Juan Manuel Cabezas, profesor de la Facultad de Derecho Canónico de la UESD, publicó el pasado 9 de abril un artículo en Alfa y Omega titulado “La doctrina sobre la guerra justa en el momento actual”, en el que ofrece una reflexión profunda sobre la enseñanza de la Iglesia en torno a la guerra, la paz y la defensa de la vida humana.
El autor parte de un principio fundamental: la tradición constante de la Iglesia en la defensa del quinto mandamiento. Como recuerda, “la Iglesia, como nuestros hermanos mayores, el pueblo de Israel, ha recordado el valor universal del quinto mandamiento”, una enseñanza que hunde sus raíces en la revelación a Moisés y que fue llevada a su plenitud por Jesucristo en el sermón de la montaña.
En esta línea, Cabezas subraya con fuerza el compromiso histórico de la Iglesia con la vida y la paz. “No hay ninguna otra persona moral ni jurídica que haya luchado como la Iglesia católica en todos los siglos y en todas las latitudes contra la guerra, contra el aborto, contra la eutanasia”, afirma, destacando el carácter universal y constante de esta defensa. Como ejemplo significativo, evoca la conversión del doctor Bernard Nathanson, quien reconoció que la Iglesia había sido la única institución que combatió sin descanso la cultura de la muerte.
Sin embargo, el artículo no elude la complejidad de la realidad. Aunque la guerra es siempre indeseable, el profesor explica que puede darse el caso de que una nación se vea obligada a defenderse. Es en este contexto donde cobra relevancia la doctrina de la “guerra justa”, desarrollada a lo largo de los siglos por la tradición, la teología y el derecho de la Iglesia.
Cabezas expone con claridad las condiciones que, según el Catecismo de la Iglesia Católica, deben cumplirse simultáneamente para que una guerra pueda considerarse moralmente legítima: que el daño causado sea “duradero, grave y cierto”; que todos los demás medios hayan resultado ineficaces; que existan condiciones fundadas de éxito; y que el uso de la fuerza no provoque males mayores que los que se pretenden evitar. A ello se añade una advertencia especialmente actual: “el poder de los medios modernos de destrucción obliga a una prudencia extrema”.
El artículo sitúa esta doctrina en su desarrollo histórico, recordando la aportación decisiva de la Escuela de Salamanca y, en particular, de Francisco de Vitoria, considerado uno de los padres del derecho internacional. En este sentido, el profesor subraya que también en este ámbito “ha sido la Iglesia una gran luz para toda la humanidad”.
Uno de los puntos más relevantes de la reflexión es la cuestión de quién debe juzgar la legitimidad de una guerra concreta. Siguiendo el Catecismo, Cabezas señala que esta responsabilidad corresponde “al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común”, es decir, a las autoridades civiles. No obstante, matiza que ese juicio puede no ser conforme a la verdad, por lo que la Iglesia conserva su misión de iluminar las conciencias: “proclamar los principios morales” y ofrecer un juicio cuando estén en juego los derechos fundamentales o la salvación de las almas.
En este contexto, recuerda intervenciones recientes del Magisterio, como los llamamientos de san Juan Pablo II para evitar la guerra en Irak, y apunta a la dificultad de valorar los conflictos actuales en un escenario marcado por la complejidad y, en ocasiones, por la falta de información veraz.
Finalmente, el profesor concluye que, en situaciones concretas como los conflictos internacionales actuales, será con frecuencia el Papa o los obispos de las zonas afectadas quienes, con mayor conocimiento de causa, puedan orientar sobre la licitud moral de la guerra, siempre desde la fidelidad a una doctrina que busca, ante todo, la defensa de la vida y la promoción de la paz.