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14 de abril de 2026

La Facultad de Filosofía de la UESD celebró el pasado martes la jornada académica “Pasión y poder”, un encuentro dedicado a pensar la relación entre los afectos humanos, la vida política y las formas del poder en la tradición filosófica y en el pensamiento contemporáneo.

La jornada reunió a profesores y pensadores de distintas universidades y ámbitos intelectuales para abordar cuestiones decisivas del presente: el papel de las pasiones en la política, la verdad como fundamento de la concordia, la ideología, la dinámica del odio en la vida pública y la posibilidad de recuperar una comprensión más humana, responsable y esperanzada del poder.

Una jornada para pensar el presente

La apertura corrió a cargo del decano de la Facultad de Filosofía, D. José Antúnez, quien situó desde el comienzo el sentido de la jornada en el contexto social e histórico actual, marcado por polarizaciones, conflictos y una creciente dificultad para encontrar una base común de convivencia.

En su intervención subrayó la dramaticidad del momento histórico presente y recordó la reciente llamada del Papa León XIV a la oración por la paz, insistiendo en que las pasiones del poder atraviesan hoy todos los niveles de la vida humana: desde la política internacional hasta la convivencia familiar y social. En ese marco, señaló la necesidad de encontrar un lugar de reflexión y encuentro que permita comprender qué mueve realmente el corazón del hombre y cómo el poder puede vivirse tanto como servicio y apertura de posibilidades cuanto como dominio, control y posesión.

Antúnez explicó además que la jornada iba a servirse especialmente de pensadores de lengua española, desde la tradición clásica hasta autores contemporáneos, para iluminar filosóficamente algunas de las tensiones centrales del presente.

Primer bloque: pasiones, verdad y política

Tras la apertura, el profesor David Torrijos presentó a la primera ponente, M.ª Elena Cantarino Suñer, decana de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Valladolid y especialista en filosofía política, pensamiento barroco español y, muy especialmente, en la obra de Baltasar Gracián.

María Elena Cantarino: Gracián y el gobierno de sí

Su conferencia, titulada “Los afectos en política: el poder y el poder de sí mismo en Gracián”, ofreció una lectura de la obra graciana desde la relación entre afectos, prudencia y ejercicio del poder.

Cantarino situó primero a Gracián en el marco de la transformación de la teoría política moderna. Explicó cómo, entre los siglos XVI y XVII, la política fue desprendiéndose de su antigua subordinación teológica para configurarse como un saber cada vez más práctico, orientado a la adquisición, conservación y administración del poder, especialmente a través de la noción de razón de Estado. En ese contexto, Gracián representa una formulación singular: una razón de Estado que no renuncia a la integridad ética y cristiana y que entiende el gobierno como arte de prudencia.

La ponente profundizó después en la cuestión de los afectos y las pasiones, mostrando que en Gracián no se trata solo de una psicología individual, sino de una verdadera antropología política. Los afectos pueden ser integrados en el orden racional de la conducta, mientras que las pasiones, cuando se desbordan, amenazan la cordura, la reputación y la vida política misma. La pasión sin gobierno interior se convierte en un factor de desorden personal y social.

En este sentido, Cantarino subrayó que Gracián propone una auténtica disciplina del alma: cifrar la voluntad, ocultar los designios, dominar el ímpetu, contener el exceso y aprender el arte de no obrar apasionadamente. La prudencia, más que una virtud teórica, aparece en él como una virtud práctica que permite el gobierno de sí y, a partir de él, el trato con los demás y la acción política.

A partir de aforismos del Oráculo manual y arte de prudencia y de otras obras del autor aragonés, la profesora mostró cómo la filosofía de Gracián puede leerse como una guía de autodominio, una pedagogía de la mesura y una reflexión sobre la articulación entre gobierno del yo y gobierno de los otros. El verdadero poder, en esta línea, no se entiende sin el poder sobre sí mismo.

