El profesor de la UESD Daniel Escobar, especialista en Liturgia, ha publicado una tribuna en Alfa y Omega en la que profundiza en el sentido comunitario de la celebración cristiana durante la Cuaresma. En su artículo, el profesor propone releer este tiempo litúrgico no como un conjunto de prácticas aisladas o meramente ascéticas, sino como un itinerario eclesial orientado hacia su culmen: la celebración del Triduo Pascual, misterio de la pasión, sepultura y resurrección del Señor.
Escobar invita a situar el punto de partida de la Cuaresma en su meta final. Desde esta perspectiva, el tiempo cuaresmal no constituye un fin en sí mismo, sino que ofrece los medios —especialmente a través de la celebración litúrgica— para redescubrir un camino de conversión que es, al mismo tiempo, encuentro con Dios y con los hermanos. La Cuaresma aparece así como una experiencia que se vive en el seno de la Iglesia y que conduce a una conformación más plena con Cristo.
La liturgia, antídoto frente al individualismo
En su reflexión, el profesor de la UESD conecta esta lectura con los desafíos culturales actuales. Recogiendo una reciente intervención del Papa ante sacerdotes en Madrid, subraya la necesidad de leer el presente en su contexto social, marcado por un fuerte individualismo. Frente a esta tendencia, la liturgia cristiana se presenta como un auténtico antídoto, ya que se expresa en gestos y oraciones que remarcan su carácter esencialmente comunitario.
Escobar advierte del riesgo de reducir la vivencia de la fe a una suma de experiencias religiosas privadas, en las que la fe queda valorada exclusivamente por la intensidad subjetiva con la que se siente. En cambio, la celebración litúrgica sitúa siempre al creyente dentro de un “nosotros” eclesial. Por eso, cualquier cambio o añadido que diluya este carácter comunitario puede desfigurar la transmisión misma de la fe.
Desde esta clave, el autor señala que la Cuaresma no debe entenderse simplemente como un periodo de prácticas anuales centradas en la respuesta humana —ayuno, oración, limosna—, sino como un tiempo en el que predomina la iniciativa divina. La expresión litúrgica “sacramento cuaresmal” refleja precisamente este equilibrio: es el Señor quien toma la iniciativa de purificar a su Iglesia y de conducirla hacia la Pascua.
Una teología del tiempo y del caminar juntos
El artículo destaca también la dimensión teológica del tiempo litúrgico. La Cuaresma no es un paréntesis espiritual, sino un tiempo alcanzado por la acción de Cristo y abierto al Reino de Dios. En él, los fieles no caminan de manera aislada, sino como pueblo, avanzando juntos en un proceso de configuración con el Señor.
En este sentido, el profesor Escobar recoge dos palabras que el Papa León XIV ha subrayado en su mensaje para esta Cuaresma: “escuchar” y “juntos”. La conversión no es solo una llamada individual, sino una invitación comunitaria. La fórmula que acompaña la imposición de la ceniza —«Convertíos y creed en el Evangelio»— no es una incoherencia gramatical, sino una expresión del carácter eclesial de la salvación: el Reino de Dios no se circunscribe a una relación privada, sino que convoca a un pueblo.
Escuchar y contemplar como Iglesia
El profesor de la UESD detiene su atención en el segundo domingo de Cuaresma, con la proclamación del Evangelio de la Transfiguración. La escena del Tabor ilumina el camino cuaresmal al mostrar anticipadamente la gloria pascual. La oración litúrgica de ese día —«Oh Dios, que nos has mandado escuchar a tu Hijo amado, alimenta nuestro espíritu con tu Palabra»— pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha.
Escuchar la Palabra no es un acto meramente individual, sino una experiencia eclesial que purifica el corazón y dispone a la Iglesia para la visión de la gloria. La Palabra recibida en la celebración alimenta y transforma, preparando a los fieles para participar plenamente en la alegría de la Resurrección. En esta dinámica, la Iglesia no solo escucha, sino que también contempla, y al contemplar refleja el esplendor de la gloria de Dios.
En definitiva, la tribuna de Daniel Escobar ofrece una lectura profundamente eclesial de la Cuaresma, recordando que este tiempo no se reduce a un esfuerzo personal de mejora moral, sino que constituye un camino comunitario de purificación y esperanza, en el que Dios toma la iniciativa y conduce a su Iglesia hacia la plenitud de la Pascua.
