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Este martes, durante una conferencia en la UESD, el profesor invitado Matthias Armgardt—jurista e historiador especializado en leyes antiguas— propuso revisar críticamente el modelo documental clásico de interpretación de la Torá. Basándose en análisis legales e históricos, cuestionó las hipótesis dominantes desde el siglo XIX y defendió la necesidad de fundamentar las teorías exegéticas en evidencias sólidas.

«Me gustaría abogar por un cambio de paradigma en la investigación sobre el Pentateuco», afirmó el ponente al inicio de su intervención en San Dámaso. El profesor, especialista en historia del Derecho bíblico y rabínico, subrayó que «la Torá contiene leyes y, por lo tanto, puede y debe compararse con otros sistemas jurídicos de la Antigüedad».

En su exposición, recordó que desde el siglo XIX el modelo documental desarrollado por Julius Wellhausen ha dominado los estudios sobre la composición de la Torá. Sin embargo, según explicó, este paradigma ha perdido consistencia con el avance de la investigación jurídica e histórica: «El cambio de Elohim a Yahvé no es accidental, sino intencional», recordó citando las críticas del estudioso Umberto Cassuto. «Las bases de la hipótesis documental no resultan convincentes», añadió.

El profesor destacó que, en la tradición académica alemana, aún se sostiene que Deuteronomio fue redactado en el siglo VII a.C., durante el reinado del rey Josías, mientras que el resto del Pentateuco se habría compuesto en época exílica o posexílica. «Este modelo carece de pruebas externas sólidas», afirmó. Al analizar los tratados de vasallaje neoasirios y otras fuentes jurídicas del primer milenio a.C., concluyó que «no hay evidencias convincentes que justifiquen esta datación».

Por el contrario, su investigación ofrece «fuertes indicios circunstanciales» que apuntan a una composición en el segundo milenio a.C., apoyándose en paralelos jurídicos con el Código de Hammurabi y el Código de Eshnunna, así como en estructuras de tratados internacionales de la época hitita. «Los datos deben respetarse, no manipularse para que encajen en una teoría», subrayó. Al final de su conferencia, propuso una «teoría de evaluación racional de las pruebas históricas» que priorice la evidencia textual y jurídica frente a las construcciones teóricas. «Quien argumenta contra los datos tiene la carga de la prueba», concluyó.

A continuación, el ponente subrayó que «existen infinitas posibilidades y solo una de ellas es verdadera». Por eso —insistió—, la tarea de la investigación histórica consiste en mostrar qué teoría es más probable a la luz de todas las evidencias disponibles y en equilibrar las probabilidades de las diferentes soluciones.

En ese contexto, formuló lo que denominó el teorema fundamental de una teoría de la evolución racional de la evidencia: «Para todo X (posible hecho histórico), si existe una fuente Y que afirma X y si existe un modelo o teoría Z que afirma no-X, entonces la probabilidad histórica de X es mayor que la de no-X.» Según explicó, esta afirmación puede expresarse de forma precisa mediante lógica de predicados, pero su sentido es claro: una fuente histórica directa tiene más peso probabilístico que un modelo contrario.

A continuación, presentó una segunda formulación, más completa, que incluye la evidencia externa: «Para todo X, si existe una fuente Y que afirma X, y si además existe una evidencia externa Y’ que también afirma X, y si existe un modelo Z que afirma no-X, entonces la probabilidad histórica de X es mucho mayor que la de no-X

El conferenciante añadió que una teoría completa de la evolución racional de la evidencia tendría que ser mucho más robusta, pero «estos dos teoremas son suficientes para esta presentación». Y concluyó con humor: «Y mi observación final es: no crean a los alemanes».

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Después de la exposición, se abrió un diálogo vivo con los asistentes. Un arqueólogo señaló que las nuevas excavaciones arqueológicas —por ejemplo, en Tel Hatzor— están arrojando cada vez más luz sobre el contexto histórico de los relatos bíblicos. Comentó que se han hallado tablillas cuneiformes de contenido jurídico que confirman la existencia de una escuela de escribas vinculada al reino amorreo de Hammurabi y su famoso código, lo que muestra un flujo cultural intenso en la zona en el II milenio a.C. «Es sorprendente —dijo— que, en lugar de pensar en los personajes bíblicos como mitos, estemos cada vez más convencidos de que son figuras históricas reales.» El profesor ponente respondió valorando positivamente estos hallazgos y subrayó: «Ninguna teoría es más fuerte que las pruebas arqueológicas que la contradicen».

Una de las preguntas se centró en la relación entre el descubrimiento del libro en el templo y Deuteronomio durante el reinado de Josías. El ponente reconoció que hay un vínculo claro entre ese hallazgo y la reforma religiosa que siguió, pero subrayó que la cuestión crucial es cuándo fue escrito el texto: «La explicación más sencilla es que encontraron un libro que ya existía. Esto contradice la teoría —muy extendida en Alemania— de que fue escrito en ese momento. No tenemos pruebas para esa afirmación. Lo más probable, por la evidencia interna y externa, es que el texto provenga del segundo milenio antes de Cristo». Insistió, a su vez, en que la ausencia de referencias a Jerusalén en Deuteronomio constituye un argumento fuerte a favor de esta datación más temprana.

Otro participante preguntó por la relación entre la tradición oral y la escrita. El ponente respondió que ambas coexistieron desde muy temprano y recordó la existencia de códigos legales sofisticados como el Código de Hammurabi, que demuestran la práctica extendida de redactar leyes en estructuras lógicas tipo “si… entonces”. «No tengo ninguna dificultad en aceptar que Moisés —formado en Egipto— pudiera escribir. No todos sabían leer y escribir, pero sí existía una élite instruida en Israel. Y esto basta para sustentar una tradición escrita de la ley».

En la parte final, el conferenciante abordó la cuestión metodológica: para él, la diferencia entre la argumentación jurídica y la histórica no es esencial. «Las reglas para evaluar evidencia histórica no difieren de las del derecho. En ambos casos hay que demostrar, no solo imaginar posibilidades. Las teorías contrarias, si no tienen evidencia fuerte, no pueden sustituir a las más probables.»

Recordó que muchos paradigmas críticos dominantes en el siglo XIX se formularon en un contexto alemán protestante, cuando se conocía mucho menos sobre Oriente Próximo. Hoy, dijo, «sabemos mucho más y debemos usar ese conocimiento». Por eso propuso la creación de una conferencia sobre métodos en la investigación teológica: «Necesitamos una herramienta que nos obligue a ser más racionales en nuestra argumentación. La fe no está reñida con los hechos; al contrario, los hechos y la fe pueden ir de la mano.»

En la sesión de preguntas finales se abordaron además las implicaciones para el estudio del Nuevo Testamento. El profesor subrayó que este también debe leerse en continuidad con el Antiguo Testamento y con el pensamiento rabínico de su tiempo: «Fue un gran error de los teólogos alemanes del XIX leer los textos con ojos de filósofos griegos. Están escritos por judíos, y para comprenderlos bien hay que entender su contexto judío.»

También explicó por qué citó críticamente al especialista Thomas L. Thompson y, sobre todo, al veterano minimalista J. V. Seters —quien en sus últimos años reconoció los límites de la hipótesis minimalista—, gesto que valoró como un acto de honestidad intelectual. «Es interesante ver que incluso quienes trabajaron durante décadas en un paradigma pueden reconocer al final que estaban equivocados», apuntó.

La conferencia concluyó con un clima de gran interés académico y con el deseo de seguir avanzando en métodos racionales de evaluación de la evidencia histórica y teológica.