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La Facultad de Derecho Canónico de la UESD inauguró ayer la tercera edición del curso Las causas de los santos, una propuesta formativa de carácter académico y pastoral que ofrece —durante un curso académico y con sesiones todos los lunes de 16:30 a 19:00 horas— una presentación científica y práctica de la teología, la historia y el derecho de los procesos de beatificación y canonización. El programa se impartirá en modalidad mixta (presencial en la sede de la UESD y presencial virtual online) y toma como texto oficial el manual de la Congregación para las Causas de los Santos, Las causas de los santos. Manual (BAC, Madrid, 2020). La Facultad ofrece este curso de forma cíclica en colaboración con la Oficina para las Causas de los Santos de la Conferencia Episcopal Española y con el patrocinio del Dicasterio para las Causas de los Santos de la Santa Sede.

El acto inaugural contó con la intervención del decano de la Facultad de Derecho Canónico, Roberto Serres, de las coordinadores del curso —Lourdes Grosso García, directora de la Oficina para las Causas de los Santos de la Conferencia Episcopal Española, y Alberto Fernández Sánchez, delegado episcopal de las causas de los santos de la Archidiócesis de Madrid—, y con la lección inaugural del obispo emérito de Córdoba y miembro del Dicasterio para las Causas de los Santos, Demetrio Fernández González.

Roberto Serres situó el curso en el “corazón de la Iglesia”: explicó que la iniciativa conecta directamente con la misión de la Iglesia porque pone en el centro la santidad, y recordó la doble cara del trabajo académico y pastoral que exige esta materia. Para el Decano de la Faculta de Derecho Canónico, la misión de la Iglesia —enseñar, santificar y gobernar— se articula de forma particular en los procesos canónicos, pues “la santificación incluye toda la misión de la Iglesia. Cuando enseña, santifica; cuando gobierna, también santifica”. Subrayó además la primacía de la verdad en todo procedimiento eclesial y en especial en los procesos de canonización: la razón de ser de los procedimientos es la ratio veritatis y, en el caso concreto de las causas de los santos, averiguar con la mayor certeza moral posible “la verdad acerca de la santidad de un fiel”. Serres advirtió que “simplificar los procedimientos o saltarse las normas acaba por perjudicar la verdad” y, por ello, defendió la importancia de la formación rigurosa que ofrece el curso.

Lourdes Grosso, por su parte, recordó el nacimiento y la evolución de la Oficina para las Causas de los Santos y cómo iniciativas locales que empiezan como respuestas a necesidades concretas pueden convertirse en propuestas de alcance nacional e internacional. Señaló, a su vez, que el propósito del curso es capacitar “a sacerdotes, consagrados y laicos para actuar en procesos de beatificación y canonización según la formación que demanda la instrucción Sanctorum Mater y los procedimientos indicados por la Santa Sede”, y precisó que ese trabajo implica “entrar en la intimidad de hombres y mujeres en los que el Espíritu Santo ha realizado una obra maestra porque se han dejado hacer por Él”. Al presentar la trayectoria formativa, recordó también el documento reciente de la Conferencia Episcopal Española Recordar la santidad en la Iglesia particular, que distingue entre la vocación universal a la santidad y el proceso canónico, y citó al Papa Francisco para subrayar que los canonizados son “modelos, intercesores y maestros” que muestran que “vivir el Evangelio en plenitud es posible y hermoso”.

Alberto Fernández completó la presentación con detalles prácticos y organizativos del curso, dirigidos en particular a los alumnos matriculados. Explicó que el curso se estructura desde tres perspectivas que se desarrollarán a lo largo del año: la perspectiva teológica, que analiza qué entiende la Iglesia por santidad canonizable, las virtudes extraordinarias y el reconocimiento del martirio; la perspectiva histórico-hagiográfica, que aborda cómo la Iglesia ha reconocido la santidad a lo largo de los siglos, desde los cultos martiriales de las primeras comunidades hasta las canonizaciones contemporáneas; y la perspectiva jurídico-procesal, que examina minuciosamente el procedimiento actual seguido para declarar beato o santo a un siervo de Dios.

