos para que le metiesen en la cárcel y pudiera seguir acompañando a los catecúmenos, que reciben el Bautismo de sus manos durante el cautiverio. Por otro lado, el padre de santa Perpetua, noble romano, va a visitarla a la cárcel a presionarle para que apostate y ella le dice que no puede llamarse con otro nombre distinto de lo que es, es decir, cristiana. A santa Felicidad dijeron que la dejaban a un lado hasta que diera a luz. Como querían morir juntos, rezaron para que se le adelantara el parto y así sucedió: “ahora soy yo la que sufro, pero mañana sufrirá otro en mí porque yo sufriré por él”.
Muy pronto estas santas saben quiénes son y lo viven, porque han reconocido a Cristo viviente en ellas. La identidad cristiana es el hombre nuevo inserto en el misterio de Cristo, el hombre habitado por la Trinidad. Aquellos mártires lo vivieron porque les fue propuesto y testimoniado, porque se les presentó el misterio y no en primer lugar sus consecuencias morales. En ese sentido, la fe es una participación en el conocimiento amoroso que el Hijo tiene del Padre. Es ella misma un conocimiento amoroso, que pone la vida entera a disposición del amor divino. El conferenciante recordó que la fe tiene dos elementos: la fe que creemos, su contenido revelado, y la actitud con la que lo creemos. Ambos elementos son necesarios, tienen una relación íntima, el uno alimenta al otro. Pero hay que estar vigilantes porque estos elementos también pueden separarse.
Por último, propuso algunas líneas guía para la actualidad: “No se trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino comprenderle a Él” (San Juan Pablo II). Hay un medio para comprender que es la historia de la salvación, que es como se revelan las personas divinas, con palabras y acciones intrínsecamente ligadas. Esta historia llega a su culminación en Cristo. En Él se revela que es amor y nos ama. Por otra parte, la propia historia de salvación de cada ser humano reproduce en modo único la historia que narra la Biblia, porque esta no habla de acontecimientos que sucedieron solo a otros sino de lo que las personas divinas quieren seguir haciendo en nosotros hoy de otro modo. Además, es preciso exponer expresamente cuál es la identidad cristiana, ontológicamente divina y debe comprenderse cómo esto se hace presente en los sacramentos, especialmente en la Misa.