Madrid, 19 de febrero de 2026. En el marco del seminario permanente «Cristianismo y cambio de época», la UESD celebró en el Salón de Actos del Seminario Conciliar una conferencia abierta dedicada a reflexionar sobre uno de los conceptos más decisivos del pensamiento contemporáneo: la dignidad de la persona. El acto reunió al rector de la Universidad Francisco de Vitoria, al vicerrector de la Universidad Complutense, al presidente de CUNEF, al decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la Universidad San Pablo CEU, a catedráticos y profesores de otras universidades, a diputados de la Asamblea de Madrid y representantes del Ayuntamiento, al presidente y vicepresidenta de la Fundación Tatiana (cuyo patrocinio hizo posible el encuentro), a directores de grupos editoriales y medios de comunicación, así como a patrocinadores, profesores, alumnos y numerosos asistentes.
La sesión, celebrada a las 19:00 h, consistió en un diálogo entre Javier Gomá Lanzón, director de la Fundación Juan March y uno de los pensadores españoles más influyentes del momento, y José Antúnez Cid, decano de la Facultad de Filosofía de la UESD. La conferencia concluyó con una intervención final del cardenal arzobispo de Madrid y gran canciller de la UESD, D. José Cobo Cano, que ofreció una lectura cristiana del alcance humano y social de la dignidad en el contexto del actual “cambio de época”.
La UESD, espacio para un diálogo sereno sobre las grandes cuestiones

En su intervención inicial, el rector, Nicolás Álvarez de las Asturias subrayó la identidad y misión de la UESD, institución cuyo titular es la Archidiócesis de Madrid, y su aportación al panorama universitario a través de la investigación, la docencia y la transferencia de conocimiento en aquellas ciencias más estrechamente relacionadas con el fenómeno del cristianismo. En ese marco, destacó la necesidad de un diálogo público sereno y fecundo sobre las cuestiones que afectan a la persona y a la sociedad, y explicó que este curso dicho diálogo se ha concretado en un seminario sobre el futuro de Europa con participación de profesores de universidades madrileñas, abordando desafíos geopolíticos, tecnológicos, sociales, éticos y antropológicos desde el patrimonio intelectual cristiano.
Esa perspectiva —señaló— justifica la centralidad del tema elegido: la dignidad como categoría capaz de articular la relación entre la persona y la comunidad política, garantizando la primacía de la primera y orientando el ejercicio del poder. Precisamente por su presencia habitual en el discurso público, advirtió, existe el riesgo de que su fuerza fundante se debilite o se vacíe de contenido. De ahí también el cambio de formato: del diálogo interno del seminario a una conversación abierta que permitiera que esta cuestión resonara en espacios más amplios, en el mundo universitario y en la sociedad.
Javier Gomá: la dignidad como resistencia y como “lo que estorba”

Javier Gomá abrió su exposición con una imagen sugerente sobre la tarea filosófica: además de “dar luz”, también puede “dar calor”; no solo iluminar el entendimiento, sino mover el corazón hacia una vida transformada. Desde ahí presentó su tesis: aunque la palabra “dignidad” está en todas partes, es una realidad “que todo el mundo siente, pero nadie define”, y por eso se vio obligado a proponer una definición. En su formulación, la dignidad es esa propiedad por la cual cada persona se constituye en “acreedora” y el resto en “deudores” de algo esencial: un respeto debido a una excelencia no intercambiable.
Apoyándose en una distinción clásica, recordó que lo que tiene precio puede ser sustituido por algo equivalente; lo que tiene dignidad, en cambio, no es intercambiable. De ahí su advertencia: el mayor delito contra la dignidad consiste en tratar lo que tiene dignidad como si tuviera precio, es decir, cosificar. A partir de este punto, Gomá trazó un recorrido cultural: de una visión premoderna —“cósmica”— donde la verdad residía en el todo, a la modernidad marcada por la emergencia de la subjetividad, donde el individuo se convierte en nueva totalidad y la dignidad se predica de esa individualidad autorreferente.
En ese tránsito situó una de sus ideas más incisivas: la dignidad moderna no es solo individual, sino también conflictiva, porque introduce una novedad histórica: no basta con que el interés particular ceda ante el interés general; en la modernidad, también el interés general debe ceder cuando atropella la dignidad individual. Por eso le gusta definir la dignidad como resistencia: resistencia al despotismo, pero también —y aquí está lo característico— resistencia al progreso y al bien común cuando exigen sacrificar a los vulnerables. En términos provocadores, habló de la dignidad como “lo que estorba” a los planes racionales incluso cuando parecen buenos, porque frena la lógica del “más rápido” para proteger a quienes, humanamente hablando, “no sirven para nada”, pero cuya atención dignifica a la humanidad.
Una dignidad que no depende de nada

