El vicerrector de la UESD y catedrático de Evangelización y Catequesis analiza en una entrevista con Alfa y Omega el crecimiento del bautismo de adultos, la recuperación del catecumenado y el cambio pastoral que supone acompañar a quienes se acercan a la fe en la juventud o en la edad adulta. Carvajal, recientemente renovado como miembro de la Comisión Internacional de Catequesis de la Santa Sede, reclama una catequesis que no se limite a transmitir contenidos, sino que sea capaz de entrar en diálogo con la vida.
Hay cifras que, más allá de la estadística, anuncian un cambio. En Madrid, 540 adultos han recibido el Bautismo en lo que va de año. En España, por otra parte, en 2024 fueron bautizados el 46 % de los niños nacidos. Dos datos que, leídos conjuntamente, dibujan para Juan Carlos Carvajal un escenario pastoral diferente al de unas décadas atrás: una sociedad en la que cada vez serán más quienes lleguen a los sacramentos de iniciación cristiana no durante la infancia, sino siendo jóvenes o adultos.
Sobre esta realidad y sus consecuencias reflexiona el vicerrector de la Universidad Eclesiástica San Dámaso (UESD) y catedrático de Evangelización y Catequesis en una amplia entrevista publicada por el semanario Alfa y Omega. El diálogo coincide, además, con su renovación por otros cinco años como miembro de la Comisión Internacional de Catequesis de la Santa Sede, organismo en el que ya había participado durante el mandato anterior.
La cuestión de fondo recorre toda la conversación: ¿cómo anuncia y transmite la fe la Iglesia cuando el contexto social que durante generaciones acompañaba de manera casi natural la iniciación cristiana deja de hacerlo? La respuesta de Carvajal no pasa simplemente por adaptar materiales o modificar programas. La transformación, según se desprende de sus palabras, es bastante más profunda: afecta a la comprensión misma de la catequesis, al papel de las comunidades cristianas, a la formación de los catequistas y a la manera de acompañar la libertad y la experiencia vital de cada persona.
Una comisión al servicio de la catequesis de la Iglesia
Carvajal comienza explicando el trabajo de la Comisión Internacional de Catequesis, creada por san Pablo VI en 1973, en el contexto de la renovación pastoral posterior al Concilio Vaticano II. Su misión fundamental es estudiar las principales cuestiones relacionadas con la catequesis y favorecer el intercambio entre especialistas y la Sede Apostólica. Actualmente depende del Dicasterio para la Evangelización, dentro de la sección dedicada a las cuestiones fundamentales de la evangelización en el mundo.
Su propia composición muestra el carácter universal de esta reflexión. En el mandato anterior, explica Carvajal, la integraban quince personas procedentes de distintos continentes, entre ellas obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos.
Pero el horizonte universal de la Iglesia tiene una traducción muy concreta en la realidad española. Y es ahí donde la entrevista se detiene con especial atención.
Cuando el Bautismo llega en la edad adulta
Durante mucho tiempo, la imagen habitual de la iniciación cristiana estuvo asociada a la infancia: el Bautismo en los primeros meses de vida, la catequesis de Primera Comunión unos años después y, más tarde, la Confirmación. Ese recorrido sigue existiendo, pero ya no puede darse por supuesto como itinerario de toda una generación.
Carvajal recuerda que, según los datos de la Conferencia Episcopal que cita en la entrevista, en 2024 fue bautizado el 46 % de los niños nacidos en España. Para el profesor de San Dámaso, este descenso permite anticipar una consecuencia: una parte creciente de la población se encontrará con la posibilidad del Bautismo, la Confirmación o la Eucaristía cuando sea ya joven o adulta.
Madrid ofrece ya un indicio significativo de ese fenómeno: 540 adultos bautizados en lo que va de año. Carvajal considera que la tendencia supone «un verdadero reto para la praxis pastoral de la Iglesia».
No se trata, sin embargo, de inventar desde cero una respuesta. El vicerrector de la UESD recuerda que el Concilio Vaticano II, a través de Sacrosanctum Concilium, restauró el catecumenado dividido en etapas y que posteriormente la Santa Sede publicó el Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos. Desde entonces, tanto el magisterio como la reflexión catequética han situado el catecumenado bautismal en un lugar central y lo han presentado incluso como referencia para otros procesos de iniciación cristiana.
La dificultad aparece en el salto de los documentos a la vida cotidiana. Carvajal reconoce la distancia existente entre aquella propuesta y su incorporación efectiva a la pastoral ordinaria de las parroquias.