Posteriormente tomó la palabra don Demetrio Fernández González para pronunciar la lección inaugural, una exposición que recorrió la teología de la santidad, la exigencia de los procesos canónicos y la hondura humana y espiritual de las causas. Desde el inicio quiso subrayar que “la santidad no es una excepción, sino la vocación común de todos los bautizados”; para él la Iglesia “existe para santificar, y la manifestación más hermosa de esa fecundidad son los santos, que muestran el rostro más luminoso del Evangelio”. El obispo emérito de Córdoba insistió en que las causas no son simples expedientes administrativos, sino caminos para reconocer “lo que Dios ha hecho en la vida de sus hijos”; cuando la Iglesia proclama a un beato o a un santo, explicó, “no fabrica un santo, sino que constata y proclama la santidad que Dios ya ha obrado”.

Don Demetrio reflexionó sobre la cruz y el misterio del sufrimiento como escuela de santidad. Recordó que a los cristianos les suele parecer que el fruto se obtiene “yendo de éxito en éxito”, pero que la realidad evangélica es otra: Dios no garantiza el éxito continuo; “más aún, nos ha garantizado que tiene que estar presente la cruz en nuestras vidas”. Señaló con realismo que no son enemigos lejanos quienes “nos crucifican”, sino “los de al lado”: compañeros de trabajo, familiares o miembros de la comunidad —a veces sin querer, otras veces con mala intención— y es precisamente en esa convivencia conflictiva donde la persona puede ir asumiendo la voluntad de Dios, purificándose y entrando en la voluntad divina para producir “frutos enormes e inmensos”.

El obispo se refirió conmovido a su experiencia como ponente en causas de mártires y dijo que “estudiar cada una de las causas es un estímulo y una esperanza” y que, en su caso, “siempre me hacen llorar cuando estudio la causa de un mártir”. Trajo a colación ejemplos recientes —las tres enfermeras de Astorga, ya beatificadas, y las próximas causas de mártires seminaristas de Madrid— y describió con crudeza las torturas y los padecimientos que figuran en muchos expedientes: torturas físicas, psicológicas y afectivas cuya descripción es a veces insoportable, y el odio a la fe por parte de los verdugos, “un odio denigrante que busca machacar y pisotear la dignidad de la persona”. Frente a ese odio, sin embargo, la respuesta es el triunfo del amor: “el amor es más fuerte que el odio; y eso no son frases para una canción, sino realidad palpable”.

Con la precisión que requieren estos procesos, el obispo detalló cómo se estudia cada causa “uno por uno”: dónde nació cada persona, qué hizo en vida, cómo fue el martirio, qué actitud tuvo frente a la persecución, quiénes fueron sus verdugos y cómo coinciden las fechas y circunstancias. Recordó que en España hay muchas causas abiertas y procesos de beatificación que se siguen con gran dedicación; mencionó la próxima beatificación de mártires en Jaén, el 13 de diciembre, que agrupa numerosas vidas, y subrayó que incluso cuando una celebración agrupa a muchas personas “al final cada una tiene su biografía y debe ser estudiada individualmente”.

Para clarificar jurídicamente el reconocimiento del martirio, expuso los tres capítulos que deben probarse en cada proceso: el martirio material —la constatación documental de la muerte—; el martirio formal —la aceptación libre y consciente de la muerte por el sujeto, con capacidad de perdón al agresor—; y la causa del homicidio —el odio a la fe por parte de los verdugos—. Subrayó que la Iglesia “afina mucho” en distinguir motivos y que no basta con la muerte violenta para declarar martirio: la motivación del verdugo por odio a la fe es esencial.

Además del martirio, don Demetrio amplió el discurso sobre las virtudes heroicas y la fama de santidad. Recordó que el ponente de una causa debe demostrar que la vida del siervo de Dios fue virtuosa en conjunto y, después, exponer una a una las virtudes teologales y cardinales (fe, esperanza, caridad; prudencia, justicia, fortaleza, templanza), así como las virtudes propias del estado de vida del candidato (los consejos evangélicos en el caso de consagrados; el desempeño de las tareas familiares en el caso de laicos casados). Subrayó que una virtud en grado heroico no suele ir aislada sino integrada en un “organismo” de vida virtuosa: “si la caridad ha llegado al extremo, normalmente todas las virtudes van juntas”.