Enrique González Fernández: Julián Marías y la pasión por la verdad

A continuación intervino el profesor Enrique González Fernández, profesor de la UESD y uno de los grandes especialistas en la figura y el pensamiento de Julián Marías. Su ponencia llevó por título “Julián Marías y su pasión por la verdad como fundamento de la concordia”.

En la presentación de su trayectoria, David Torrijos destacó no solo la obra académica de González Fernández, sino también su cercanía personal e intelectual a Julián Marías, a quien estudió durante años y de quien ha sido uno de sus más reconocidos intérpretes.

La conferencia se centró en una idea decisiva: para Julián Marías, sin pasión por la verdad no puede haber concordia. González Fernández recordó cómo el propio filósofo español relató que, siendo niño, se hizo la promesa de no mentir nunca, una resolución que marcaría toda su vida. A partir de ahí, desarrolló una sensibilidad extrema ante la mentira, entendida no como un defecto menor, sino como uno de los grandes males de la humanidad.

El ponente subrayó que, para Marías, la mentira corrompe la percepción de la realidad, hace imposible el acuerdo entre las personas y destruye el suelo mismo de la convivencia. Por ello, la verdad es el único fundamento posible de la concordia. Cuando la realidad se inventa, se mutila o se falsifica, sobreviene la discordia. En este sentido, González Fernández recordó textos en los que Marías relaciona la mentira con graves fracturas históricas, incluidas guerras, totalitarismos y desastres colectivos.

La conferencia abordó también la relación entre verdad, libertad y legitimidad del poder. Marías insiste en que todo poder legítimo debe ejercerse en función de la persona humana y de su dignidad, y en que el desacuerdo, normal en toda sociedad, no debe derivar en discordia destructiva. Muy al contrario, la pluralidad de perspectivas debe integrarse en una convivencia fundada en la verdad y en el reconocimiento mutuo.

En la parte final, González Fernández mostró cómo Marías entendió la defensa activa de la verdad como una tarea urgente de la vida pública. Frente a una época marcada por la difusión organizada de la mentira, el filósofo reclama una reivindicación de la verdad como condición de libertad y de convivencia civilizada. La ponencia concluyó recordando unas palabras del propio Marías: “la verdad es un asunto sobre el cual tengo pasión”.

Amelia Valcárcel: la política del odio

Tras una breve pausa intervino la filósofa y escritora Amelia Valcárcel, presentada como una de las figuras más relevantes del pensamiento moral y político español contemporáneo. Su conferencia, “La política del odio”, fue una de las más sugerentes y debatidas de toda la jornada.

Valcárcel comenzó preguntándose por qué hay tanto odio suelto en la vida pública actual. Partiendo de ahí, vinculó esta cuestión con la llamada filosofía de la sospecha, que invita a mirar siempre detrás de los discursos y a pensar que toda verdad esconde intereses, construcción o manipulación. A su juicio, este clima de sospecha permanente ha alimentado una desconfianza generalizada que debilita los vínculos sociales y hace muy difícil la vida en común.

Desde esa perspectiva dio un salto hacia la filosofía de la historia, aludiendo a Toynbee y a la idea de que las civilizaciones colapsan sobre todo desde dentro, cuando pierden la confianza en aquello que les da continuidad y sentido. La expansión del odio en las sociedades actuales podría ser, según sugirió, un síntoma de esa erosión interna de la civilización occidental.

Uno de los núcleos más originales de su intervención fue la relación entre envidia y odio. Dialogando con Spinoza, defendió que el odio deriva de la envidia, y no al revés. La envidia, sostuvo, es una pasión especialmente destructiva para la convivencia, porque se da entre iguales o entre quienes se perciben como tales. De ahí su relación con la democracia moderna: una sociedad de iguales es también una sociedad en la que la envidia puede expandirse con facilidad si no existen mecanismos morales y políticos que la contengan.