Madrid pone el catecumenado entre sus prioridades
En este contexto se entiende la decisión de la Iglesia de Madrid de situar el catecumenado de adultos entre sus prioridades pastorales del nuevo curso.
Según explica Carvajal, el arzobispo de Madrid, el cardenal José Cobo, ha considerado necesario promover e instaurar el catecumenado bautismal de adultos en la diócesis como respuesta a la transformación sociológica y en continuidad con las orientaciones del magisterio pastoral.
El paso tiene para Carvajal una doble importancia. Por una parte, permite responder al grupo creciente de jóvenes y adultos que piden recibir el Bautismo. Por otra, el catecumenado puede servir como marco para pensar también otros itinerarios: los de niños, adolescentes y jóvenes, pero también los de adultos ya bautizados que buscan revitalizar su fe y renovar su relación con la Iglesia.
Detrás de esta propuesta late una cuestión decisiva: si cambia la forma de llegar a la fe, necesariamente tendrá que cambiar también la manera de acompañarla.
La catequesis no es solamente cosa de niños
¿Ha superado la Iglesia la identificación de la catequesis con la infancia? La respuesta de Carvajal es inequívoca: «En la práctica, no».
Las parroquias siguen convocando principalmente a niños para la preparación de la Primera Comunión y a adolescentes y jóvenes para la Confirmación. Existen propuestas para adultos, reconoce, pero todavía tienen un carácter excepcional. El problema, además, no consiste solamente en la edad de los destinatarios. Carvajal apunta hacia una cuestión de mayor calado: muchas propuestas catequéticas oscilan entre lo metodológico y lo doctrinal, sin llegar a convertirse plenamente en un itinerario catequético, litúrgico y espiritual de conversión.
En esa perspectiva, aprender contenidos forma parte del camino, pero no constituye su destino final.
La iniciación cristiana, explica el profesor, no puede reducirse a preparar a alguien para recibir los sacramentos. Su objetivo es introducirlo en la vida cristiana y eclesial para que, dentro de una comunidad, pueda aprender progresivamente a pensar, sentir, actuar y esperar desde su relación con Jesucristo.
El propio Carvajal lo explica con ejemplos concretos. Enseñar las oraciones cristianas es necesario, pero el objetivo último no consiste en memorizar fórmulas, sino en aprender a orar desde la condición filial de Jesús. Del mismo modo, enseñar el credo no debería agotarse en conocer sus artículos, sino conducir a una transformación de la mirada sobre el mundo, la propia vida y la historia desde la fe.
La catequesis aparece así no como una clase añadida a la vida, sino como un camino que aspira a tocarla por dentro.
Religión y catequesis: contenidos comunes, finalidades distintas
Esta comprensión permite también a Carvajal distinguir entre la enseñanza religiosa escolar y la catequesis. Ambas pueden compartir contenidos, pero no persiguen exactamente lo mismo.
La enseñanza de la Religión en la escuela, señala, aborda principalmente los contenidos doctrinales en diálogo con la cultura. La catequesis, en cambio, pretende promover la fe y la vida cristiana, integrando esos contenidos con experiencias que permitan vivirlos.
De ahí una de las afirmaciones destacadas de la entrevista: «La clase de Religión y la catequesis comparten contenidos, pero difieren en finalidad».
Para Carvajal, la dimensión doctrinal sigue siendo esencial, pero la catequesis tiene además como finalidad favorecer el encuentro con Dios mediante la práctica y la experiencia de la vida cristiana.
Del catequista que explica al catequista que acompaña
Este planteamiento conduce inevitablemente a otra pregunta: ¿qué clase de catequista necesita una Iglesia que quiere acompañar procesos de fe de jóvenes y adultos?
La respuesta vuelve a desplazar el centro desde el método hacia la experiencia. Para Carvajal, solamente alguien que ha vivido el encuentro con Cristo y posee una experiencia de fe puede acompañar a otra persona en el camino que la Iglesia le confía. Al mismo tiempo, advierte de un riesgo frecuente: la separación entre la propia experiencia creyente del catequista y la catequesis que siente que «tiene que dar», muchas veces construida alrededor de un material y una programación previamente establecidos.
La diferencia se vuelve especialmente evidente cuando el interlocutor ya no es un niño.