Sobre la fama de signos explicó que no equivale a la demostración de milagros, sino a la devoción espontánea de la gente: que «la gente le reza, le pide favores y percibe que es escuchada». Insistió en que, antes de avanzar en una causa por la vía de las virtudes heroicas, es necesario probar esa fama de santidad: rezos, testimonios de favores cotidianos —aprobaciones de oposiciones, curaciones leves, ayudas en problemas cotidianos— que, aunque no sean milagros espectaculares, muestran un vínculo real de la comunidad con la persona propuesta.

El tema de los milagros ocupó otra amplia parte de su intervención. Desarmando la idea de que los milagros pertenezcan al pasado, explicó que hoy la Iglesia examina los supuestos prodigios con métodos médicos y científicos muy exigentes: exámenes, ecografías, TAC, análisis y dictámenes de comisiones médicas. Aclaró el procedimiento: la comisión médica (normalmente siete expertos) debe concluir si un hecho no tiene explicación científica; basta con que la mayoría —cinco de los siete— sostenga que no tiene explicación para que el caso pase a los teólogos. Los médicos, dijo, no pueden afirmar que un hecho es un milagro (eso es un juicio de fe), sino únicamente si carece de explicación científica. Los teólogos, en su turno, deben vincular el hecho extraordinario con la intercesión prevalente del siervo de Dios —y en esto la promoción de la causa debe haber evitado pedir intercesión simultánea a varias personas, porque eso complica la atribución—.

Asimismo, abordó la cuestión de la oportunidad pastoral de las beatificaciones y canonizaciones: más allá de la demostración de la verdad doctrinal y del requisito del milagro, hay un juicio prudencial sobre si el momento es oportuno. Preguntado por si el “contexto” (lo que algunos llaman «políticamente correcto») puede influir en las causas —por ejemplo en la controversia que rodea a personajes históricos como Isabel la Católica—, respondió reconociendo que la oportunidad puede ser medida por la Congregación y, en última instancia, por el Papa; que la evaluación prudencial sirve para evitar que una beatificación provoque daños mayores que los bienes que puede aportar, y que a veces conviene esperar para no instrumentalizar la causa o suscitar reacciones contraproducentes. Señaló que los historiadores y la presentación contextualizada de los documentos son claves para disipar bulos y encuadrar correctamente a figuras complejas de la historia. Concretó que la Iglesia “no beatifica ni canoniza a nadie contra alguien”, que se procura siempre evitar que una celebración reabra odios y que, en consecuencia, la pedagogía, la catequesis y el trabajo de calma y aclaración son tareas imprescindibles de la diócesis promotora.

El obispo insistió finalmente en la idea central que hilvanó toda su lección: detrás de cada causa hay una historia de amor de Dios con una persona concreta, una biografía que la Iglesia estudia para discernir, reconocer y proponer. Invitó a los alumnos a formarse con rigor técnico y con hondura espiritual, porque “si no se hace bien desde el principio, después hay que volver atrás y sanear lo que no se haya trabajado adecuadamente”. Concluyó deseando que el curso fuera provechoso, que animara a los participantes a profundizar en las herramientas técnicas y humanas de las causas y que, sobre todo, despertara en ellos “más ganas de ser santos”.

Tras la lección se abrió un turno de preguntas en el que se abordaron cuestiones técnicas y pastorales: cómo valorar la fama de signos en entornos secularizados (si la ausencia de rezo en una sociedad atea descarta la posibilidad de reconocer la santidad local), cuáles son los criterios para que un proceso no quede archivado definitivamente, y cómo afrontar las dificultades prácticas del trabajo de archivo y testimonio cuando faltan documentos. Monseñor Demetrio respondió con precisión: en el fondo no se discute si una persona es santa —esa es una cuestión de Dios—, sino si es conveniente “ponerla en el candelero” para que su vida alumbre a otros; y sobre el archivo de causas, recordó que algunas se archivan por razones procedimentales o por falta de documentación pero pueden reactivarse cuando las circunstancias cambian.

El curso, coordinado por Lourdes Grosso y Alberto Fernández, se dirige a quienes intervienen directamente en las causas (actores y postuladores), a quienes desempeñan oficios en las diócesis (delegado, promotor de justicia, notario) y a especialistas llamados a intervenir en los procesos (teólogos, historiadores, médicos), así como a cuantos desean profundizar en estas temáticas. La Facultad insiste en combinar exigencia científica, fidelidad a las normas eclesiales y sensibilidad pastoral, y en formar profesionales capaces de acompañar las causas con competencia técnica y espíritu de servicio.