Valcárcel afirmó que la democracia solo admite una superioridad legítima, la del mérito, y advirtió sobre los riesgos de desacreditar sistemáticamente esa categoría. A partir de aquí introdujo un recorrido histórico a través de Madame de Staël, a quien presentó como una autora clave para pensar la modernidad política y la aparición de la pasión de partido. Con la democratización de la vida pública, explicó, las clases antes alejadas del poder pasan a participar también de las pasiones políticas, especialmente de las identificaciones y odios partidistas.

En la parte final, mostró cómo la política contemporánea puede transformar el odio en un instrumento de supervivencia partidista. La lógica consiste en insuflar confrontación, alimentar la sospecha y construir al adversario como amenaza radical. Aun así, defendió que la democracia contiene recursos de moderación y que la sociedad, cuando no es arrastrada al extremo, tiende de suyo al entendimiento más que al conflicto perpetuo.

El coloquio de la mañana: concordia, verdad y moderación

La sesión matinal concluyó con un coloquio conjunto entre los tres ponentes. Allí se retomaron algunas de las preguntas más decisivas de la jornada: dónde encontrar hoy la luz en una sociedad polarizada, cómo recuperar la concordia, qué papel juegan la verdad y la moderación y si la democracia dispone todavía de recursos para frenar la lógica del odio.

María Elena Cantarino preguntó expresamente dónde puede hallarse la luz en un escenario donde incluso la moderación parece debilitada. Amelia Valcárcel respondió que una consecuencia del exceso de odio es la desafección, porque la mayoría de las personas no puede vivir permanentemente instalada en la confrontación. El odio agota y expulsa.

Por su parte, Enrique González Fernández preguntó cómo puede recuperarse la concordia. Valcárcel insistió en que hacen falta muchas personas dispuestas a no contribuir al enfrentamiento, a recuperar palabras pacíficas y a sostener un verdadero diálogo. González Fernández añadió que Julián Marías recordaría, ante todo, la dignidad sagrada de cada persona y la necesidad de reconocer que la pluralidad de perspectivas no destruye la convivencia si se vive desde el respeto a la verdad y al otro.

En el coloquio aparecieron también cuestiones como el delito de odio, la libertad de expresión, la manipulación en redes, la proliferación de discursos que disuelven la distinción entre verdad y mentira y el valor de la Constitución de 1978 como ejemplo histórico de concordia entre posiciones diversas.

La sesión de tarde: poder, sacrificio, amor, ideología e ilusión

La jornada se reanudó por la tarde con el bloque Futuro, introducido por la organización con la presentación de dos comunicaciones breves y una segunda mesa de ponencias.

Jacobo García Sánchez: sacrificio y poder en María Zambrano

La primera comunicación estuvo a cargo de Jacobo García Sánchez, profesor ayudante de la Facultad de Filosofía de la UESD, con el título “Sacrificio y poder en el pensamiento de María Zambrano. El problema de un régimen postsacrificial”.

Su exposición examinó la comprensión zambraniana del sacrificio a partir de la distinción entre lo sagrado y lo divino. Según explicó, lo sagrado aparece en María Zambrano como una realidad originaria, desbordante y oscura que envuelve al ser humano, mientras que lo divino sería la manifestación concreta y apaciguadora de ese fondo primero. El sacrificio ritual cumple aquí una función mediadora, porque abre distancia, visibilidad y posibilidad de mundo.

García Sánchez distinguió entre el sacrificio como violencia expiatoria y el sacrificio como donación libre de sí. Frente a la lógica de la sustitución y del intercambio sacrificial, Zambrano abriría la posibilidad de pensar una historia ética nueva, fundada no en la víctima ofrecida en lugar del sujeto, sino en la entrega amorosa y personal. Aun así, el comunicante señaló diversos puntos problemáticos en este planteamiento, especialmente en la forma en que Zambrano articula la relación entre cristianismo, sacrificio, ídolo y revelación de lo divino.

