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El jueves 7 de mayo por la tarde se celebró una nueva sesión del Seminario permanente “Cristianismo y cambio de época”, que contó con la intervención de Higinio Marín Pedreño, profesor de Filosofía del hombre y de la cultura en la Universidad CEU Cardenal Herrera y rector de dicha universidad desde mayo de 2023.

La sesión estuvo dedicada a una reflexión filosófica y antropológica sobre la sexualidad humana, el deseo, la intimidad y la presencia, cuestiones que el ponente abordó desde una perspectiva amplia, en diálogo con la filosofía clásica, la antropología, la tradición cristiana y la experiencia humana del cuerpo.

Una sexualidad específicamente humana

Marín comenzó cuestionando una de las interpretaciones más extendidas sobre la sexualidad: la idea de que se trata de la dimensión más puramente animal del ser humano. Frente a esa comprensión, señaló que la sexualidad humana no puede entenderse simplemente como una pulsión biológica o como una conducta comparable sin más con la de otras especies.

El ponente explicó que, desde el punto de vista zoológico y etológico, la sexualidad humana presenta rasgos profundamente singulares. No está determinada exclusivamente por los ciclos de fertilidad, no se reduce al instinto reproductivo y no se comprende adecuadamente si se la separa de la libertad, la intimidad y la dimensión personal del cuerpo.

En este sentido, subrayó que el ser humano no vive la sexualidad solo como reproducción, sino como una realidad en la que intervienen el deseo, el conocimiento, la comunicación, la memoria, la promesa y la posibilidad de una presencia ofrecida al otro.

La extrañeza de la sexualidad humana

Uno de los primeros núcleos de la exposición fue la llamada “extraña sexualidad humana”. Marín advirtió que tanto las visiones permisivistas como ciertos puritanismos coinciden, aunque desde posiciones opuestas, en interpretar la sexualidad como una región básicamente animal que después sería corregida, reprimida o encauzada por la moral, la religión o las instituciones.

Frente a esta lectura, defendió que la sexualidad humana es precisamente atípica respecto al resto de los mamíferos. En el ser humano, el deseo sexual no queda limitado al momento fértil ni se explica únicamente desde la función procreativa. Esto permite comprender que la sexualidad tenga una finalidad más amplia, vinculada no solo a la generación de vida, sino también a la comunicación personal, a la intimidad y a la compañía.

Afinidades inesperadas con las aves

El ponente recurrió también a comparaciones procedentes de la zoología y la etología para mostrar la singularidad humana. Explicó que, en determinadas especies, la prematuridad de la prole y la complejidad del aprendizaje locomotor favorecen formas estables de vínculo entre los progenitores.

En este punto, Marín llamó la atención sobre una afinidad inesperada entre el ser humano y muchas especies de aves. En gran parte de ellas, la pareja progenitora permanece vinculada para el cuidado de una prole especialmente vulnerable. Esta comparación permitió al ponente mostrar que la estabilidad del vínculo no es una anomalía cultural ni un simple artificio moral, sino que puede comprenderse también desde la necesidad de cuidado, aprendizaje y acompañamiento de una prole especialmente dependiente.

La comparación resultó especialmente significativa en el caso humano, donde la prematuridad del nacimiento, la prolongada dependencia infantil y la complejidad del aprendizaje corporal y social hacen que el cuidado no sea un elemento accidental, sino estructural.

Del olfato a la mirada, la voz y el gesto

Otro de los temas tratados fue el desplazamiento del olfato como sentido predominante en la conducta sexual. Marín recordó que, entre muchos mamíferos, el olfato desempeña una función central en los protocolos de cortejo y en la identificación de los periodos de fertilidad.

En el ser humano, en cambio, ese eje se desplaza hacia la vista, el oído y, posteriormente, el tacto. Esta transformación tiene una gran importancia antropológica, porque la sexualidad humana se expresa mediante gestos, palabras, miradas, signos, formas de presencia y modos de comunicación que no son meramente fisiológicos.

De ahí que el cortejo humano pueda entenderse como una realidad profundamente simbólica, en la que la corporalidad se convierte en lenguaje y en la que el cuerpo no aparece como un mero organismo, sino como presencia personal.

El cuerpo, la piel y la desnudez

Marín dedicó una parte importante de su intervención a la piel y a la desnudez. La piel fue presentada como un órgano especialmente significativo porque convierte la totalidad del cuerpo humano en una superficie táctil, vulnerable y comunicativa.

La desnudez, explicó, no es un simple hecho físico. No equivale únicamente a la ausencia de vestido, sino que tiene un carácter simbólico y personal. El ser humano es el único viviente que puede experimentarse a sí mismo como desnudo, es decir, como expuesto en su intimidad.

Desde esta perspectiva, la desnudez revela que el cuerpo humano no es solo materia visible, sino lugar de comparecencia de una interioridad. El cuerpo muestra a la persona, y por eso puede ser vivido como vulnerable, accesible, ofrecido o también herido. La experiencia del pudor aparece así no como una represión, sino como una forma de salvaguardar la intimidad.

La intimidad como centro de la sexualidad

Uno de los conceptos centrales de la sesión fue el de intimidad. Marín afirmó que la sexualidad humana no tiene como órgano principal los genitales, sino la intimidad. El cuerpo solo adquiere verdadera significación sexual cuando aparece como cuerpo íntimo, es decir, como cuerpo de alguien que se ofrece, se comunica y se hace presente.