El diálogo avanzó hacia un punto decisivo: la dignidad igualitaria del siglo XX, entendida como un atributo que no depende de nada —ni mérito, ni capacidad, ni condiciones— y pertenece de modo pleno a todo hombre y mujer por el hecho de serlo: irrenunciable, inviolable, universal. De ahí la distinción que Gomá propuso entre dignidad ontológica (la que todo ser humano posee) y dignidad pragmática (la coherencia de la vida con esa dignidad). Puede existir una dignidad infinita y, a la vez, una conducta indigna: por eso, la dignidad no se reduce a comportamiento, aunque lo interpela.
Con su estilo característico, Gomá formuló también la tensión interior de la condición humana: el ser humano posee “conciencia del ángel” y, sin embargo, “destino del gusano”; una escisión que, si se abstrae de la esperanza religiosa, configura una tragedia interior. En ese contexto, afirmó que, para el hombre moderno, lo supremo no es tanto “ser felices” como ser dignos de ser felices, incluso cuando la felicidad no es posible. Puso un ejemplo extremo: en una fila que conduce a un crematorio, no puede hablarse de felicidad, pero sí de dignidad y de un comportamiento acorde con ella.
El tramo final dejó una de las frases que más resonaron entre los asistentes: «Vive de tal manera que tu muerte sea escandalosamente injusta». Para Gomá, el arte de vivir consiste en imprimir una forma singular e insustituible a la propia vida, de modo que la muerte, cuando llegue, aparezca como un atropello intolerable y como un empobrecimiento absurdo del mundo. Y cerró reafirmando su propósito intelectual: aspirar a dar luz y calor; no considerarse neutral, sino entender su obra como una “militancia” a favor de la dignidad, evitando “enfriar la llama” que calienta el corazón de la gente.
José Antúnez: persona, tradición cristiana y urgencias del presente

En su respuesta, José Antúnez subrayó la actualidad pública del tema y su urgencia vital: desde la dignidad como primer artículo de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, hasta los debates sobre migraciones, discriminaciones, independencia de la justicia, inteligencia artificial, vigilancia y “dignidad digital”. A su juicio, el concepto puede ser criticado por vago o vacío, pero precisamente por eso exige un trabajo de clarificación y arraigo en la experiencia humana.
Desde una tradición cristiana —no meramente teológica, sino también vital y cultural—, Antúnez vinculó la dignidad a la noción de persona: “soy un quién, no un qué”, es decir, no soy una cosa. Esa distinción, señaló, abre una mirada más tierna y amorosa al individuo humano y alimenta el sentido de la singularidad irrepetible de cada vida. En el diálogo, planteó también una pregunta central: si la muerte es el gran escándalo donde todo sistema de pensamiento “toca”, ¿de dónde se saca energía para sostener una vida digna, especialmente en situaciones de desgaste, dolor o agotamiento? La cuestión, dijo, no es solo conceptual, sino existencial.
Gomá respondió desde su idea de la educación sentimental: la moral, sostuvo, se apoya en lo que una sociedad considera evidente, y esas evidencias cambian. A veces, lo decisivo no es una definición, sino una reacción moral ante la violación de la dignidad: en ese sentido, habló del asco como motor moral cuando una injusticia deja de ser invisible. Puso como ejemplo el papel de la literatura en el siglo XIX para hacer perceptible el atropello contra la dignidad de las mujeres: la novela, más que la teoría, enseñó a sentir lo que antes estaba normalizado. También desarrolló una distinción pedagógica sugerente: la educación forma profesionales, pero debe formar, antes aún, ciudadanos; y ciudadano es quien siente la propia dignidad y la dignidad ajena. Para ello, defendió el valor de disciplinas humanísticas que quizá no sirven de modo directo para una profesión, pero sí educan el corazón para reconocer la dignidad.
El cardenal José Cobo: “Antes del derecho está la vida”

En la intervención final, el cardenal José Cobo Cano conectó el diálogo con el tiempo presente, marcado —en palabras del papa Francisco— por un verdadero “cambio de época”, con nuevos “continentes” como lo digital y la inteligencia artificial. Desde la tradición cristiana, evocó el sermón de fray Antonio de Montesinos (1511) como uno de los momentos más significativos de la conciencia moral moderna: una denuncia nacida no de una elucubración teórica, sino de la contemplación de la vida herida y de la escucha del Evangelio. Esa clave le permitió subrayar una secuencia decisiva: “Antes del derecho está la vida; antes de la formulación conceptual, el reconocimiento moral”. La dignidad humana —insistió— no se inventa ni se concede: se reconoce.
Desde la antropología cristiana, recordó el fundamento creacional (“a imagen de Dios… varón y mujer”), la afirmación de que la persona no vale por lo que tiene ni produce, sino por lo que es, y el carácter universal e inexpropiable de la dignidad. Destacó que la dignidad ontológica pertenece a todo ser humano más allá de cualquier circunstancia y subrayó la exigencia ética que se deriva: respeto, reconocimiento y rechazo de toda forma de cosificación o deshumanización. En un punto especialmente significativo, recordó también un elemento bíblico de gran fuerza: incluso quien ha cometido el mal no pierde su condición de criatura; la dignidad es anterior al mérito moral.
Finalmente, propuso dos notas para un cristianismo verdaderamente integral en la esfera pública: la defensa de la vida en todas sus etapas y la atención a las condiciones sociales que permiten vivir con dignidad (vivienda, trabajo, reconocimiento efectivo de derechos), sin olvidar la dimensión comunitaria y relacional de la persona. Frente a modelos que uniforman y excluyen desde la lógica del poder, invitó a una “lógica del encuentro” capaz de unir sin borrar diferencias, articulando unidad y diversidad desde la dignidad humana, el diálogo intercultural y el lugar especial de los pobres en la vida de la Iglesia.
La conferencia concluyó con un agradecimiento a los ponentes y asistentes, y con una invitación a seguir haciendo crecer un diálogo que aspira a “unir, armonizar y descubrir lo realmente fundamental”, colocando a la persona en el centro y abriendo caminos de pensamiento y acción para habitar el tiempo nuevo.