Juan Pablo Serra Bellver: Guardini, Mandrioni y la desmesura del poder

La segunda comunicación corrió a cargo de Juan Pablo Serra Bellver, profesor de pensamiento político en la Universidad Francisco de Vitoria y docente también en la UESD. Su exposición, “Condiciones de posibilidad para la desmesura del poder y del amor: Romano Guardini a la luz de Héctor Mandrioni”, propuso un diálogo entre ambos autores para pensar el poder más allá de su dimensión estrictamente política.

Serra partió de una constatación: el poder contemporáneo ha crecido desmesuradamente, especialmente gracias al desarrollo técnico, sin que el hombre haya madurado éticamente en la misma proporción. A partir de Romano Guardini, señaló que el verdadero problema no es simplemente limitar el poder, sino aprender a conducirlo con responsabilidad, virtud y fortaleza interior.

En este marco introdujo la aportación de Héctor Mandrioni, para quien solo la desmesura del amor puede responder a la desmesura del poder. El amor, entendido fenomenológicamente como excentración y apertura al otro, transforma la comprensión misma del poder: este deja de ser dominio para convertirse en servicio. El ponente evocó, en este sentido, la figura de Maximiliano Kolbe como ejemplo extremo de un amor capaz de introducir otra lógica en medio del totalitarismo.

Serra concluyó subrayando que el problema del poder es, en último término, antropológico y espiritual. En un tiempo que confía más en procedimientos, algoritmos y sistemas que en la virtud, Guardini y Mandrioni recuerdan que el espacio público necesita personas que hayan aprendido primero a amar.

Segunda mesa de ponencias

Víctor Manuel Tirado: ideología y poder

La segunda mesa de la tarde se abrió con la intervención del profesor Víctor Manuel Tirado San Juan, catedrático de Filosofía Sistemática de la UESD, que habló sobre “Ideología y poder”.

Tirado comenzó situando la cuestión del poder en un plano más amplio que el meramente político. A su juicio, el poder posee también una dimensión metafísica: la realidad misma es poder, apertura, dominancia y posibilidad. Sin embargo, sostuvo que la modernidad, especialmente desde cierta lectura de la Ilustración, ha reducido drásticamente tanto la razón como la comprensión del poder, debilitando la mirada metafísica y abriendo el camino a nuevas formas de ceguera ideológica.

A partir de ahí definió la ideología como un constructo de ideas que erige una concepción del mundo cerrada sobre sí misma. Lo decisivo no sería simplemente el uso de ideas —inevitable en toda actividad racional—, sino la actitud interior desde la que se construyen. Cuando el sujeto rompe el diálogo con la realidad y con la alteridad, cuando se vuelve autorreferencial, sectario y cerrado, las ideas dejan de ser contemplativas y se convierten en ideología.

El ponente criticó con fuerza la deriva postmoderna que sospecha de la verdad y termina reemplazando la distinción entre realidad y apariencia por la de formas de hablar más o menos útiles. Frente a ello, defendió que el ser humano es capaz de verdades universales y que la renuncia a esta posibilidad conduce a una degradación tanto del pensamiento como del poder.

La segunda parte de su intervención se apoyó en el ensayo de Václav Havel, El poder de los sin poder. A través del ejemplo del tendero que coloca en su escaparate el cartel “Proletarios del mundo, uníos”, mostró cómo el sistema postotalitario no se limita a reprimir conductas externas, sino que busca penetrar en la conciencia y sostenerse por medio de signos de adhesión, propaganda, rituales y una vida organizada en la mentira.

Tirado subrayó la actualidad del análisis de Havel y advirtió sobre el riesgo de que las democracias contemporáneas reproduzcan, por vías más sofisticadas, lógicas de absorción ideológica y manipulación. A su juicio, el poder actual tiende también a operar mediante mensajes subliminales, control mediático, técnicas psicológicas y lenguajes eufemísticos que sustituyen la realidad por una pseudorrealidad conveniente.

En la parte final defendió una comprensión subsidiaria del Estado. La política, dijo, debe estar al servicio de la persona concreta, de la familia y de las instituciones mediadoras, no al revés. La ley tutela imperfectamente el bien, pero no lo realiza por sí sola. Por ello reclamó recuperar la responsabilidad personal, la fidelidad humilde a la realidad y una resistencia consciente frente a las nuevas formas de ideología.

