La UESD acogió una sesión abierta al público del curso «Las Causas de los Santos», dedicada a una cuestión que atraviesa la historia de la Iglesia y que continúa suscitando preguntas hoy: el lugar de los fenómenos extraordinarios y de los milagros en el discernimiento de la santidad canonizable. La conferencia fue impartida por Alberto Royo Mejía, Promotor de la Fe en el Dicasterio de las Causas de los Santos, quien ofreció una exposición amplia, rigurosa y profundamente pedagógica sobre el modo en que la Iglesia distingue, examina y valora estas realidades dentro de un proceso de canonización.
Desde el inicio, Alberto Royo situó el eje de su intervención con una afirmación que marcó el tono de toda la sesión: «Los milagros no tienen nada que ver con la santidad como tal, pero sí con el proceso de canonización». Esta distinción, aparentemente sencilla, resulta decisiva. La santidad pertenece a la vida teologal, al ejercicio heroico de las virtudes, al martirio o al ofrecimiento de la vida; el milagro, en cambio, pertenece al discernimiento eclesial posterior, como confirmación y sello.
La primera parte de la conferencia estuvo dedicada a la mística. Lejos de identificarla exclusivamente con fenómenos extraordinarios, el ponente recordó que «la mística es una vocación común de todos los cristianos». Citando el Catecismo, explicó que el progreso espiritual tiende a la unión cada vez más íntima con Cristo y que esta unión —que participa del misterio trinitario— constituye el horizonte normal de la vida cristiana. No se trata de experiencias reservadas a unos pocos privilegiados, sino de la llamada universal a la intimidad con Dios.
La experiencia mística, explicó, comienza con la mirada de Cristo y se desarrolla en una progresiva purificación del alma. En este contexto evocó textos de Santa Ángela de Foligno y de San Juan de la Cruz para mostrar cómo la unión con Dios rebasa fácilmente nuestras categorías humanas. Hay una luz tan intensa que el alma no puede describirla; una experiencia tan profunda que, cuanto más se acerca a Dios, menos puede expresarse. No se trata de sentimentalismo ni de extraordinario visible, sino de una intimidad que puede llegar a ser tan honda que supera incluso la capacidad conceptual del creyente. Al mismo tiempo, subrayó que la vida mística no es necesariamente luminosa en términos sensibles. Puede atravesar la purificación y la noche oscura. Recordó las tentaciones de Santa Teresa del Niño Jesús, que llegó a experimentar la oscuridad radical respecto al sentido de la vida eterna, y la larga noche interior de Santa Teresa de Calcuta. Estas experiencias no desmienten la santidad; al contrario, forman parte del misterio de una luz divina que, por su intensidad, puede sentirse como oscuridad.
En este marco se abordaron los fenómenos extraordinarios de la mística. Alberto Royo fue claro: «Los fenómenos extraordinarios no son necesarios». Pueden aparecer, y aparecen con cierta frecuencia en la historia de la Iglesia, pero no constituyen prueba de santidad. Es más, pueden darse incluso en personas que no viven en gracia, pues los dones extraordinarios —incluidos ciertos carismas— no garantizan la santidad personal. Explicó la distinción clásica entre gracia santificante y gracias actuales. La gracia santificante es participación estable en la vida divina; las gracias actuales son intervenciones puntuales de Dios para un fin concreto. Los fenómenos extraordinarios pertenecen a este segundo ámbito y no forman parte del desarrollo normal de la vida espiritual. «No es bueno buscar lo extraordinario cuando podemos perfectamente vivir en plenitud con lo ordinario», afirmó. La santidad se edifica sobre la fidelidad cotidiana; lo extraordinario, si llega, es un don gratuito que puede implicar incluso una carga y un sufrimiento.
La exposición incluyó una tipología detallada de los fenómenos místicos: intelectuales (visiones, revelaciones, audiciones), corporales (estigmas, levitaciones, bilocación) y afectivos (éxtasis, lágrimas místicas). Pero insistió en que, dentro de un proceso de canonización, el centro no es tanto determinar la naturaleza exacta del fenómeno cuanto discernir cómo lo vivió la persona. Se examinan las cualidades naturales —equilibrio, sinceridad, madurez psicológica—, las cualidades morales —honestidad, coherencia, humildad— y las cualidades espirituales —docilidad a la Iglesia, ausencia de protagonismo, obediencia—. Lo decisivo no es la espectacularidad del fenómeno, sino la virtud con que se recibe. Uno de los casos más complejos que evocó fue el de Santa Gema Galgani, cuya causa estuvo marcada por abundantes fenómenos extraordinarios que suscitaron sospechas e incluso oposición. La Iglesia declaró la heroicidad de sus virtudes sin convertir en objeto de definición oficial todos sus fenómenos místicos. Este ejemplo sirvió para mostrar la prudencia eclesial: la santidad no se identifica con lo extraordinario, y la Iglesia no canoniza fenómenos, sino personas.
La segunda parte de la sesión se centró en los milagros dentro de las causas de canonización. Alberto Royo introdujo el tema con el caso del médico francés Alexis Carrel, Premio Nobel de Medicina, quien presenció una curación en Lourdes que transformó su horizonte intelectual. El milagro, explicó, es un “miraculum”: un acontecimiento que suscita admiración y abre a la fe. No produce miedo, ni contradice la naturaleza; la supera. Dios, creador de la naturaleza, puede actuar más allá de las leyes que Él mismo ha establecido, no en contradicción con ellas, sino perfeccionándolas.
En los procesos de canonización, la mayoría de los milagros examinados son curaciones. El primer requisito es que sean científicamente inexplicables según el conocimiento médico actual. Pero no basta la inexplicabilidad médica: es necesario que conste una invocación clara, explícita y antecedente al cambio favorable del curso clínico. Aquí interviene lo que denominó “certeza moral”: no una prueba matemática, sino una certeza que excluye la probabilidad del contrario.
El ponente insistió en el punto central: «El milagro no prueba las virtudes». La santidad debe estar ya acreditada por la vida del candidato. El milagro es «la firma de Dios», el sello que permite a la Iglesia dar un paso más en el discernimiento y proponer públicamente a esa persona como modelo para el pueblo de Dios. Incluso recordó que, en algunos casos, el Papa puede dispensar del milagro para la canonización, pero nunca puede dispensar de la santidad probada.
Durante el diálogo final se abordaron cuestiones prácticas sobre la fama de santidad, la fama de signos y la duración de las causas. Se recordó que la fama de santidad no puede reducirse al deseo de un grupo pequeño, sino que debe ser real en una Iglesia local. Y se subrayó una idea decisiva: «Ser canonizado no es un derecho de nadie». El proceso no es un juicio reivindicativo, sino un discernimiento eclesial en el que intervienen la comunidad, el obispo, el Dicasterio y, finalmente, el Santo Padre. La sesión concluyó con una pregunta que Alberto Royo relató que suele formular cuando alguien propone un candidato a los altares: «¿Y le rezan?». En esa pregunta sencilla se concentra el corazón del proceso: la santidad no es una construcción académica ni una estrategia humana, sino una realidad viva en el pueblo de Dios que reconoce, invoca y experimenta la intercesión de quienes han vivido con fidelidad heroica al Evangelio. Con esta sesión abierta, el curso «Las Causas de los Santos» en la UESD ofreció una reflexión profunda, amplia y serena sobre el lugar de lo extraordinario en la vida de la Iglesia, recordando que, en último término, lo esencial no es el prodigio visible, sino la vida transformada por la gracia.