La intimidad fue descrita como una interioridad que no existe simplemente por estar “dentro”, sino que se constituye al ser guardada y puesta a salvo. Tiene intimidad quien guarda, quien puede reservar algo de sí mismo para comunicarlo de manera personal. Por eso, la sexualidad no se entiende como simple exposición, sino como comunicación de una interioridad que se ofrece libremente.

En este sentido, la sexualidad humana fue presentada como una realidad en la que la persona comparece corporalmente ante otra persona. Sin intimidad, el cuerpo queda reducido a exterioridad; con intimidad, la superficie del cuerpo se vuelve profunda.

La caricia como presencia

Otro de los momentos centrales de la exposición fue la reflexión sobre el tacto y la caricia. Marín explicó que la caricia no es solo contacto físico, sino una forma de presencia. En ella, quien toca comunica: “estoy aquí”. Y al mismo tiempo convoca la presencia del otro.

La caricia fue interpretada como una gesticulación de la presencia, como un modo de acompañar y de hacer compañía. En la sexualidad humana, el tacto no funciona únicamente como estímulo físico, sino como una forma de comunicación personal. A través de la piel, el cuerpo entero puede convertirse en expresión de la intimidad.

Desde esta perspectiva, la sexualidad aparece como un acontecimiento en el que la presencia de una persona se comunica corporalmente a otra. No se trata solo de satisfacer una pulsión, sino de hacer presente la propia intimidad y acoger la del otro.

Deseo, conocimiento y compañía

Marín sostuvo que el deseo sexual humano no puede reducirse al deseo de placer. En su raíz, afirmó, hay también un deseo de conocimiento, de realidad y de compañía. Recordó que en el lenguaje bíblico la unión sexual se expresa precisamente con el verbo “conocer”, lo que permite comprender la profundidad antropológica de esta experiencia.

El deseo sexual fue interpretado como un deseo de acceder a la intimidad del otro y de ser acogido en ella. Por eso, cuando la sexualidad se vive sin verdadera presencia personal, puede dejar una experiencia de soledad incluso en medio de la satisfacción física.

La tesis de fondo fue que el verdadero objeto del deseo sexual no es simplemente el placer, sino la superación de la soledad mediante una presencia compartida. La sexualidad humana apunta, en su nivel más profundo, a no estar solo.

Sexualidad, libertad y promesa

La intervención abordó también la relación entre sexualidad y libertad. Marín explicó que la sexualidad humana no está completamente determinada por la fisiología, sino que requiere el ofrecimiento libre de la intimidad. La persona no solo tiene cuerpo, sino que se comunica corporalmente; no solo desea, sino que puede darse.

Desde ahí, la sexualidad se vincula con la promesa, la fidelidad y la vida esponsal. El matrimonio fue presentado no como un mero marco jurídico o social, sino como una promesa incondicional de compañía: la decisión de no dejar solo al otro en el mundo.

La exclusividad y la fidelidad fueron interpretadas como condiciones que hacen posible que la intimidad compartida sea verdaderamente preservada y fecunda. La unión sexual, en este contexto, aparece como renovación de una promesa y como expresión corporal de una compañía radical.

Sexualidad, procreación y sentido personal

El ponente trató también la relación entre sexualidad y procreación. Subrayó que la procreación forma parte de la sexualidad humana, pero no agota su sentido. A diferencia de otros mamíferos, la sexualidad humana no está restringida a los periodos fértiles, lo que muestra que posee también otras finalidades esenciales.

Marín distinguió entre la finalidad objetiva de la sexualidad, vinculada a la posibilidad de la procreación, y las finalidades subjetivas o personales, relacionadas con la comunicación, la intimidad, la compañía y la presencia. En el ser humano, estas dimensiones no son secundarias ni ornamentales, sino constitutivas.

La sexualidad humana fue así presentada como una realidad en la que se cruzan biología, libertad, cultura, historia personal y apertura al otro.

Presencia real y horizonte teológico

En la parte final de la sesión, Marín abrió la reflexión hacia una lectura teológica. La sexualidad fue puesta en relación con la Eucaristía a partir de la categoría de presencia real. Si la sexualidad humana aspira, en su orden, a una presencia capaz de vencer la soledad, la Eucaristía fue presentada como la forma sobrenatural en la que Cristo se hace realmente presente para acompañar al ser humano.

Desde esta perspectiva, el celibato no fue interpretado como negación de la dimensión esponsal de la persona, sino como testimonio de una presencia que colma de otro modo el deseo humano de compañía. Del mismo modo, la vida matrimonial fue presentada como una forma natural de comunión y presencia que remite, en último término, al misterio de la entrega.

Marín señaló así una analogía entre sexualidad y Eucaristía: ambas, cada una en su orden, aparecen como respuesta a la soledad humana y como formas de presencia y comunión.

Una reflexión sobre el hombre en el cambio de época

La sesión permitió abordar algunas de las grandes cuestiones antropológicas del presente: el cuerpo, la libertad, la intimidad, el deseo, la relación entre naturaleza y cultura, la soledad contemporánea, el sentido del matrimonio y la comprensión cristiana de la persona.

Con su intervención, Higinio Marín ofreció una lectura filosófica de la sexualidad humana alejada tanto del reduccionismo biologicista como de una visión puramente subjetivista. Su propuesta situó la sexualidad en el marco más amplio de la presencia, la intimidad y la vocación humana a la compañía.

El encuentro se enmarca en el Seminario permanente “Cristianismo y cambio de época”, que continúa proponiendo espacios de reflexión sobre los desafíos culturales, filosóficos y teológicos del presente.