Fabrice Hadjadj: la ilusión española frente a la desilusión europea

La última gran ponencia de la jornada estuvo a cargo del filósofo y escritor francés Fabrice Hadjadj, director del Instituto Incarnatus Est en España, con el título “La ilusión española. Reflexiones a partir del Breve tratado de la ilusión de Julián Marías”.

Hadjadj comenzó con un amplio desarrollo teológico sobre la bondad originaria de la pasión y del poder desde una perspectiva cristiana. Lejos de verlos como realidades sospechosas, propuso entenderlos a la luz del Padre todopoderoso y de la bienaventurada pasión de Cristo. Según explicó, el poder alcanza su forma más alta en la gracia, porque el verdadero poderoso no es quien aplasta, sino quien eleva al débil y concede gratuitamente.

Desde ahí pasó a una crítica histórica de la modernidad política. A su juicio, Europa habría intentado refrenar la pasión y el poder personales sustituyéndolos por el interés, la gestión, el mercado, la planificación y, más recientemente, por la información y el algoritmo. El resultado es una política cada vez más impersonal, donde la responsabilidad humana queda absorbida por sistemas, redes y mecanismos de optimización.

En esta línea, desarrolló una crítica a la cultura digital y a la cibernética como formas de gobierno automático. El dispositivo tecnológico, sostuvo, tiende a llevarnos del pensamiento a la pulsión y de la pulsión a la compulsión. Al reaccionar a todo mediante botones, pantallas y automatismos, el hombre contemporáneo se vuelve más impulsivo, más inmaduro afectivamente y más dependiente de dispositivos que sustituyen el juicio, la paciencia y la responsabilidad personal.

Ese análisis le permitió introducir una noción central: la de ilusión en el sentido español del término. Frente a lo virtual, la ilusión designa algo que no solo atrae, sino que mueve a actuar; no solo despierta una pasión, sino que engendra un poder orientado hacia el otro. La ilusión articula así deseo, vocación, misión y responsabilidad.

Hadjadj encontró en Julián Marías el pensador que mejor ha sabido meditar esta singularidad semántica y espiritual. La ilusión, en castellano, no se reduce a engaño, sino que contiene también el sentido de lo ilusionante, de lo que compromete, proyecta hacia el futuro y reclama presencia personal. “Esto me hace ilusión” significa, precisamente, que algo despierta en mí una pasión que me impulsa a ponerme en camino.

A partir de ahí, interpretó España como una realidad histórica tensada entre ilusión y desilusión, siguiendo una intuición central de Marías. El “genio español” residiría, según dijo, en una peculiar articulación de pasión y poder: una pasión polarizada por la pasión de Cristo y un poder siempre trabajado por la conciencia de un reino que no es de este mundo. Esta singularidad aparece tanto en la historia, como en la religiosidad popular y en ciertas formas simbólicas del catolicismo español.

Sin embargo, Hadjadj no ocultó la ambigüedad de ese genio. La ilusión puede degradarse en dos direcciones opuestas: por un lado, en el orgullo del nacionalcatolicismo, que convierte una misión en arrogancia ciega; por otro, en la desilusión del odio de sí, que se entrega a ideologías abstractas y a un tecnocosmos sin drama ni transcendencia. Ambas tentaciones, aunque adversas, coincidirían en el rechazo de la condición trágica y dramática de la vida humana.

Su conclusión fue una de las más intensas de la jornada: frente a una Europa que parece deslizarse hacia la desilusión, la ilusión española podría conservar todavía una fuerza singular de resistencia, esperanza y apertura a un sentido que no se deja reducir ni al sistema ni al algoritmo.

El coloquio final: libertad, prudencia, comunidad e ilusión

Tras la intervención de Hadjadj se abrió el último coloquio de la jornada, en el que se retomaron muchas de las tensiones planteadas durante la tarde.