Con niños y adolescentes, explica, el componente pedagógico tiene un peso mayor. Con jóvenes y adultos, en cambio, la dinámica debe ser mucho más dialogal. Quien llega a la catequesis con treinta, cuarenta o cincuenta años no llega como una página en blanco: lleva consigo decisiones, heridas, experiencias familiares, preguntas, dudas, convicciones y una determinada manera de mirar el mundo.
Por eso, limitarse a seguir un manual puede convertirse en un obstáculo. Carvajal advierte de que, cuando el catequista se refugia exclusivamente en el material, encuentra mayores dificultades para presentarse ante jóvenes y adultos como testigo del Evangelio.
De ahí que la formación del catequista deba cuidar su propia experiencia creyente. En palabras destacadas por la entrevista, «la formación debe incidir en la experiencia de fe de los catequistas». Esa experiencia, añade, debe ser viva y eclesial, pero también debe capacitarlos para comunicar la fe mediante un lenguaje actual capaz de iluminar la experiencia de los hombres y mujeres de hoy.
Una fe que dialogue con las preguntas de la vida
Y cuando el adulto toma la palabra, aparecen las grandes preguntas.
El sufrimiento. La sexualidad. Las diversas realidades familiares. La ciencia. La muerte. El sentido de la vida. La entrevista plantea expresamente a Carvajal cómo debe responder la catequesis cuando un adulto llega con estas cuestiones, no como problemas teóricos, sino desde su propia biografía. Para el vicerrector de San Dámaso, esos asuntos deben estar presentes. Excluirlos significaría, en la práctica, dejar fuera de la fe una parte esencial de la vida y de las preocupaciones reales de los adultos.
La catequesis, sostiene, tiene que establecer un diálogo entre la experiencia humana y el Evangelio, haciendo posible que la fe ilumine las grandes cuestiones que preocupan al hombre contemporáneo.
A partir de ahí propone un doble movimiento: presentar de manera viva y actual aquello que la Iglesia cree, vive y propone y, simultáneamente, acompañar los distintos ritmos de las personas en el camino de la fe. Esto afecta, precisa, a todos los ámbitos de la existencia: desde el económico hasta el afectivo y sexual, el familiar o el social.
Aparece aquí una palabra que quizá sea una de las claves de toda la entrevista: acompañar.
Porque, en la perspectiva de Carvajal, la catequesis presenta una propuesta, pero no fuerza la respuesta. Necesita tiempo para acompañar la libertad de quien comienza ese camino. Por eso insiste en su carácter procesual: la fe no se reduce a completar un temario ni la iniciación termina simplemente cuando llega la fecha de un sacramento.
Toda una Iglesia implicada en el catecumenado
El último gran desafío señalado por Carvajal es de carácter eclesial.
El itinerario común de catecumenado de adultos que Madrid quiere comenzar a desarrollar no puede quedar en manos de un pequeño grupo especializado. Para el equipo diocesano, explica, una de las principales preocupaciones es precisamente conseguir una verdadera articulación entre los distintos ámbitos de la Iglesia.
En la iniciación de los adultos deben implicarse las comunidades eclesiales de las que proceden, las parroquias que se convierten en su referencia y la catedral como expresión de la Iglesia diocesana y de su vínculo con el obispo. Durante este curso se darán los primeros pasos para favorecer esa colaboración.
Carvajal no oculta la dificultad. En una diócesis como Madrid, reconoce, esa articulación resulta especialmente compleja y constituye un verdadero reto. Pero precisamente ahí parece situarse una de las intuiciones fundamentales de todo el proyecto: quien llama a la puerta de la Iglesia para pedir el Bautismo no inicia solamente un proceso de formación individual. Entra en una comunidad.
La fotografía que deja la entrevista es, por tanto, la de una realidad que se mueve. Menos bautismos en la infancia y más personas que preguntan por la fe desde la edad adulta; parroquias acostumbradas durante décadas a determinados itinerarios que necesitan aprender otros modos de acompañamiento; catequistas llamados no solo a enseñar, sino también a escuchar y dar testimonio; y una Iglesia que encuentra en el antiguo catecumenado una herramienta para afrontar preguntas profundamente contemporáneas.
En medio de ese cambio, la reflexión de Juan Carlos Carvajal devuelve la catequesis a una palabra que atraviesa toda la tradición cristiana: camino. Un camino en el que enseñar sigue siendo necesario, pero en el que no basta enseñar; en el que la doctrina importa, pero debe encontrarse con la existencia; y en el que acompañar la respuesta libre de cada persona exige tiempo, comunidad y una fe que pueda ser comunicada no solo con conceptos, sino también con la vida.