El profesor Gabriel Richi, de la UESD, ha publicado en Alfa y Omega un artículo en el que reflexiona sobre las ordenaciones episcopales realizadas por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y las excomuniones derivadas de este acto, situando el acontecimiento dentro de una cuestión teológica de fondo: el significado de la comunión eclesial.
Bajo el título “La herida del cisma y la llamada a redescubrir la comunión”, Richi propone una lectura que va más allá de la repercusión mediática del caso. Para el profesor de San Dámaso, este episodio constituye una ocasión para renovar la conciencia de que la unidad de la Iglesia no es un elemento secundario de la fe, sino uno de los dones más preciosos confiados por Cristo a su Iglesia.
En su artículo, Richi recuerda que el cisma no puede entenderse simplemente como una diferencia disciplinar o como una discrepancia de sensibilidades, sino como una ruptura de la comunión visible con la Iglesia. Esta unidad, señala, no nace de un consenso humano ni de una organización eficaz, sino de la entrega de Cristo, que en la Última Cena pidió al Padre que sus discípulos fueran uno “para que el mundo crea”.
El texto subraya también la dimensión sacramental del ministerio episcopal. Los obispos no forman un cuerpo autónomo, sino una comunión cuya cabeza es el sucesor de Pedro. Por ello, conferir el episcopado al margen de esa comunión supone actuar contra la propia estructura sacramental del ministerio episcopal y contra el principio visible que custodia la autenticidad de la tradición.
Richi se detiene asimismo en el sentido de las penas canónicas en la Iglesia. La excomunión, recuerda, no busca excluir como mero castigo, sino ayudar a tomar conciencia de la gravedad de una ruptura y favorecer el camino de la reconciliación. Tiene, por tanto, una finalidad medicinal, orientada a la conversión y al retorno a la plena comunión eclesial.
El artículo aborda además una cuestión de especial importancia sacramental: la nota explicativa publicada junto al decreto de excomunión, en la que se recuerda que las absoluciones sacramentales y los matrimonios celebrados por ministros afectados por esta situación no son simplemente ilícitos, sino inválidos. A partir de este punto, Richi insiste en que la reconciliación con Dios nunca acontece al margen de la reconciliación con la Iglesia, y que los sacramentos no pueden separarse de la comunión eclesial que los sostiene.
La reflexión concluye con una llamada a todos los fieles a redescubrir el carácter eclesial de la vida cristiana. La fe, afirma el autor, no puede reducirse a una relación individual entre Dios y cada creyente, porque el Señor ha querido salvarnos incorporándonos a un pueblo. Desde esta perspectiva, la dolorosa herida del cisma se convierte también en una invitación a orar con mayor intensidad por la unidad de la Iglesia y a custodiar la comunión que Cristo quiso para los suyos.
Con esta publicación, Gabriel Richi ofrece una aportación teológica de actualidad sobre la fidelidad a la tradición, el ministerio episcopal, la comunión con el sucesor de Pedro y el sentido profundo de la vida cristiana como pertenencia eclesial.