Una de las preguntas dirigidas a Víctor Tirado se centró en el criterio para distinguir entre formas legítimas de organización de la realidad y el paso a lo ideológico. Tirado respondió que hay que recuperar la concretud de los bienes y la necesidad de deliberar prudentemente caso por caso, pues la justicia no es una deducción abstracta, sino el reconocimiento de lo debido en situaciones concretas. Reivindicó, además, la existencia de una intuición originaria del bien y del mal en el corazón humano, aunque esta pueda quedar ofuscada por el pecado, la autorreferencialidad y la desreligación.

A otra intervención sobre el par naturaleza-artificio, tanto Tirado como Hadjadj matizaron que el problema no está en la técnica o en el artificio en cuanto tales, sino en su deformación cuando se convierten en camuflaje ideológico o en sustitución de la realidad. Tirado precisó que, en su uso de Havel, el artificio designa sobre todo la construcción de un mundo en la mentira para perpetuar el poder. Hadjadj, por su parte, rechazó una crítica simplista de la técnica y sostuvo que hoy ya no basta con invocar una naturaleza abstracta: hay que pensar la creación como realidad herida y redimida.

En uno de los momentos más sugerentes del coloquio se preguntó si es posible la ilusión sin trascendencia. Hadjadj respondió que la trascendencia no es una opción añadida, sino lo más ordinario de la experiencia humana cuando la mirada permanece abierta. La ilusión, sostuvo, es personal, pero lo personal es siempre también eclesial, comunitario y hasta apostólico: quien está verdaderamente ilusionado quiere comunicarlo, compartirlo, invitar a otros.

Añadió además que el mundo no es un mero conjunto de cosas, sino un escenario dramático, un lugar de prueba, de encuentro y de fidelidad. La serpiente, dijo, forma parte del jardín porque la libertad humana necesita espacio para la fidelidad y para el deseo. En este sentido, la diferencia española entre ser y estar le parecía filosóficamente potentísima: estar en el mundo sin ser del mundo, vivir en él como quien ha recibido una llamada y una misión.

Otra pregunta muy celebrada apuntó a la negatividad pragmática contemporánea: cuando alguien se ilusiona con amar para siempre, con cambiar la sociedad o incluso con que la filosofía sirva para algo, suele recibir una respuesta burlona: “eres un iluso”. El interrogante era si la raíz de esta descalificación no se encuentra, en último término, en la pereza, la comodidad y el rechazo del sacrificio.

Hadjadj no respondió en términos morales simples, pero sí dejó claro que el drama humano es irrenunciable y que no puede haber ilusión verdadera sin aceptar la dimensión trágica, comunitaria y trascendente de la existencia. Querer una vida sin riesgo, sin sacrificio y sin vocación conduce, a su juicio, a un empobrecimiento radical del deseo.

Una jornada marcada por la búsqueda del bien común

La jornada concluyó con unas palabras finales de agradecimiento y con una referencia cervantina que sirvió de cierre literario y simbólico al encuentro. Se agradeció especialmente el trabajo organizativo del profesor Cabasa y se invitó a los asistentes a seguir viviendo con ilusión el “hermoso drama humano”.

A lo largo de todo el día, la jornada “Pasión y poder” mostró la fecundidad de un diálogo filosófico plural, exigente y profundamente enraizado en las preguntas de nuestro tiempo. Desde Gracián hasta Julián Marías, desde María Zambrano hasta Guardini, desde Havel hasta Hadjadj, la Facultad de Filosofía de la UESD ofreció un espacio para pensar con hondura cuestiones tan actuales como la verdad, la ideología, el odio, el poder, la responsabilidad, la comunidad y la esperanza.

Lo hizo, además, dejando una convicción de fondo que recorrió muchas de las intervenciones: que frente a la mentira, la fragmentación y la impersonalidad del presente, sigue siendo necesario recuperar la persona concreta, la deliberación prudente, la pasión ordenada por el bien, el poder entendido como servicio y una ilusión capaz de abrir futuro.